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Cinco novelas católicas

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Más allá del estrecho circuito de los clásicos «novelistas católicos» (Bernanos, Greene, O’Connor), he leído cinco novelas fantásticas y menos conocidas de Christopher Beha, Muriel Spark, Evelyn Waugh, Jon Fosse y J. F. Powers que pueden ayudar a nutrir una pequeña biblioteca de ficciones que se toman a Dios en serio.
Si es verdad que lo católico está de moda, no veo por qué las librerías no ponen una mesita con diez o doce grandes títulos de la ficción católica. Ahí siguen, bien editadas y accesibles, las dos novelas de Flannery O’Connor en Lumen, Retorno a Brideshead en Tusquets, las historias de Graham Greene que está recuperando Libros del Asteroide, Diario de un cura rural en Encuentro, mucho Chesterton en Rialp y hasta se encuentra sin dificultad a Shusaku Endo. No es difícil toparse en todas las librerías independientes con una estantería de autores japoneses (también están de moda), de autoficción, de mujeres o incluso de Annie Ernaux en exclusiva. El expositor de novelas católicas también podría incluir novedades, como El buen azar, de Enrique Álvarez, Los años decisivos, la fulminante novela de José Mateos, o Tras las huellas de Greene, de Villar Flor, las tres españolas y de 2025, por no mencionar a los dos bestsellers del catolicismo patrio, Juan Manuel de Prada y Pablo d’Ors.
La cuestión de la novela católica viene de largo (¿Existe? ¿Qué es? ¿No es perjudicial esa etiqueta?) y no vamos a resolverla aquí, pero la discusión sobre el término promueve una parálisis muy poco práctica. El que firma se ha propuesto tener su propio estante de este tipo y, además de los clásicos, se he encontrado con cinco novelas que son un fruto inequívoco de la imaginación católica: Qué fue de Sophie Wilder, El esplendor de la señorita Jean Brodie, Los seres queridos, Vaim y Morte d’Urban, todos ellos convenientemente traducidos y accesibles en lengua española. Sobre todo, son cinco libros sobresalientes.
Cuando se publicó en español, Qué fue de Sophie Wilder no recibió toda la atención que merecía. Cuenta la fascinación de Charlie Blakeman, un aprendiz de escritor neoyorquino, por una compañera de clase inteligente y reservada, Sophie Wilder. Diez años después de una extraña relación intermitente plagada de sexo, marihuana y, sobre todo, literatura, Sophie Wilder reaparece en su vida. Es, ahora, una conversa al catolicismo y una mujer casada que ha abandonado la literatura para siempre. La experiencia de cuidar a su suegro en el lecho de muerte la ha sacudido. No es una novela sobre la conversión, sino sobre cómo vivir después de ella, cómo llevarla hasta las últimas consecuencias en los Estados Unidos del siglo XXI. Es una novela adictiva, emocionante, profunda e intensa, de las que lo obligan a uno a quedarse en vela mucho más tarde de lo prudente. Una pequeña maravilla. Su autor, Cristopher R. Beha, editor de la revista Harper’s hasta 2023, es, junto con el canadiense Randy Boyagoda, uno de los escritores católicos vivos más interesantes y más leídos en lengua inglesa. Ha publicado varios ensayos y otras dos novelas, Arts & Entertainments (2014) y The Index of Self-Destructive Acts (2020), ninguno de los cuales se ha traducido a nuestro idioma. Para seguirle la pista.
Muriel Spark (1918-2006) es tal vez el gran redescubrimiento de esta lista. Irónica y afilada edimburguesa, divorciada, conversa y afincada en Italia (todo por ese orden), publicó dos decenas de novelas entre 1957 y 2004, algunas de las cuales entusiasmaron a Greene y Waugh, las vacas sagradas de entonces. Aunque su trabajo se había traducido y leído en España, por algún extraño motivo había caído en un piadoso olvido que la editorial Blackie Books se ha propuesto remediar. En 2023 reeditaron El esplendor de la señorita Jean Brodie, y este mismo 2026 han añadido a la biblioteca Spark Las voces, La entrometida y El banquete. El esplendor de la señorita Jean Brodie, en la nueva traducción de Laura Ibáñez, es un artefacto literario sin fisuras. Cuenta el proceso por el que un grupito de niñas de un colegio privado de Edimburgo en los años treinta pasan a convertirse en mujeres bajo la influencia de una profesora progresista y simpatizante de Mussolini, muy retorcida, la señorita Jean Brodie. Una vez conocida, se convierte de inmediato en uno de los personajes de ficción más complejos e interesantes de todo el siglo XX. Sin que se note, la novela se vuelve una crítica del fascismo y del calvinismo a través de una estructura profundamente teológica. Es imposible dejar de leer.
A pesar de que Evelyn Waugh es uno de los nombres ineludibles de la literatura católica y a pesar de que Los seres queridos se publicara originalmente en 1948, es muy probable que este título supuestamente menor haya pasado desapercibido. Los seres queridos es una nouvelle breve, divertidísima —con un humor muy negro— que cuenta un triángulo amoroso en una funeraria en Hollywood en los años cuarenta. En esta nueva edición, el lector contemporáneo se encuentra inmerso en el desconocido mundo de los entierros de lujo. Un truhán llamado Barlow, poeta y enterrador de mascotas, se enamora de una maquilladora de muertos, Aimée Thanatogenos, en un cementerio de lujo. Pero, a su vez, el embalsamador jefe, un tipo de poca monta que se tiene por un semidiós de su oficio, también se enamora de ella. Es una novela corta realmente tronchante (aunque hay que tener estómago para reírse de la muerte, aviso a navegantes) que en sus últimas páginas deviene absolutamente siniestra y deja al incauto lector mirando al techo y pensando en lo que sucede cuando lo sagrado se convierte en negocio y mercancía. Un must.
Este es el libro más difícil de la lista y la primera novela de Fosse después de recibir el Nobel de Literatura en 2023. No se parece en nada al resto de títulos señalados aquí. Con una atmósfera del todo onírica y un lenguaje avasallador, sin puntos, el texto encadena tres grandes monólogos interiores alrededor de un fiordo. El primero es Jatgeir, que sale en su barco a comprar hilo y aguja a otro pueblo y le estafan; en el viaje de vuelta, avergonzado, se le sube al barco una mujer llamada Eline, el mismo nombre que lleva pintado en el casco, porque Jatgeir lleva muchos años amando a esa chica de Vaim, su pueblo, y un día le puso su nombre al barco. El segundo monólogo lo narra Elias, el amigo de toda la vida, que oye llamar a su puerta al fantasma de su amigo muerto. El tercero es Frank, que también amó a Eline, la perdió, la recuperó cuando Jatgeir murió y la volvió a perder cuando ella también murió. Al final, planea su propia lápida. Sobre ese esqueleto —tres hombres, una mujer, un fiordo, muertos todos— Fosse teje sus símbolos con la paciencia de un monje: el mar, el barco, la tumba, el hilo, el nombre. Vaim es sobre todo un icono, una vehemente meditación teológica y poética, densa y envolvente, acerca de lo que Dios no es y del sentido del amor y de la muerte. La experiencia de lectura es asombrosa, pero no tiene nada de convencional: no es para todo el mundo.
Ganadora del National Book Award de 1963, Morte d’Urban no había podido leerse en español hasta que La Navaja Suiza la recuperó en 2018. Su autor, J. F. Powers, es uno de los grandes nombres de la literatura católica estadounidense —se dice que O’Connor lo adoraba— a pesar de que solo publicó dos novelas. Para el lector hispano, por lo tanto, Powers llega con la frescura de un autor novel (se murió en 1999). Aunque la novela tiene su teología —la gracia que transforma sin pedir permiso, y no del modo en que cabría esperar—, la balanza se inclina mucho más por el lado de la narración y de la comedia, y eso hace que, a pesar de ser el libro más largo de esta lista, se lea en un suspiro. Cuenta la historia del padre Urban, el sacerdote más capaz de la imaginaria Orden de San Clemente, un hombre de mundo (urbanita, de Chicago) que practica su apostolado cenando en hoteles caros con hombres poderosos, fumando buenos puros y preguntando por la etiqueta de las botellas de whisky. Lástima que el prior lo destierre a la Colina de San Clemente, una reciente fundación de la orden en un pueblo perdido del Oeste americano. Allí se verá obligado al trabajo manual (lijar suelos, pintar paredes, quitar humedades) y a la vida rural (aprender los nombres de los árboles y los animales) con una reducida vida social (un par de párrocos de los pueblos vecinos). Pero el padre Urban no se da por vencido y da con un plan para convertir esa casa de retiros en un éxito económico y espiritual: construir un campo de golf. De esa vieja tensión que se remonta al Evangelio —«no se puede servir a dos señores»— hace Powers el material de una comedia que podría ser cínica y que resulta, al final, entrañable y muy conmovedora.
Ya en 1957, en el prólogo de La frontera de Dios, José Luis Martín Descalzo llamaba a la novela católica un problema «bastante oscuro» que no podía resolver. Bajo ese nombre caben discusiones muy distintas. Para Evelyn Waugh, una novela era católica si trataba cuestiones de fe; para Flannery O'Connor, si lo era la mirada del autor sobre el mundo. Muchos huyeron de la etiqueta por reticencia a que les rebajara la obra, como Graham Greene o, aquí, José Jiménez Lozano. Otros, en especial dentro de la jerarquía y, por lo general, contra la opinión de los escritores, consideraron que estas novelas debían ser apologéticas. Y, además, lo que han escrito los autores católicos no se parece mucho entre sí: novela histórica, hagiografía, thriller, ficción literaria, fantasía, ciencia ficción. Hay una frontera que lo decide casi todo: la lengua. En español, italiano o portugués no llegó a haber novela católica como género, porque hasta bien entrado el siglo XX toda novela se daba por tal (¿o no lo son El Quijote o Los novios?). Las dos grandes tradiciones son la inglesa y la francesa —con excepciones llamativas en Japón o Noruega—, donde ser católico, también para el novelista, era plantarse frente a un mundo laico y protestante: Waugh, Greene o Muriel Spark en Inglaterra; O'Connor, J. F. Powers o Walker Percy en Estados Unidos; Léon Bloy, Georges Bernanos o François Mauriac en Francia. Todo arranca con san John Henry Newman y crece en Francia e Inglaterra: una literatura de conversión y resistencia, teología hecha relato. Pero los libros eran distintos, y autores e industria recelaban del marbete, así que nunca acabó de cuajar. Y, sin embargo, esa es la gracia: la novela católica no existe, pero las hay.
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