Grandes temas Entrevista Filosofía Humanismo cristiano Sociedad Historia y religión Nº 726
Fabrice Hadjadj: «Jugar es posponer la educación por la alegría»

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El MacBook del filósofo Fabrice Hadjadj (Francia, 1971) lleva una pegatina de la bandera española con un toro de Osborne. Se ha mudado con su mujer y siete de sus diez hijos para fundar Incarnatus est, una escuela de filosofía, teología, historia, literatura, teatro, canto y espiritualidad. De ascendencia judía y padres maoístas, es cristiano desde 1998 gracias a Nietzsche y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos desde 2014. Torero del misterio, ha escrito libros como La fe de los demonios (2009), Tenga usted éxito en su muerte (2011) o La suerte de haber nacido en nuestro tiempo (2016).
Friburgo, Suiza, una tarde de diciembre de 2024. La esposa de Fabrice Hadjadj, Siffrein, está a punto de abrir la puerta de su casa a un grupo de inquietos visionarios que habían tratado de emular en salas parroquiales de la diócesis de Getafe lo que hizo Hadjadj en el Instituto Philanthropos durante trece años, de 2012 a 2025. Entre ellos está Salvador Antuñano, catedrático de Filosofía Antigua y Medieval de la Universidad Francisco de Vitoria. Antuñano recuerda bien la sonrisa con la que abrió Siffrein y la audacia de sus palabras: «¿Y cuándo nos vamos para España?». El día anterior le habían propuesto a Fabrice encarnar el proyecto con el que llevaban soñando desde 2018 «para la renovación de una cultura que toma aliento del Evangelio». Renovar, pero sin ninguna pretensión de hacer una «batalla cultural» pues, en palabras de Hadjadj, se ha de «cuidar antes el fuego del hogar que el fuego de los cañones».
El fuego del hogar de Hadjadj crepitaba instigado por la revolución. Sus padres se habían mudado a París para estudiar en la Universidad de Nanterre, hoguera de las protestas de mayo de 1968. Tres años después nació Fabrice. Estudió en el Sciences Po de París, una de las mejores universidades de Ciencias Políticas del mundo, y Filosofía en La Sorbona. Tras graduarse, publicó Objet Perdu (1995), obra nihilista en la que colaboró el famoso escritor Michel Houellebecq. En aquella época Hadjadj firmó el Tratado sobre el budismo zen para uso de la burguesía occidental (1998) bajo el seudónimo Tetsuo-Marcel Kato. Después llegó su conversión al catolicismo.
En 1998 pasó de burlarse de la piedad popular a rezar ante la escultura de Nuestra Señora del Buen Socorro de la iglesia de Saint-Séverin en París. Rezó porque temía la muerte de su padre. Con citas desde san Pablo a Léon Bloy publicó Y los violentos se apoderan de ella (1999), sobre el combate espiritual, y ¿De qué sirve ganar el mundo? (2002), una biografía de san Francisco Javier. Desde entonces, se ha dedicado a enseñar filosofía y literatura en centros de educación secundaria, colaborar con proyectos editoriales y escribir ensayos y obras de teatro distinguidos con el Gran Premio Católico de Literatura de Francia en 2006 y del Premio Cardenal Lustiger de la Academia Francesa en 2020. Director del Instituto Philanthropos de Suiza desde 2012, tenía previsto regresar a París con su esposa, Siffrein, y sus diez hijos hasta que han decidido comenzar de cero.
Hadjadj se lanza a dirigir Incarnatus est porque, dice, sigue «una Voz, no un plan». Está convencido de que es providencial, pues san Pablo, en su carta a los Romanos, expresa que su destino final no era Roma, sino España, el fin del mundo conocido. Además, ve la mano de Dios en que el año en que Incarnatus est se registró como asociación fue 2025, aniversario del Concilio de Nicea, que defendió, gracias a un obispo de Córdoba, la naturaleza humana y divina de Cristo con estas palabras del Credo: «Et incarnatus est de Spiritu Sancto».
Con este aire de misión, Hadjadj se ha mudado sin saber de español «más palabras que la letra de la canción de La bamba» —dijo el 17 de febrero de 2026 ante el abarrotado auditorio del madrileño Colegio Mayor Roncalli en la inauguración de Incarnatus est—: «La estúpida letra de La bamba se ha vuelto profética: para bailar la bamba se necesita una poca de gracia». Hadjadj tiene ganas de bailar y de hacer bailar. No sabía hablar español, pero ya era amigo íntimo del Quijote. Le gusta Pedro Salinas, y más Quevedo que Góngora, claro. Admira a Jorge Drexler; tanto que le hubiese gustado componer música como la suya cuando planeaba ser artista antes que filósofo. En su apuesta por España le ha ayudado recordar aquellos versos de san Juan de la Cruz: «Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes».
Tengo mi santuario: mi hijo pequeño, Isaías, que tiene síndrome de Down. Es mi modelo espiritual, mi maestro. Con él, siempre puedo volver a casa. Además, soy un canal [lo dice despacio y luego se queda en silencio]. Creo que la gente no espera algo de mí, sino de algo que pasa a través de mi palabra. Soy más un poeta que un pensador. Pienso por las preguntas de los demás, pero lo mío no es pensar. Mi propio ímpetu es cantar. Sin embargo, me encontré en esta situación por ser profesor de Filosofía y por el éxito de mis primeros ensayos. Pienso porque cada vez que alguien me hace una pregunta tengo que reflexionar, empezar de nuevo, correr —o recorrer— el camino, sentarme frente a la cosa que he de pensar, recogerme, interrogarme y orar. Pensar es oración porque tenemos que pedir a las cosas que se desvelen. Pensar es un asunto de delicadeza y ternura.
Estudia las palabras con delicadeza y juega con ellas. Por eso, he buscado la etimología de su nombre: Fabrice viene de Fabricius, derivado de faber. Es decir: su nombre significa artesano, trabajador. ¿Se reconoce en su nombre?
Sí. Vivo cada día obsesionado por hacer algo. Desde que me levanto pienso en la página que voy a escribir ese día. No sé por qué. Es algo patológico. A veces descuido a los niños por mi obsesión: escribir es como una necesidad fisiológica. Hacer es poner delante de mí algo que se mantiene por sí mismo, ya sea un texto o un poema. Necesito engendrar, como alumbrar a alguien que está frente a mí. Cuando creo un texto, se me desata, es como un parto: la palabra existe y ya no me pertenece, sino que es un organismo vivo, un pequeño animal, un objeto decorativo que puedo poner en la mesa. El éxito de la obra es a la vez un logro para el autor y una humillación, porque lo que escribe vive por sí mismo, supera al creador.
Y, como artesano, como homo faber, ¿en qué palabra identifica más su misión: escritor, filósofo, pensador, poeta, cantante, padre?
Poeta. En griego poeta significa artesano, productor. Pero me reconozco más en mi apellido. Hadjadj viene de hajj, que significa peregrino en árabe. ¿Y qué es una peregrinación? No es un viaje... [expresa con desprecio]. No es un camino espacial, sino interior. Con cada paso hay que cavar en uno mismo. La condición humana es la de un homo viator. Aunque uno no llegue a su destino, si camina a Santiago de Compostela, encontrará su carne, su cuerpo, sus piernas en tiempos de ruedas. Debe unificar su espíritu y su carne, su pensamiento y sus piernas. Y tiene que entrar en su interioridad y descubrir que no es solo la experiencia del yo, sino una habitación: el castillo interior. Las moradas de santa Teresa. Tiene que descubrir que la interioridad es un lugar de hospitalidad, como un arca de Noé para acoger las cosas, recoger el mundo, nombrar las bestias, salvarlas del fenecimiento inevitable. ¡Cantarlas! Y ofrecerlas al misterio. Y también de hospitalidad al otro, para lo que se necesita soledad.
Me pregunto si Incarnatus est será esa casa para la hospitalidad, el encuentro, la amistad...
¡Se necesita tiempo! Ese es el problema. Se habla mucho del encuentro como conexión. Se habla de dejar las pantallas y volver a la realidad, conectar con la naturaleza, con uno mismo... El problema es que la palabra conexión implica algo instantáneo. Y no: el encuentro es un trabajo de tiempo, paciencia, labor, memoria. Un embarazo necesita nueve meses, el tiempo del curso de Incarnatus.
En el tiempo de encuentro que quiere ofrecer desean sanar la crisis de sentido contemporáneo. Hablan de crisis de sentido del cuerpo —la sensación— y del espíritu —la orientación—. Para ello, ¿qué es más importante: las comidas en torno a la mesa, el teatro o la teología?
Hay tres sentidos de sentido. Primero, la sensación —la apertura carnal al mundo—. Segundo, la dirección —el destino de un camino y el estar en el mundo peregrinando, como un caballero andante [sonríe]. ¿Por qué andante? [Se amplía su sonrisa]. Y el tercero, sentido como significado. Para sanar estos tres sentidos de sentido necesitamos los tres: la mesa, el teatro y la teología. El problema de la vida humana es la unidad. El único acto que contiene todas las cosas pertenece solo a Dios. Uno es el nombre de Dios. En cambio, la unidad de los hombres es siempre compuesta. No puedo llevar a cabo mi vida solo con el trabajo, también tengo que tener en cuenta la familia, los amigos, mis aficiones, mi vida espiritual. Esperamos una unidad total, un acto que abarque todo, pero no. Hay un tiempo para todo, como reza la sabiduría del Eclesiastés. Hay un tiempo para reír, un tiempo para llorar, un tiempo para trabajar. Necesitamos la clase de teología, la mesa y el teatro. Y cada uno está para nutrir al otro, no para encerrarse en su propio espacio como una burbuja.
Si tuviese que elegir entre mesa, teología o teatro. O mejor, si tuviera que priorizar, ¿cuál es más fuente que otra?
La mesa. Hay una razón teológica, revelada: el Verbo hecho carne eligió Él mismo la mesa para darse. La misa es una mesa. La comida, con sus platos, su cocido y sus conversaciones, es un lugar de comunión. Eso va más allá de la comunicación, pues no es lo mismo contar algo que estar ante alguien. Alrededor de una mesa nos sentamos. No nos sentamos a través de las ideas —no es una unidad ideológica—, sino a través de los dientes [toca sus dientes con el índice y refleja seriedad en su rostro]. Si alguna vez tienes un adversario en el ámbito de la filosofía, tienes que sentarte con él a comer. No puedes compartir las ideas, pero sí la comida. Se desvanecen las jerarquías, entre el profesor y el alumno, por ejemplo. El hambriento, con su alegría de comer, honra la comida más que el rico. Su cara se ilumina más. ¡El humilde es enaltecido, como en el Magníficat! El rico, a través del pobre, puede redescubrir la alegría, el don, la gracia de tener comida.
En casa de los Hadjadj, ¿cómo cuidan comer en familia?
Es una pelea. Desde luego, sin tele. Hay varios peligros en una familia numerosa debidos a un problema demográfico: los padres están en minoría y deben ser, precisamente, minoría creativa [ríe]. ¡Tienen que idear cómo resistir la masa de los niños! También conviene evitar la fragmentación, porque con doce personas es muy difícil entablar una sola conversación. El domingo solemos hablar sobre la Palabra de Dios. Durante la semana están cansados y la prioridad es no enfadarse, no exasperarlos, como dice san Pablo. ¿Cómo educar sin exasperar? Es fácil caer en la obsesión de corregir demasiado, pero se educa mejor por estar alegre y viviente con tus padres. Hay que animar y alentar, acercarles a cosas grandes. Pero por la noche no pueden más y el reto es cuidar la alegría, por eso en las cenas solemos jugar a varios juegos. Adivinanzas. Jugamos mucho a Blanco, en el que todos saben una palabra menos uno, el blanco, a quien hay que descubrir. También tenemos un undercover, un clandestino, con una palabra parecida. Jugar no es renunciar a la educación, sino posponerla por la emergencia de la alegría.
¿Le da miedo que sus hijos se equivoquen?
Eso presupone que el peligro es la equivocación de los hijos y no la de los padres, como si fuéramos seres superiores, sin pecado, sin fallos. Somos pecadores. Somos padres, pero no somos el Padre. Tenemos autoridad, pero sin competencia, no por un título de educador, sino porque hemos hecho el amor, un motivo bastante animal. Y estamos ante un hijo que tiene inocencia con malicia. No es inmaculado: existe el pecado original y deseos homicidas [ríe]. Hay un conflicto que está abocado al fracaso: tenemos autoridad sin competencia ante una inocencia con malicia. Pero los errores en la educación son el lugar mismo del perdón. Ser padre no es una profesión, sino una confesión, pues supone afirmar la bondad de vivir, por ser padre y por ser hijo de Dios, que es la última justificación del gozo de vivir en un mundo terrible. Y también es una confesión porque implica reconocer los propios pecados ante la tarea de educar bien sin exasperar. Hay tantos desaciertos... Pero cabe la posibilidad de compartir esta verdad con el hijo: soy tu padre pero soy un pecador, un hombre frágil, y tenemos que arrodillarnos juntos bajo la mirada del Padre de las Misericordias. Por eso ser padre no es una cuestión de competencia técnica, ya que su misión principal se cumple a través de sus fallos: dirigir al hijo hacia el Padre eterno.
Es deslumbrante escucharle hablar de Dios. Por lo que escribe en su Anti-manual de evangelización (2013), entiendo que usted no es ni fundamentalista, ni ateo, ni agnóstico ni criptocristiano, sino un payaso que tartamudea.
Llevamos un tesoro en vasijas de barro. El cristiano es un testigo, pero no testimonia su propia santidad. La verdad no se transmite solo con sinceridad, pues no es suficiente la expresión de uno mismo —lo que pienso, lo que vivo, lo que siento—. El testimonio cristiano no es autorreferencial, sino hablar de Cristo. ¡Hablo de santidad siendo pecador! ¡De resurrección asustado por la muerte! ¡De luz eterna siendo incapaz de cambiar una bombilla! Este abismo es el lugar de nuestra vida de payaso.
Incarnatus est abrirá sus puertas en septiembre en un antiguo monasterio en Boadilla del Monte (Madrid). Ofrece un curso anual equivalente a sesenta créditos de Humanidades (Antropología, Retórica, Estética, Patrística e Historia de España) con profesores como Higinio Marín, Enrique García-Maíquez, María Calvo o Elena Postigo. Sin embargo, el peso recae menos sobre la formación académica que en la intuición newmaniana de que la Universidad es sobre todo la reunión de sus miembros. Los estudiantes vivirán en la escuela y participarán en peregrinaciones, huerto, carpintería y en «los dos pulmones» del lugar: la Taberna feliz, que acoge a personas síndrome de Down, y el Lab-oratorio, que es un lugar de encuentro para pensadores y artistas contemporáneos. También integra una escuela de oración que sigue las estelas carmelita e ignaciana y el canto gregoriano. Aunque Hadjadj es oblato benedictino, el proyecto no pertenece a ningún grupo eclesial específico. Incarnatus se remonta a unas conversaciones que tuvieron en 2018 el catedrático Salvador Antuñano, de la Universidad Francisco de Vitoria, y los sacerdotes Javier Sigris, párroco en Boadilla, y Jaime Bertodano, vicario de apostolado seglar de Getafe. Los tres coincidían en «la necesidad de crear un centro para formar a los jóvenes en la imagen cristiana de la realidad». Comenzaron con unos cursos de verano y, en 2024, se propulsaron a una escala mayor. Mónica López Barahona, colaboradora del equipo, le lanzó el órdago a Hadjadj de venirse un año sabático a España, o dos. Y, contra toda esperanza, aceptó.
Intuyo que por eso a usted no le gusta mucho hablar de su conversión.
Mi problema no es solo la autorreferencialidad, sino también presentar la conversión como una historia de éxito, como si fuese un punto de llegada, cuando en realidad es un punto de salida. En este storytelling se tiende a halagar a los demás cristianos por exhibir que están en el club correcto. Y no es eso. Seguir a Cristo es una exigencia y un desafío. Y hacer los mismos pecados que antes de convertirse es lo peor.
En una entrevista para Alfa y Omega contó que «cuando ya no había expectativas, pensaba qué es lo necesario para seguir siendo humano. A mí Cristo se me apareció dentro de un marco nietzscheano como el hombre del sí». ¿Nietzsche le llevó a Dios?
Sí. Vengo de una familia judía sin conocimiento de Cristo. Solo el autor de El Anticristo podía enseñarme algo de Cristo [ríe]. No sé si Nietzsche era propiamente ateo porque su famoso aforismo de «Dios ha muerto» que dirige a los ateos es en contra de ellos: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos los asesinos de todos los asesinos?». Dice que no estamos a la altura de esta acción. No lo dice en contra de los creyentes. Nietzsche estaba obsesionado con Cristo y cuando se volvió loco firmaba sus cartas como «Dionisos, el crucificado». Es interesante ver la cristología que hay siempre en los textos de los ateos. Raros son los ateos que desprecian verdaderamente a Cristo. Una persona inteligente, al leer los Evangelios, no puede despreciar a Jesús.
¿Cómo pasó de leer El Anticristo a ser alguien a quien los católicos actuales anhelan escuchar? Hay un abismo entre su pasado nihilista y el Fabrice de hoy.
Al principio de mi búsqueda había dos temas. El primero era la extinción de la especie humana y la certeza científica de que la naturaleza no es permanente. Si todo va a acabar, ¿por qué la vida? No hay ninguna justificación natural de la presencia humana. El segundo tema es la tecnología, lo que el papa Francisco llamó «el paradigma tecnocrático», la posibilidad de desaparecer no por extinción sino por mutación: el transhumanismo, el poshumanismo. Gracias a Nietzsche, yo tenía la certeza de la verdad de la carne. Nietzsche habla de «la gran razón del cuerpo». Él es un antiespiritualista que se niega a inventar mundos desesperados para escapar de este, con heridas, gritos y dimensión trágica. Nietzsche propone decir «sí» a este mundo. Es una propuesta eucarística: dar gracias. Decir sí y amén a pesar de las heridas, a pesar de la tragedia. Él lo vio como un regreso a la Grecia antigua. Pero yo, en mi propia historia, me encontré con Cristo, este hombre en la cruz —con sus heridas, su grito, su súplica— como el verdadero hombre. Acepta, dice sí a la condición humana, con sus aspectos trágicos. Afirma la bondad, a pesar de todo, de ser humano, de ser un carpintero judío fallecido a los 33 años. Es increíble. Y que, además, se da a través de la mesa, de lo carnal, de lo más básico: alimentarse. Nietzsche tenía razón en que la verdadera espiritualidad no es un espiritualismo, sino una espiritualidad de la encarnación, que asume el vientre y la carne.
Descendiendo a la carne, ¿cuál es su comida favorita?
La morcilla de Burgos. Es un advenimiento para un judío. Es sangre de cerdo, lo menos kosher del mundo. ¿Sabes que los rabinos no prohíben la carne de cerdo porque sea sucia? La carne de cerdo es buena, extraordinariamente buena. Por eso se reserva, como si el cerdo fuese un animal sabático. Se debe custodiar para los tiempos del Mesías. Hay rabinos que decían que cuando el Mesías estuviese entre nosotros, comeríamos cerdo.
¡Por eso ha venido usted a España! ¡Por el jamón!
Cuando un cristiano coma carne de cerdo, tiene que recordar que los tiempos del Mesías se han cumplido. ¡Hay que hacer una bendición especial cuando comamos jamón!
¿Piensa en la plenitud de los tiempos cuando come jamón?
Sí.
Realmente ve a Dios en todo.
Todo es un icono. Dios es el creador de todo. Así volvemos al primer tema: soy poeta. El poeta es el que sabe que hay un misterio en las nimiedades, las naderías. Una pequeña flor, una brizna de hierba, el gesto fugaz de un niño que juega en la calle. Cualquier cosa contiene su hondura porque cada cosa es creada, querida por el Eterno. Y está envuelta de una ternura infinita.
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