Crítica cultural Música Nº 725
«LUX» y el fin de la posmodernidad pop

Crítica cultural Música Nº 725

Llegó con las últimas notas de 2025 y ha hecho tambalear los pilares de la música mainstream y la cultura contemporánea. Lo improbable aconteció con LUX.
En tiempos de inteligencia artificial, de mecanismos sofisticados que crean basándose en probabilidades, Rosalía nos ha regalado un álbum impredecible. Después de décadas relegando el tema de la espiritualidad al cajón de los locos o los nostálgicos, la cantante catalana —no adscrita a ninguna religión— ha puesto en el centro de la mesa a Dios y ha introducido la orquestación clásica en las listas mundiales de Spotify.
Sin embargo, no es una producción de nicho, un proyecto excéntrico gestado en los márgenes de la industria. Después de sus tres primeros álbumes, Rosalía estaba sentada ya en el olimpo del pop global. Tal vez por eso, publicar un disco que se estructura en cuatro movimientos, grabado con la Orquesta Sinfónica de Londres, cantado en trece idiomas e inspirado en las hagiografías de santas de la Iglesia católica y otras místicas ha sido calificado por la crítica como una apuesta valiente.
La novedad de LUX no radica en la invención de un género, sino en acercar la tradición musical a un público masivo: en su semana de estreno, el 7 de noviembre de 2025, fue el álbum más escuchado del mundo en Spotify (por delante de otros lanzamientos recientes de superestrellas como Taylor Swift). También fue el disco más reproducido en un solo día por una artista hispanohablante en la historia de la plataforma.
La audacia de LUX reside, por un lado, en su estilo y melodías clásicas, inexploradas por el oído popular contemporáneo. Ha conseguido introducir en los altavoces de distintas latitudes la música sacra, la potencia operística o la vitalidad de unos violines barrocos. Las canciones combinan la repetición de frases líricas —«Porcelana»—, coralidad litúrgica —«Berghain»—, tempos suspendidos que evitan la progresión armónica propia del pop —«Mio Cristo Piange Diamanti»— o la ausencia de estribillos —«Memoria»—.
El disco trata los grandes interrogantes existenciales, como el de nuestra condición mortal —en «Magnolias» imagina su propio entierro—, pero también narra historias en cante flamenco —«La rumba del perdón»— y poemas de desamor. Siempre con un toque inesperado: intercalando la guitarra calé y las palmas con el suspense de unos violines de cámara; o componiendo una canción de despecho al que fue su prometido al ritmo de un irónico vals de boda en «La perla». Este es el hit del álbum que más suena en las discotecas y el que más está dando que hablar: en directo lo ha interpretado vestida de novia. Como en la vida, lo prosaico y lo excelso se dan la mano en LUX.
Frente a esta rara avis de Rosalía cabe preguntarse si pide demasiado al público. La autora ha salido al paso de la duda: «Mis artistas favoritos quizás sean los que no te dan lo que quieres, sino lo que necesitas».
Llama la atención porque en su anterior trabajo, Motomami, la artista llevó al extremo la música urbana experimental. Sin renegar de sus orígenes flamencos, abrazó ritmos propios de una pista de baile caribeña. Una obra también difícil de decodificar tras sus álbumes previos, pero que encajaba en el panorama posmoderno: fragmentación —desde los sonidos a las letras— y una clara centralidad del yo. Un canto a lo efímero y lo mundano que bien podría resumirse en el título de la canción con la que arranca LUX: «Sexo, violencia y llantas». Sin embargo, esa exaltación de lo terrenal no pasa de ahí, pues en el verso inicial lanza una duda existencial de primer orden: «Quién pudiera / vivir entre los dos. / Primero amaré el mundo / y luego amaré a Dios».
Y así nace la audacia más llamativa del disco: la de dedicar una obra a lo divino y a profundizar en la sed de trascendencia en una sociedad secularizada. La artista reconoció en una entrevista en el programa Popcast del New York Times que «el sentimiento espiritual» siempre ha estado presente en su vida —las referencias esporádicas a Dios en su discografía lo confirman—, aunque nunca había intentado «racionalizarlo o intelectualizarlo». De esta forma, al preguntarse qué necesitaba crear ahora, Rosalía explica que LUX nació de una pregunta: «¿Cómo puedo acercarme a Dios?». Relata que, para ello, dedicó más de un año a leer a santas como Rosa de Lima, Hildegarda de Bingen, Olga de Kiev o Teresa de Jesús, entre otras místicas, como Rabia al-Adawiyya (sufí) o la profetisa Míriam (judía).
Esa «intención de verticalidad» se aprecia en la mayoría de las letras, que miran más allá de la emoción y la materia, piedras angulares de esta época. En «Dios es un stalker», la cantante parece reinterpretar el bíblico Cantar de los cantares desde la voz divina: «Detrás de ti voy / yo, que siempre espero que vengan a mí / no me gusta hacer intervención divina / pero a mi baby yo lo voy a stalkear / pa poderlo enamorar». En «Sauvignon blanc», como un san Agustín contemporáneo, reflexiona sobre el desprendimiento y la plenitud que solo da Dios. También los sonidos caen del cielo: el final de «Reliquia» retumba como un trueno, entre lo techno y lo procesional, que atraviesa al oyente después de plantearse qué es lo que queda de nosotros en el mundo tras nuestro paso.
Es, sin duda, un álbum que no encaja en los códigos de esta época: tiene una clara unidad conceptual, huyendo de la atomización; pone en valor lo heredado —no lo elegido— al beber de la música clásica y del pensamiento de grandes mujeres; reconoce una realidad que está ahí, con sus límites, que no depende de lo que uno sienta o piense —destaca su inspiración en la filósofa Simone Weil, de quien ha impreso una cita en el disco físico—; y lo ha compuesto para que se escuche de una sentada —dura una hora—, idealmente sin estímulos que interrumpan la experiencia. Así lo presentó, como una obra operística, en el Museu Nacional d’Art de Catalunya en Barcelona.
Una obra de arte vanguardista que nos introduce en la consumación de una era cultural haciendo relucir lo que parecía perdido: la trascendencia, las raíces.
Los ángeles (2017)
El mal querer (2018)
Motomami (2022)
LUX (2025)
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