Ilustración: Leandro Alzate

¿Hay un giro católico en la cultura contemporánea? La respuesta corta es «no». Pero la enjundia está en los matices. Lo que hay es una generación de artistas milenials entrando en su madurez. Una generación descreída a la que la crisis de 2008 y la pandemia de 2020, la soledad, la precariedad, el desarraigo y el nihilismo han empujado a las puertas de la Iglesia. Las preguntas de Rosalía, de Alauda Ruiz de Azúa o de Aixa de la Cruz son un umbral, un giro... teológico. Sus interrogantes son muy espirituales, aunque sus respuestas no son exclusivamente católicas.

Hay Dios. No hay Dios.

Las últimas décadas han vivido de espaldas a ese interrogante, pero en este lustro se ha vuelto incontenible. Con el derrumbamiento del estado del bienestar y de las seguridades que daba por sentado, ha resurgido la vieja pregunta. ¿Hay Dios? Y muchos artistas están empezando a responder, no sin sufrimiento.

Un artista rara vez se instala ante la pregunta por Dios con ánimo tranquilo y complacido, sino más bien en tensión y con la pistola cargada. En su investigación sobre el resurgir del cristianismo en Inglaterra, la periodista Lamorna Ash no empieza contando una historia amable de la Biblia. Escoge como pórtico de su texto la escena feroz en la que Jacob lucha contra el ángel. Debió de ser un combate cruento, salvaje, interminable. En un momento de sudor y ojos desorbitados, el otro hombre consigue dislocar la cadera de Jacob. Un aullido, pero Jacob no se rinde. «¡Suéltame!», grita el ángel. «No te soltaré hasta que no me bendigas». Y, tras un breve diálogo, la respuesta del ángel: «Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con hombres, y has podido».

Esa lucha está a la vista de todos en obras tan brillantes como Lux, tan introspectivas como Los domingos o tan oscuras como Todo empieza por la sangre. La lucha es lo que está a la vista, no la respuesta. Ni Rosalía ni Alauda Ruiz de Azúa ni Aixa de la Cruz se declaran católicas practicantes. La autora de Motomami ha engendrado un disco francamente bello, irrepetible, muy inspirado por la mística y la estética cristianas, como muy bien han analizado Ana Sánchez de la Nieta en Aceprensa o Almudena C. Domper en Nuestro Tiempo. La cineasta que parió Cinco lobitos ha traído al mundo una película que admite múltiples interpretaciones de una vocación de clausura. La autora de Modelos animales o Las herederas ha publicado una novela que incide de nuevo en el tema de la trascendencia, pero con una mirada mucho más visceral y sanguinolenta.

Sobre estas tres mujeres y estas tres obras sobrevuelan las claves de eso que el filósofo Diego S. Garrocho ha denominado el giro católico, y que tiene mucho de giro, aunque no tanto de católico. Es un debate que de algún modo conecta y amplifica al que se dio en 2020 acerca de los intelectuales cristianos. Pienso más bien, siguiendo a Daniel Capó, que asistimos a un giro teológico en la cultura contemporánea. Es una noticia sorprendente y un asunto interesantísimo. Y mucho más amplio, porque entre los teólogos se cuentan también los herejes. Lo que atraviesa el arte contemporáneo es la lucha con Dios, una pregunta honesta, pero no una respuesta unánime ni necesariamente católica. Aunque quizá convendría definir qué sería un arte católico.

LA IMAGINACIÓN CATÓLICA

El profesor Miguel Ángel Iriarte recogió en el número 723 de Nuestro Tiempo una disparidad de opinión entre dos escritores católicos del siglo XX. Según Flannery O’Connor, Evelyn Waugh «tiene una definición demasiado estricta de lo que sería una novela católica. Dice que es una novela que trata de problemas de fe; yo diría que es una mente católica que contempla cualquier cosa, ampliando suficientemente la categoría para incluirme a mí misma». En O’Connor, en efecto, la gracia divina suele presentarse de forma súbita y violenta. En su universo grotesco siempre irrumpe la gracia. El autor de Retorno a Brideshead, por otra parte, hace de la fe el tema del arte católico. Lo definitorio del arte cristiano, diría yo, no es la fe como tema, sino como conclusión. Una mirada creyente sobre el mundo construida, en primer término, sobre dos certezas: la trascendencia y la posibilidad de ser redimido. Me parece que este modo de definir la imaginación católica acoge a autores tan dispares como Shusaku Endo, Georges Bernanos, Walker Percy, Tim Gautreaux o Jon Fosse y los distingue de otras manifestaciones artísticas que —con plena legitimidad— no creen en Dios, por mucho que Dios sea su tema.

El arte católico no es ni debe ser una creación moralizante, blanda o empalagosa. Vean esta afirmación de C. S. Lewis: «Nunca descubrimos la fuerza del impulso maligno que hay en nosotros hasta que intentamos combatirlo; y Cristo, puesto que fue el único hombre que nunca cedió a la tentación, es el único que conoce su significado, el único realista completo». De modo análogo, el arte cristiano no desconoce el mal, sino que lo mira a la cara. Lo determinante no es la ausencia de oscuridad, ni la claridad moral, ni el meandro que evita lo escabroso, ni siquiera la fe como tema, sino una mirada creyente sobre el mundo: hay Dios y Dios salva.

«LO DEFINITORIO DEL ARTE CRISTIANO, DIRÍA YO, NO ES LA FE COMO TEMA, SINO COMO CONCLUSIÓN»

Si lo que hubiera en la cultura contemporánea fuera un giro católico, deberíamos verlo en las obras. Tal vez Lux lo tenga. El disco sí parece mirar sub specie fidei. Una tarde por la carretera —puesta de sol y todo eso— me asaltó la letra de Magnolias. «Dios desciende / y yo asciendo» (Rosalía imagina su muerte), y también «Y lanzad azúcar moreno / sobre mi ataúd / y quedaos despiertos / hasta que vuelva otra vez la luz».

No creo que se pueda decir lo mismo de Los domingos o de Todo empieza por la sangre. Comparten un tema —la entrada de una joven en un convento— y una pregunta —por la trascendencia, por Dios—, pero no tienen fe, ni creen en la redención. La integridad se revela como su característica fundamental. Exponen preguntas auténticas y, ciertamente, muy teológicas. Son, de un modo u otro, producto de su tiempo.

QUEMAR LA TORRE PICASSO

Según ha señalado en esta revista el filósofo Higinio Marín, El retrato de Dorian Gray es la imagen perfecta de las contradicciones del siglo XX. Después de la Segunda Guerra Mundial se engendran dos rostros del mismo fantasma. Por una parte, está el señor Gray, esa sociedad de consumo tan pagada de sí misma en la que no cabe el drama. Por la otra, su retrato envejecido y monstruoso que carga con todas sus culpas: el nihilismo.

Aquella esquizofrenia que culminó en los noventa y los dosmil no podía durar para siempre. Opulencia exterior y vacío interior: una receta antigua a escala industrial, hasta que todo empezó a resquebrajarse en 2008. Lo resume muy bien Ash en su libro, Don’t Forget We’re Here Forever: «No podemos escapar del peso de nuestro tiempo y sus contextos. Nacimos en una era de contingencia prolongada: una de mayor diversidad y pluralidad de creencias, orígenes y sexualidades, de profunda inestabilidad económica, vivida bajo la austeridad, con el futuro inevitablemente atravesado por el colapso climático del planeta. Fuimos la primera generación en cuya infancia irrumpieron los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Mantenemos la mitad o más de nuestras interacciones diarias a través de chats insignificantes y fragmentados [...]. La pandemia global fue un agente silencioso en muchas de las conversiones o revoluciones de fe en las personas a quienes he entrevistado».

«LA FALSEDAD DEL ESTADO DEL BIENESTAR Y LA DICTADURA DEL CONSUMO, UNA VEZ FRACASADOS, MUESTRAN EL VERDADERO RETRATO DE DORIAN GRAY»

Los milenials vivimos la crisis de 2008 como la primera relación con el mundo de la economía y el trabajo, es decir, como una ruptura. El progreso no era una línea recta. Primero fueron los indignados de la Puerta del Sol y luego el wokismo, que instaló una sensación perenne de no-se-debe-decir. Y sucedió, claro, el año 2020. Nos vimos confinados en casa, con frecuencia solos, y conviviendo con la posibilidad de la muerte. El cine, la música y la literatura empezaron a pivotar entre varios sentimientos generacionales: la rabia, la fragilidad, la primacía del cuerpo, el deseo de comunidad, vínculo, familia, tierra. De ese humus germina el giro teológico, y en línea recta de aquellas raíces viene la explosión de la pregunta definitiva, la pregunta por Dios.

La respuesta es multiforme, pero podría decantarse en dos versos de Arde Bogotá: «Hermanas y hermanos, quemad la Torre Picasso» y aquel otro que reza «Tiene que haber una salida para tanto dolor». Ya he contado en estas páginas el impacto que me causó escuchar La salvación en el Festival Internacional de Benicàssim, cómo lloraba la gente a mi derecha y a mi izquierda. La falsedad del estado del bienestar y la dictadura del consumo, una vez fracasados, muestran el verdadero retrato de Dorian Gray.

UN CENTRO DE GRAVEDAD PERMANENTE

Un músico de la talla poética de Franco Battiato compuso en 1981 un estribillo inolvidable: «Busco un centro de gravedad permanente que no me haga cambiar nunca de idea sobre las cosas y la gente». Cuatro años antes de la muerte de Foucault, Battiato cantaba la deconstrucción. El mundo incrédulo que desembocaría en el nuevo ateísmo de los noventa debía renegar de la permanencia y de la estabilidad. El nihilismo tenía que alumbrar su propia poética, una poética de la inconsistencia.

En marzo de 2025, Rigoberta Bandini versionó Centro di gravità permanente. Era un homenaje que, al mismo tiempo, impugnaba a la generación anterior: «Busco un centro de gravedad permanente, / un lugar del que no me quiera bajar. / Seguiré buscándolo toda mi vida / como un náufrago que no llega nunca a su hogar». Donde Battiato ironiza, Bandini reza. Rigoberta explora lo que prometieron los noventa y los primeros dosmil, y lo halla insuficiente: «Quise ser chef y lo logré, / me apunté a inglés y soy Sean Penn. / No tengo excusas, doy envidia, / pero estas ganas de morder / creo que me van a enloquecer. / Ya he roto toda la camisa». Sus estrofas encapsulan el sentimiento de una generación. Lo teníamos todo, y todo no valía nada, y ahora queremos morder, morder, morder.

Lux, Los domingos y Todo empieza por la sangre no son una casualidad, una curiosidad ni un anacronismo. Son la conclusión lógica e inevitable del primer cuarto de siglo, de la madurez de los milenials, descreídos que han vivido la precariedad, la escisión de cuerpo y alma, el desarraigo… Y que han descubierto que tenían muy a mano una tradición teológica desde la que pensarse. Esa tradición, en España, es católica, y de ahí, creo yo, la confusión. Sus padres se la ocultaron y eso amplifica el misterio.

«SERÍA UN ERROR INTERPRETAR EL GIRO TEOLÓGICO COMO UN MOVIMIENTO ESPIRITUALISTA. AL CONTRARIO; EN EL CORAZÓN DE LA ESPIRITUALIDAD MILENIAL HAY UNA CONCIENCIA NÍTIDA DEL CUERPO COMO ESPACIO SAGRADO»

Es muy ilustrativa a este respecto una entrevista que Aixa de la Cruz concedió a la revista Letras Libres. Explica que, para escribir Todo empieza por la sangre, leyó la Biblia por primera vez y también mucha mística cristiana. «¿Y cómo lo ha encontrado?», le pregunta el entrevistador. «Pues fascinante. Y limpio [...]. Para mis padres es imposible pensar en el catolicismo y no pensar en Franco [...] Y me pregunto si ya ha pasado el tiempo suficiente como para que yo y las generaciones que vienen detrás, en lugar de optar por este batiburrillo que nos venden los algoritmos, digamos “si queremos tener un camino espiritual también podemos volver a las tradiciones de siempre pero haciéndolas propias”».

AVATARES Y CUERPOS

El libro de Aixa de la Cruz es un texto anclado en la corporalidad, y no es casual ni una excepción. Sería un error interpretar el giro teológico como un movimiento espiritualista. Al contrario; en el corazón de la espiritualidad milenial hay una conciencia nítida del cuerpo como espacio sagrado. Probablemente sea una respuesta al transhumanismo que ha enraizado en Silicon Valley. De modo quizás paradójico, el materialismo consumista ha terminado por negar el cuerpo. La distopía del transhumanismo consiste en alcanzar la inmortalidad no a través del cuerpo, sino a pesar del cuerpo. Tampoco es casual que las obras que han captado nuestra atención se hayan concebido, precisamente, durante la burbuja de la inteligencia artificial.

Ilustración: Leandro Alzate

Lo explica extraordinariamente bien el filósofo Felipe Muller en su libro Nadie habla, que, de modo contundente, culmina con este párrafo: «A medida que se asiente y masifique el uso de la inteligencia artificial, los consumidores de conocimiento e información se verán abocados a poner en duda la autenticidad de cualquier representación [...] Tal vez, con un poco de suerte, nuestro cuerpo y corporalidad se tornen puntos de resistencia desde donde discriminar lo fingido verdadero».

Ese es precisamente el punto fijo desde el que gira la voz de Valeria Castro, que en marzo de 2025 presentó El cuerpo después de todo, su segundo disco. Sostiene Ana Gil de Pareja que «su herida es física, es encarnada. Se hace cuerpo; uno al que le sobrevendrán la dureza de la vida, el paso del tiempo, las cicatrices. Y solo en él y por él se puede dar la reconciliación». Busca lo mismo que Rigoberta, que Arde Bogotá y que los demás: un centro de gravedad permanente. «La solución va a ser volver a los cuidados, a las redes, a la confianza, a las personas que tenemos en frente, a los vínculos», dijo en una entrevista.

La cuestión del cuerpo está presente en los productos culturales que preceden y cristalizan en el giro teológico. Desde la contraportada de Lux, que muestra a Rosalía desnuda abierta de brazos sobre una cama, hasta la insistencia de Ruiz de Azúa en las experiencias físicas de la protagonista de Los domingos (de la tímida secuencia de cama a la declaración de la monja que asegura que echa de menos el perfume). De forma explicitísima se encuentra en Todo empieza por la sangre, que arranca con un pacto de sangre y no escatima escenas en las que la carne y la sangre se muestran casi con brutalidad, como gritando que se debe mirar al cuerpo. Al final de la novela, en la página de agradecimientos, Aixa de la Cruz cita a algunas personas que no esperaría uno ver ahí, como la hermana benedictina sor Marta o el sacerdote y escritor Pablo d’Ors.

GENEALOGÍA DEL GIRO TEOLÓGICO, UNA HIPÓTESIS

Uno de los pasajes más austeros y musicales de la Biblia es la genealogía de Jesucristo, en la que san Mateo repite durante varias páginas, como una letanía, quién engendró a quién: Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob… hasta llegar «a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús llamado Cristo». Al igual que el autor sagrado se esfuerza en señalar las raíces de Jesús, su ascendencia, la forma en que se inserta en la historia humana… del mismo modo, la familia agrupa los temas —la precariedad, la ansiedad climática, el regreso al cuerpo, la búsqueda de un centro de gravedad, la corrección política, la soledad y la posibilidad de la muerte durante el confinamiento— que cristalizaron en el fenómeno actual. Quienes pelean a brazo partido con la pregunta por Dios pasaron primero por la familia.

Sirva como muestra un artículo de Sánchez de la Nieta en el número 716 de Nuestro Tiempo en el que repasaba algunos estrenos españoles de 2022: Alcarrás, de Carla Simón; La maternal, de Pilar Palomero; Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa; As bestas, de Rodrigo Sorogoyen, o Girasoles silvestres, de Jaime Rosales. Entre estos títulos, la crítica de cine encuentra un nexo común. A pesar de que no eluden problemas graves de incomunicación o abismo generacional, «transmiten una percepción alentadora: con sus claroscuros, la familia es un terreno firme. Quizás uno de los pocos en una sociedad en la que escasean los referentes morales. En la mayoría de estas películas el bote salvavidas es, al final, el amor imperfecto pero desinteresado de padres —y sobre todo madres— e hijos». La mayoría de esos guiones se gestaron durante el confinamiento, como las páginas del best seller Feria. Ana Iris Simón habla sobre su familia y sobre la precariedad en un libro del que, de forma casi profética, dijo: «Mientras lo escribía, tuve la sensación de estar haciendo un libro sobre Dios».

POLÍTICA, RELIGIÓN Y ARTE

Ana Iris Simón terminó abrazando la fe católica y es hoy una de las columnistas con más predicamento de España. Llegó a la Iglesia por las mismas preguntas que transitan los autores que han emergido en este ensayo, pero conviene no confundirse: el giro teológico de la cultura, el reverdecimiento del cristianismo entre la juventud —del que habló en NT Rafael Domingo— y la derechización de Occidente son procesos paralelos, pero no convergentes. Si el giro católico implicara arte, religión y política, sus autores serían al menos parcialmente los mismos. Sin embargo, los hechos muestran más bien lo contrario.

«EN LO QUE SE REFIERE A LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, NO HAY UN GIRO CATÓLICO. HAY UN RESURGIR DE LAS PREGUNTAS TEOLÓGICAS FUNDAMENTALES QUE NO ESTÁ ANIMADO POR UNA IMAGINACIÓN CATÓLICA»

Greta Gerwig, una de las cineastas más interesantes de Hollywood en cuyas películas Lady Bird (una huida hacia adelante del nihilismo que termina en una iglesia) y, sobre todo, Barbie (la muñeca habla con su creadora en una secuencia que recuerda a la oración cristiana), encontramos las primeras semillas del giro teológico, no guarda ninguna clase de afinidad con el trumpismo. De hecho, ha colaborado con Kamala Harris y con Bernie Sanders. Para profundizar en la obra de esta gran directora merece la pena acercarse a Barbie eres tú, el libro de Gema Pérez.

En el caso de España, ni Rosalía ni Alauda Ruiz de Azúa ni Aixa de la Cruz provienen de círculos eclesiales ni son católicas practicantes. Más bien al contrario: Ruiz de Azúa ha declarado que Los domingos es una película sobre el adoctrinamiento religioso. El auge de Hakuna o eventos cristianos masivos han recorrido un camino distinto, paralelo, y ahí se dirigen las críticas de Juan Manuel De Prada a la «moda de lo católico» y las esperanzas de uno de los mejores ensayistas de mi generación, Julio Llorente. También hay investigación empírica al respecto: una encuesta internacional para un estudio de la revista científica Church, Communication and Culture refleja un estancamiento de la secularización entre los jóvenes de los países desarrollados. Pero eso, como digo, es otra historia.

En lo que se refiere a la cultura contemporánea, no hay un giro católico. Hay un resurgir de las preguntas teológicas fundamentales que no está animado por una imaginación católica, con una gran excepción internacionales: el Nobel de Literatura de 2023, Jon Fosse.

«EN LO QUE SE REFIERE A LA CULTURA CONTEMPORÁNEA, NO HAY UN GIRO CATÓLICO. HAY UN RESURGIR DE LAS PREGUNTAS TEOLÓGICAS FUNDAMENTALES QUE NO ESTÁ ANIMADO POR UNA IMAGINACIÓN CATÓLICA»

Peregrinamos por un momento cultural de gran relevancia. Una encrucijada. Y las obras que han desatado este debate —Lux, Los domingos y Todo empieza por la sangre— tienen una genealogía muy peculiar. Los últimos cinco años nos han dado una ristra de nombres que apuntalan alguno de los temas en los que enraízan las cuestiones teológicas milenials: precariedad, sinsentido, familia, soledad, futuro. En estos campos, claro está, hay aires de familia que uno puede extender tan lejos como quiera.

Habrá un giro católico en la cultura contemporánea en cuanto dos docenas de Fosses milenials ocupen los primeros puestos de las listas de Spotify y Netflix. Contra todo pronóstico, lo que parecía una aspiración piadosa hace una década no se muestra hoy como un imposible, sino como una de las consecuencias lógicas de nuestra época. Una posibilidad que depende, en gran medida, de hasta qué punto sea capaz el universo católico de cultivar la imaginación. ¿Será posible que los centros de formación de la Iglesia no solo den grandes analistas de la realidad, sino también grandes imaginadores del futuro y la ficción? Mientras tanto, en cualquier caso, a nuestro tiempo le es dado vivir el resurgir de una disyuntiva antiquísima: no hay Dios, hay Dios. 

 

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