Ilustración: Pedro Perles

Ser adulto no significa hoy lo mismo que hace una generación. ¿Basta con cumplir años, pagar facturas y sostener un empleo? En tiempos de precariedad laboral y vínculos frágiles, la adultez se presenta como una realidad inevitable y dura. Quizás ha llegado el momento de mirarla no como un lastre sino como una forma de estar en el mundo al servicio de algo más grande que uno mismo.

Juan, 40 años. tiene empleo estable, pero no pareja ni hijos. Vive con sus padres. Laura, 28. Madre de dos niños. Dejó la carrera y trabaja a media jornada. Carlos, 35. Grado y máster. Inestable en lo laboral y en sus relaciones. Marta, 23 años. Independiente económicamente, dedica su tiempo al activismo y a cuidar a su abuela. ¿Quién de ellos es un adulto?

La respuesta se complica cuando trascendemos los criterios puramente legales o biológicos. Estos perfiles revelan la complejidad de un fenómeno que trasciende el estereotipo del Peter Pan que se niega a crecer: muchos jóvenes no rechazan la adultez por capricho, sino porque sus coordenadas tradicionales se han vuelto inaccesibles o incoherentes. En el grupo de investigación en el que trabajo, «Jóvenes en transición», del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra, encuestamos a más de mil jóvenes de entre 18 y 32 años y tuvimos con ellos conversaciones a fondo para explorar sus percepciones y experiencias de la vida adulta. Tres años después, en 2024, recontactamos a más del 20 por ciento de ellos para analizar sus trayectorias profesionales y familiares con el objetivo de entender qué significa hoy ser adulto y por qué importa.

Vivimos en una época en la que los marcadores tradicionales de la adultez —como casarse, tener hijos, independizarse o conseguir estabilidad laboral— han perdido su carácter normativo, se han vuelto inestables, se retrasan e incluso se rechazan. Sin embargo, seguimos esperando de algunas personas, y no de otras, cierta madurez, una forma de responsabilidad, una capacidad de responder por sí mismos y por otros.

¿Qué hace que consideremos adulto a alguien? ¿Por qué este reconocimiento tiene todavía peso, aunque ya no sepamos muy bien en qué consiste? ¿Y por qué hay determinadas experiencias —como criar a un hijo o cuidar a alguien— que nos hacen madurar más rápido que años de estudio o una profesión?

Algunas teorías del desarrollo plantean la vida adulta como el resultado del desarrollo cognitivo y la maduración biológica. Esta etapa sería un periodo fisiológico después de la adolescencia, en la que el individuo alcanza su completo desarrollo físico. Por otro lado, un enfoque social-funcionalista reduciría la discusión al papel que una persona mayor de edad desempeña en la esfera pública, sus deberes civiles o su rol productivo.

No obstante, no puede comprenderse solo como una etapa del desarrollo físico ni como una construcción histórica arbitraria. Más allá de las dimensiones biológicas o psicológicas, la madurez importa por una razón fundamental: dependemos unos de otros y alguien debe hacerse cargo. En un mundo que siempre necesita sostenerse, repararse, transmitirse, la figura del adulto representa a la persona que asume su responsabilidad ante otros.

Pero hoy ese rol está en crisis. Si ser adulto comporta la existencia de un otro que me reconozca como tal, ¿qué pasa cuando las transiciones que más alteridad implican —como el matrimonio, la paternidad, el cuidado— son las que más se posponen o se rechazan? ¿Cómo cambia la experiencia cuando el trabajo no garantiza continuidad ni sentido? ¿Es posible proponer una nueva comprensión de la adultez, no como cumplimiento de hitos biográficos sino como una posición relacional en el mundo?

DESARROLLO BIOLÓGICO, MADUREZ COGNITIVA

Un adulto es alguien que ya no es joven. Este acuerdo tácito permite que la sociedad funcione, pero también encubre una falta de claridad que influye en cómo nos vemos y en el lugar que ocupamos en relación con los demás. Estudiar la juventud como una etapa delimitada —con sus vivencias, conflictos y aspiraciones— lleva a preguntarse por su fin, tanto en el sentido de término como de propósito. ¿A qué se llega, o se debe llegar, cuando se deja de ser joven? Las teorías del desarrollo dividen la vida en etapas marcadas por cambios biológicos. La adultez se caracteriza por la madurez corporal y sexual. Alrededor de los veinte años alcanzamos la plenitud física, el periodo de máxima capacidad y fertilidad. Si se piensa en una línea continua, el joven se convierte en adulto al alcanzar el punto más alto de su rendimiento biológico. Es una etapa caracterizada por cierta estabilidad, seguida por un declive progresivo.

Ilustración: Pedro Perles 

Ahora bien, la maduración corporal va acompañada de transformaciones cognitivas. Desde la psicología evolutiva, autores como el suizo Jean Piaget —uno de los teóricos más influyentes del desarrollo cognitivo infantil— han descrito cómo los seres humanos progresan por diferentes estadios del pensamiento. Al abandonar la infancia, el joven pasa de una inteligencia más concreta a un razonamiento abstracto. Durante esta etapa, se afianzan habilidades como la planificación a largo plazo, la autorreflexión y el pensamiento crítico, que permiten una mayor autonomía en la toma de decisiones y que, cuando están plenamente desarrolladas, dan paso a la adultez. Un adulto, pues, sería alguien capaz de hacer juicios sobre cuestiones morales más complejas. Pero este desarrollo no ocurre en el vacío: se enmarca dentro de un entramado de relaciones que, a su vez, influyen en el individuo.

ROLES Y RECONOCIMIENTO SOCIAL

Desde una mirada sociológica, ser adulto no puede entenderse solo como una cuestión de edad o madurez biológica, sino como una posición social estructurada por expectativas compartidas. Distintas teorías destacan que la identidad —es decir, cómo nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás— se construye en gran medida a través de las funciones sociales que desempeñamos: estudiante, trabajador, progenitor, ciudadano. Estos papeles actúan como guiones normativos y ofrecen marcos de acción que orientan el comportamiento y otorgan sentido a la experiencia individual. El compromiso con determinados roles y la capacidad de sostenerlos en el tiempo con cierta coherencia contribuyen a la formación de una identidad relativamente estable.

No obstante, las expectativas asociadas a cada rol cambian con el tiempo y varían entre sociedades, comunidades o niveles socioeconómicos. Hoy en día, en algunos contextos occidentales modernos, se presupone que una persona de un nivel socioeconómico más alto terminará los estudios universitarios antes de empezar a trabajar (el 75 por ciento de los hijos de familias con estudios superiores también los completa), pero un joven con menos recursos suele incorporarse al mercado laboral antes de llegar a la educación superior (solo el 32 por ciento los termina). ¿Es uno más adulto que otro? Durante buena parte del siglo XX, en diversas sociedades industrializadas, como Europa occidental o Estados Unidos, se consideraba que un adulto era alguien capaz de mantener una familia, encontrar un empleo estable y adquirir una vivienda sin ayuda de sus padres. En la actualidad, a pesar de que las condiciones materiales han cambiado, continúan vigentes las expectativas heredadas. Por esta razón, es comprensible que tanto la sociedad como sus propios miembros experimenten una sensación de inadecuación o de adultez incompleta.

En consecuencia, la adultez es una categoría relacional y dinámica, construida en referencia a otros y moldeada por normas sociales contingentes. Pero que haya cambiado a lo largo de la historia no signifi ca que sea arbitraria o irrelevante. Si a los adultos se les siguen atribuyendo ciertas propiedades, derechos y obligaciones —como la responsabilidad legal, la autonomía económica o el deber de cuidado—, es legítimo preguntarse qué fundamentos sustentan ese reconocimiento. A lo largo de los siglos, esta transición ha estado vinculada a umbrales biológicos, psicológicos y sociales que, juntos, marcaban una transición hacia nuevas formas de responsabilidad y reconocimiento. Por eso, como han propuesto algunos teóricos de la identidad como el psicólogo Erik Erikson, la identidad adulta no puede comprenderse solo como un proceso individual: es también el resultado de un desarrollo psicosocial, en el que lo interno (autoimagen, madurez) y lo externo (reconocimiento, roles, instituciones) se entrelazan.

EL TRABAJO COMO EJE IDENTITARIO

Históricamente, dar ciertos pasos —irse de casa, incorporarse al mundo laboral, formar una pareja estable, tener hijos— no solo significaba cumplir con exigencias externas, también estructuraba el sentido del crecimiento personal. El adulto no era simplemente quien cruzaba esas etapas, sino quien lo hacía como expresión de su capacidad para tomar decisiones, asumir responsabilidades y mantener compromisos duraderos. En cierto modo, en las últimas décadas se ha producido una desvinculación progresiva entre las experiencias de transición y el desarrollo subjetivo. Se ha desplazado el foco: ya no importa tanto si alguien ha pasado por estas etapas sino si demuestra ser alguien responsable, comprometido, autónomo.

Estos cambios responden a un proceso social de modernización mucho más amplio. Factores sociodemográficos como el aumento de la esperanza de vida o la drástica disminución de la natalidad han expandido y transformado los hitos que estructuraban la vida adulta. Al mismo tiempo, la expansión masiva de la educación superior, la incorporación de las mujeres al mercado laboral y la inestabilidad de los sistemas económicos han diversificado trayectorias vitales que eran relativamente homogéneas a finales del siglo XX. Todo lo anterior refleja una transformación cultural, donde cada persona se ve impelida a construir su propia biografía, marcada por la libertad y la autorrealización, sin guion. A primera vista, este giro parece liberador: ya no se impone una secuencia única de pasos para alcanzar la adultez. Pero, en la práctica, este énfasis casi exclusivo en la madurez interna ha tomado una deriva problemáticamente individualista.

Cuando las transiciones dejan de tener un valor social, la madurez aparece como una meta indefinida, un proyecto individual sin puntos de anclaje claros. Queda reducida entonces a una carga que no vale la pena: obligaciones económicas, gestión del tiempo, ansiedad constante por no llegar a todo. Según nuestros datos, aunque muchos jóvenes entre 18 y 30 años no se consideran todavía adultos, esto significa, más que una especie de síndrome de Peter Pan, una vivencia ambivalente: la adultez se acepta como inevitable, pero sin sentido. Más que una meta deseable, se percibe como una zona de incertidumbre que agota y que, además, hay que afrontar solo. Por ejemplo, en una de las entrevistas de 2021, un hombre de 26 años dijo que ser adulto era «tener que mantenerse uno mismo y tomar decisiones». Y después de dudar un momento, añadió: «Tampoco sabes muy bien por dónde tirar, digo yo. Me refiero a... en cualquier ámbito estás más solo».

Ilustración: Pedro Perles  

A pesar de estas experiencias, algunas de las transiciones siguen estructurando la vida adulta de manera significativa. La esfera profesional se convierte en el punto de anclaje para la construcción de la identidad y de los proyectos personales. Las decisiones familiares se subordinan, y muchas veces se contradicen con las exigencias del mercado laboral como la disponibilidad, la movilidad y la flexibilidad. El tiempo que pasamos, los recursos que invertimos, las relaciones que construimos giran alrededor del trabajo. Así, se vuelve el ámbito de autorrealización por excelencia. Pero ¿qué pasa si las condiciones del mercado laboral no ofrecen lo que prometen? Si los que rondan la treintena se ven obligados a cambiar de trabajo con frecuencia —España lidera la rotación laboral europea— y llegan con dificultad a fin de mes —ganan un 20 por ciento menos que sus padres a su edad—, si las dimensiones del sentido y encuentro se dejan de lado, ¿cómo construir una identidad adulta sólida en un mercado laboral precario?

Ya en La corrosión del carácter (1998), el famoso sociólogo estadounidense Richard Sennett advertía sobre los efectos destructivos que tiene componer la propia identidad en un mundo laboral flexible, inestable y a tiempo parcial. El nuevo capitalismo demanda al trabajador que se adapte, que esté siempre disponible y que no se apegue a ninguna trayectoria definida. Este entorno impide desarrollar elementos fundamentales de una identidad adulta: la coherencia biográfica, el sentido de responsabilidad a largo plazo, el compromiso con otros. La paradoja es que, aunque se espera del individuo que se defina por su oficio, no se le ofrece un entorno que le favorezca edificar una trayectoria significativa.

A pesar de la precariedad de las transiciones profesionales, el incorporarse al mercado laboral señala socialmente cierta independencia propia de un adulto. De los jóvenes cuya trayectoria hemos estado siguiendo, los que empezaron a trabajar durante el estudio han aumentado su nivel de identidad adulta. Pero también hemos notado que este proyecto profesional, privado de trascendencia y comunidad, no basta para garantizar una transición satisfactoria.

EL REPLIEGUE DE LAS TRANSICIONES RELACIONALES

Si la independencia económica y las responsabilidades laborales se aceptan como marcadores relativos de adultez, no pasa lo mismo en el ámbito familiar. Ese tipo de transiciones se rechazan de modo más directo. Casarse —o convivir con una pareja de manera estable— y tener hijos ni siquiera forman parte de los proyectos vitales de muchos de los jóvenes en nuestros estudios en el contexto español. De hecho, España se encuentra entre los países con la tasa de natalidad más baja. La salida del hogar parental se retrasa de manera indefinida. Y el matrimonio, como institución social, ha perdido relevancia. Aunque hombres y mujeres forman parejas desde edades tempranas e incluso viven juntos antes de lo que les gustaría (en promedio a los 21,7 años, en contraste con los 26 años que consideran la edad ideal para cohabitar), nuestras entrevistas reflejan cierta incertidumbre respecto a la estabilidad y los compromisos que implican estas relaciones. Como este hombre entrevistado de 27 años que entiende el compromiso en una relación «como que hay unas normas que… A ver, no son normas, no son estrictas, pero es eso. Es como una regla de convivencia y cada pareja, al final, las adapta a su gusto y a lo que entienden que son capaces de aceptar...».

En cambio, la vida familiar, la pareja y los hijos son las transiciones que, en cierta medida, exigen un desarrollo madurativo más fuerte, pues conllevan un gran sentido de responsabilidad hacia el otro, compromiso, estabilidad, cuidado. Estas relaciones, en especial la parental, constituyen vínculos irreversibles y profundamente asimétricos, en los que el adulto se ve llamado a sostener, guiar y proteger. A diferencia del mundo laboral —donde uno puede ser sustituido—, en el vínculo afectivo y familiar hay una experiencia de unicidad e irremplazabilidad que opera como catalizador de la madurez.

En parte, el rechazo a estas transiciones se debe a estas exigencias y la incertidumbre emocional que las rodea. Esto ha modificado por completo lo que significa ser adulto hoy en día. Si no hace falta establecer vínculos afectivos y familiares duraderos, esta etapa se convierte en una etapa más individualista, centrada en el desarrollo propio y desvinculada de la responsabilidad relacional, lo que puede acarrear una dificultad para encontrar un sentido a los obstáculos de la vida adulta. Como apuntaba un joven entrevistado, «ser adulto es asumir una cantidad de problemas impresionante». Cuando no hay un propósito que sobrepase a uno mismo y que otorgue una dirección a esas responsabilidades, lo esperable es que se intente retrasar lo más posible o evitar el adquirir estos roles y sus consecuencias.

HUMANOS GENERATIVOS

¿Se puede ser de verdad adulto sin referencia a otros? Todo lo expuesto en este ensayo —desde los cambios biológicos y psicológicos hasta los roles y expectativas sociales— se orienta hacia lo mismo: la adultez es siempre una posición en relación. No basta con crecer, madurar o adquirir habilidades: el desarrollo individual, aunque necesario, es insuficiente si no se proyecta hacia fuera, si no se traduce en una disposición hacia los demás.

En este sentido, ser adulto no equivale simplemente a haber cumplido una serie de etapas vitales o haber alcanzado cierta autonomía. Más bien es quien asume su responsabilidad frente a los demás: quien acepta el peso de sostener, cuidar, transmitir, y —en palabras de Eriksongenerar. A todos nos tocará, en algún momento, hacernos cargo de nuestro entorno. Esto no es solo una exigencia moral externa. Es la culminación de un proceso de maduración que no puede completarse sin el encuentro con el prójimo.

En la teoría del desarrollo psicosocial de Erikson, la generatividad aparece como la tarea central de la adultez: la preocupación por guiar, proteger, enseñar y formar a la siguiente generación. Una vez que el adulto ha consolidado su identidad y ha establecido vínculos de intimidad en la amistad o el matrimonio, está psicosocialmente preparado para comprometerse con la sociedad en su conjunto y su continuidad, incluso su mejora, a través de la siguiente generación. Aunque suele asociarse con la paternidad o la maternidad, va mucho más lejos: implica dejar una huella en el mundo y contribuir al bien común.

Esta idea la han ampliado autores como Pierpaolo Donati, que ha investigado la juventud como una categoría relacional. Para él, la transición a la adultez requiere la experiencia de ser «generación» en dos sentidos. Primero, el sentirse generados, reconocerse como herederos o parte de lo que se me ha dado, moldeados socioculturalmente por generaciones anteriores. Y, segundo, el sentirse capaz de generar, de moldear la sociedad del futuro. Sin embargo, no basta con que un individuo quiera ser generativo; hace falta una estructura relacional y una serie de instituciones que lo hagan posible.

La adultez implica una posición de responsabilidad con respecto a los demás. La eterna juventud no es deseable ni sostenible. Si admitimos que la realidad sigue más allá de nosotros mismos, ser adulto permite sostener el lazo social, asumir la transmisión y comprometerse con su continuidad. Con el peso propio de la responsabilidad, sí, pero un peso que tiene un significado porque sabemos que no estamos solos y los otros nos recuerdan el sentido.

Quizás ha llegado el momento de rescatar la adultez y dar por amortizado el mito de Peter Pan. De entenderla no como un lastre, ni como un conjunto de cargas que hay que esquivar o retrasar, sino como una posición de alteridad y un compromiso con sentido. No es únicamente una etapa biográfica, ni una posición jurídica o económica. Es, ante todo, una forma de estar en el mundo: en relación con otros, al servicio de algo más grande que uno mismo. En un tiempo hiperindividualista, reivindicar la adultez es una apuesta por fortalecer vínculos frágiles y asumir el cuidado como tarea principal.

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