Tengo en mi estantería los volúmenes de la obra del dominico Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana. De uno de ellos sobresale un único post-it naranja que recoge unas líneas que durante mucho tiempo me resultaron, sencillamente, ilegibles. Justo por su claridad: «La excelencia del dolor cristiano aparece clara con sólo considerar las grandes ventajas que proporciona al alma. […] Bien pensadas las cosas, debería tener el dolor más atractivo para el cristiano que el placer para el gentil».
La frase incomoda. Y quizá deba hacerlo. La excelencia del sufrimiento es hoy un anacronismo molesto. En una cultura que ha aprendido (y no con un esfuerzo menor) a combatir buena parte del sufrimiento físico y material, hablar de la excelencia del dolor suena, en el mejor de los casos, a provocación y, en el peor, a insensibilidad moral.
El hombre contemporáneo mantiene con el dolor una relación extraña. El sufrimiento ya no se vive como una dimensión orgánica de la experiencia humana, como lo ha sido para la gran mayoría de los hombres que nos precedieron, sino como una anomalía que debe ocultarse, medicalizarse o anestesiarse. Y no nos llevemos a engaño: cuando una cultura pierde el lenguaje para habitarlo, el sufrimiento no desaparece, lo que pasa es que deja al individuo solo frente a él.
El grito de auxilio antropológico se escucha con claridad si sabemos agudizar el oído. Aparece bajo la forma de un hedonismo terapéutico (refugio del distorsionado carpe diem) que se pierde entre estímulos de dopamina, alcohol, endorfinas o cualquiera que sea la manera que encontremos de embotar los sentidos. Otras veces se manifiesta a través de pódcast, reels y manuales de autoayuda, donde proliferan las invitaciones a «hacerse invulnerable» con Marco Aurelio o Séneca. La meta a alcanzar es la autosuficiencia. El hombre fuerte es aquel al que nada logra herir del todo. Esto tampoco parece estar funcionando.
El ideal estoico clásico aspiraba a la apatheia: una forma de imperturbabilidad interior donde el sufrimiento pierde la capacidad de dominar al sujeto. El cristianismo, en su lugar, no propone la invulnerabilidad, sino la beatitudo (ya que usamos el griego, por qué no el latín). No una anestesia del dolor, sino una plenitud capaz de atravesarlo sin quedar reducida a él.
La fe cristiana confiesa que el destino último del hombre excluye el sufrimiento. Y, no obstante, pocas religiones han tomado el dolor tan en serio como la cristiana. No lo ha negado ni relativizado; tampoco lo ha disuelto en una ilusión. Lo ha situado en el centro mismo de su visión del hombre y de la salvación.
Aun así, antes de hacerse universal, el sufrimiento aparece en la Biblia como una ruptura, no como un rasgo esencial de la naturaleza humana. La narración de Adán y Eva —leída aquí en clave antropológica, no histórica— los presenta en una condición de cierta armonía interior. El cuerpo era vulnerable, pero no estaba entregado a la descomposición; el alma podía verse afectada, pero no vivía dividida contra sí misma. El dolor, tal como hoy lo conocemos, no ocupaba todavía el centro de la vida.
La tradición cristiana habló durante siglos de una armonía originaria para nombrar esa condición. No se trataba de negar la fragilidad humana, sino de afirmar que el sufrimiento aún no se había transformado en principio de fractura interior. Aunque el hombre podía padecer, el padecimiento no dominaba del todo su vida interior; era otra experiencia más.
La pérdida de esa armonía (con el pecado) no solo introduce el dolor en el mundo; introduce una nueva condición. A partir de ahí, el sufrimiento ya no es algo accidental y se convierte en una posibilidad constante. El cuerpo se vuelve vulnerable a la enfermedad y al deterioro, la afectividad se desordena y el alma ya no gobierna sin resistencia. El hombre sufre, y el sufrimiento amenaza con corroerlo por dentro.
La redención consiste en transformar el significado del dolor. Conviene recordar que el cristianismo no promete una vida protegida del padecer. Trae, sin embargo, una novedad radical en la forma de habitarlo. En la cruz, Cristo no sufre para neutralizar desde fuera el sufrimiento de los otros; inaugura, más bien, una posibilidad nueva: un dolor que deja de aislar al sujeto en su propia herida y puede vivirse acompañado. El dolor no desaparece; pierde su condición de soberano.
Por eso el sufrimiento cristiano no puede entenderse solo como castigo ni como ejercicio de resistencia moral. El creyente no sufre para evitar sufrir, ni sufre en lugar de otros; sufre unido a un padecimiento que el cristianismo considera ya asumido en la cruz. Así pasa el dolor de ser un hecho biológico o psicológico a adquirir una dimensión relacional. Ya no define completamente al hombre ni lo reduce a su pasividad, porque puede asumirse sin destruir del todo la unidad interior de quien lo padece. No tienes que sufrir solo, no tienes que sufrir sin significado.
Leídas desde aquí, las palabras de Antonio Royo Marín no suenan ya como una exaltación imprudente. Nombran, más bien, una inversión del centro de gravedad. En ese estado —frágil, histórico, siempre imperfecto— el placer desordenado desorienta más que el mismo dolor porque promete una plenitud que jamás puede cumplir. Y quizá solo desde ahí pueda comprenderse, sin escándalo ni ingenuidad, por qué el cristianismo ha podido hablar de la excelencia del sufrimiento sin amar el dolor ni despreciar la vida.
