Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 707

Claroscuros en la ciudad de la luz

Texto: Verónica Arribas  

Con escala en San Sebastián y Madrid, los pasos de Verónica Arribas [Ing Industrial 11ISEM 13 PhD 17] la han llevado de Tudela (Navarra) a París, donde conjuga su formación en ingeniería y en moda.

 


PARÍS [Francia]. Mi plan inicial era una estancia de enero a julio de 2016 en París, en el FashionLab —un departamento dedicado a la industria de la moda y lujo— de la empresa de tecnologías Dassault Systèmes, una de las más importantes y mejor valoradas de Francia. Una entidad francoespañola me había otorgado una beca para seis meses cuando llevaba dos años de tesis sobre innovación tecnológica, tras haber estudiado Ingeniería Industrial y el máster de ISEM Fashion Business School. Esa oportunidad enriquecería sin duda mi investigación y tenía que exprimirla al máximo. Lo que entonces no sabía es que acabaría cambiando mis proyectos y mi vida.

Había visitado París en varias ocasiones, me defendía con el idioma y la ciudad me encantaba, pero nunca había soñado que viviría allí. Nada más llegar asistí a un desfile de haute couture de Julien Fournié, un diseñador con el que colaboraba mi empresa, en el Oratoire du Louvre, en la famosa rue Saint-Honoré. ¡Menudo privilegio! Gracias a mis compañeras de piso, María Luisa Girón, de Sevilla, y Arantxa Pardo, de Valencia, enseguida hice un grupo de amigos con los que fui descubriendo más sobre el día a día en París, muy diferente de lo que me había imaginado cuando iba de turismo. En la empresa me acogieron estupendamente. Aunque al principio hablaba sobre todo en inglés, con el apoyo de mis colegas pude mejorar mi francés y adaptarme más rápido. 

Cuando ya casi se estaba terminando la estancia, Dassault Systèmes me ofreció un puesto fijo que podría compaginar con lo que me quedaba de tesis. Tras analizar la situación largo y tendido, y con algo de vértigo, acepté. Para entonces ya había conocido a Hubert, que dentro de unos meses será mi marido. Esto por supuesto influyó muchísimo en la decisión y significó un pilar fundamental en la nueva etapa que estaba a punto de comenzar en la ville lumière.

Después de pasar el verano en España, en septiembre regresé a París, esta vez sin fecha de vuelta y con un trabajo fijo debajo del brazo. 

 

CIUDAD DE LUCES... Y SOMBRAS

Sin embargo, el retorno no me pareció tan sencillo como en enero, ya que tuve que enfrentarme sola a muchas cosas por primera vez. Una de las  más difíciles resultó la búsqueda de piso: para una extranjera, con un contrato todavía en periodo de prueba y sin un aval francés, las opciones se limitaban mucho. Los que visitaba tenían entre 25 y 35 metros cuadrados por los que no se pagaban menos de 900 euros al mes, y había tanta demanda que casi todos acababan en manos de franceses. 

Al final, gracias a mi buena amiga Marta Iglesia [Com 06 ISEM 09] —que lleva en la ciudad casi diez años y fue como mi ángel de la guarda— conseguí un piso de una conocida suya que se iba un año fuera. Nunca antes había vivido sola y tampoco era algo que me gustase, pero ahí estaba yo, en un apartamento ideal en el 6ème arrondissement —uno de los mejores barrios de París— cerca de Saint-Germain-des-Prés, los jardines de Luxemburgo y el Panteón. Al año siguiente tuve que mudarme de nuevo y ahora resido —hasta la boda— en el 15ème arrondissement, a diez minutos andando del Campo de Marte y la Torre Eiffel.

 

Con la familia. Verónica, sus padres y sus hermanos visitan el jardín de las Tullerías, que limita con el Louvre.

 

En los ratos en los que no trabajaba o avanzaba en la tesis, recorría la ciudad para conocer los lugares que no había podido ver durante los seis meses anteriores: la isla de San Luis, los restaurantes japoneses de la rue Sainte-Anne, el Marché des Enfants Rouges —el mercado cubierto más antiguo de la capital—, la rue des Martyrs, la parte de Montmartre menos famosa —por encima del Sacre Coeur—, el canal Saint-Martin, los péniches —casas flotantes sobre el Sena, muchas de ellas convertidas ahora en bares y restaurantes— y guinguettes —los locales que suelen situarse a lo largo del río y que tienen un restaurante y una pista de baile al aire libre—...

Para estas rutas contaba con Hubert, mi cicerone particular, con quien he disfrutado de paseos por callejuelas, exposiciones de arte en pequeños museos y galerías, teatros y espectáculos, cenas en restaurantes y bistrots de moda, compras en las galerías… Con él, parisino de nacimiento, he ido descubriendo rincones menos famosos de la ciudad, como el invernadero lleno de cactus gigantes —¡impresionante!— en el Jardin des Serres d’Auteuil, un jardín botánico del siglo XVIII situado cerca del estadio de Roland Garros que posee cinco invernaderos maravillosos con muchísimas especies de flores de diferentes partes del mundo.

Sin embargo, mientras experimentaba la vie parisienne, me fui dando cuenta de los contrastes y las diferencias sociales. Existe mucha pobreza y mendicidad en las calles y en las estaciones de metro. Recuerdo que fue también lo primero que me dijo mi madre en una de sus visitas. Ella recordaba «otro París» y se dio de bruces con esta realidad que la dejó asombrada.

Los claroscuros de la capital los he experimentado también por la crispación social de estos últimos años, que acabó transformándose en el movimiento de los chalecos amarillos y sus manifestaciones por toda Francia. Durante meses se vivió una situación tan complicada que en muchas ocasiones provocó que la ciudad se paralizase por completo debido al vandalismo y el peligro en las calles. A estas expresiones de la tensión reinante siguieron innumerables protestas y huelgas de transportes que han hecho que últimamente París se bloquease todavía más. 

 

Y LLEGÓ LA PANDEMIA

Cuando parecía que volvía la calma un poco, y en plenas elecciones municipales, la pandemia del  covid-19 puso la ciudad patas arriba. Como dijo Emmanuel Macron en el discurso en el que anunciaba las primeras medidas contra el coronavirus: «Francia está en guerra». Las estimaciones del impacto económico y social de esta «guerra» en el país —contracción del PIB de 12,5 por ciento— indican que nos espera una época de recesión en la que se agudizarán las diferencias sociales. 

Estos últimos meses han resultado durísimos pero, por suerte, el confinamiento aquí ha sido un poco menos estricto que en otros lugares, como Italia o España. Podíamos ir a la compra, salir a hacer un poco de deporte o tomar el aire una hora al día firmando un justificante. Por otro lado, bastantes compañías se han adaptado ágilmente al trabajo desde casa: por ejemplo, Dassault Systèmes nos facilitó esta opción en cuanto se detectaron varios casos en empleados. En ese aspecto he sido muy afortunada: la empresa no ha sufrido tanto como otras y he conservado mi puesto.

 

La navarra y el parisino. En Córcega, con Hubert, en un viaje con amigos. Se casan en Vigo en agosto.

 

Sin duda, una de las cosas con las que peor lo he pasado ha sido estar lejos de mi familia y amigos y ver con impotencia lo que pasaba en España, aunque gracias a la tecnología hemos hecho aperitivos online, fiestas de cumpleaños y muchas llamadas de teléfono. Por otra parte, tuvimos que aplazar nuestra boda, que con tanto cariño habíamos organizado para finales de mayo. Ha sido arduo, pero a la vez un aprendizaje enorme que nos acompañará toda nuestra vida. Si Dios quiere y la pandemia lo permite, nos casaremos en agosto en Vigo, rodeados de familiares y amigos a los que agradecemos infinitamente que, a pesar de las circunstancias, nos acompañen en este día tan importante para nosotros. Después, empezaré una nueva etapa en París y, como las anteriores, sin billete de vuelta y con muchas ganas de nuevas experiencias.