Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 718

Rafael Rodríguez. Desde la cima de una de las compañías más sostenibles del mundo

Texto: Ana Eva Fraile [Com 99]. Fotografía: Patricio Sánchez-Jáuregui [Com 12]

Va en metro a la oficina. Lee las etiquetas energéticas y prioriza los productos clase A, ya sea una lavadora o un coche, porque son más eficientes. En casa, su familia utiliza cubos de reciclaje de todos los colores. Rafael Rodríguez [Der 93] vive día a día su compromiso con el cuidado del entorno. También desde su trabajo en Rockwool, que este año se ha consolidado como la empresa de materiales de construcción más sostenible. 

Se unió al equipo de la multinacional danesa especializada en aislamiento de lana de roca en 1999 y hoy es vicepresidente sénior de la compañía y miembro del consejo de dirección. En su bagaje destacan tres conceptos: retos, liderazgo y conciencia medioambiental.


Hace tres décadas que Rafael Rodríguez (Pamplona, 1970) se licenció en Derecho, pero en cuanto Juan otea desde su atalaya la silueta de este alumni acercándose por el pasillo no vacila: «Yo a usted le he dado papeletas». En la encrucijada que comunica los muros de ladrillo rojo de la Facultad de Derecho con los de hormigón del edificio Amigos, intercambian cariñosos apretones de manos antes de abrir juntos el baúl de los recuerdos. También hace más de treinta años que Juan Garrido empezó a trabajar de bedel en la Universidad, pero el paso del tiempo no difumina su memoria. Entonces las notas no se anunciaban online. Cuando los profesores corregían los exámenes, escribían a mano la calificación en unas cuartillas de color beige con el membrete de la Universidad, y los alumnos desfilaban nerviosos hacia la conserjería de su edificio, donde los bedeles custodiaban las papeletas. En el caso de Rafael, Juan siempre fue emisario de buenas noticias. 

El primer día de curso, en septiembre de 1988, Rafael condujo hasta el campus en su impoluto Seiscientos azul. Ese verano había trabajado de peón de albañil en la construcción de un bloque de viviendas en la calle Irunlarrea de Pamplona. Entre andamios, ladrillos y mortero, reunió el dinero que necesitaba para sacarse el carné de conducir y comprarse su primer coche. Le costó veinte mil pesetas. Al llegar a clase, se sentó junto a un chico y empezaron a hablar. Una primera casualidad que Paolo Vázquez de Rey y él reviven en todas sus quedadas. De los años en la Universidad, Rafael atesora experiencias inolvidables y una piña de ocho grandes amigos que no perdieron el contacto al terminar la carrera. Como proceden de diferentes rincones de España —Galicia, Extremadura, Andalucía y Madrid, además de Navarra—, se reúnen al menos una vez al año en una ciudad diferente. Todavía se escuchan por su grupo de WhatsApp los ecos del último reencuentro, que tuvo lugar en mayo en Sevilla.

Hay profesores y lecciones aprendidas en el campus que dejan una huella especial en los estudiantes. A Rafael Rodríguez le gustaba el dinamismo que Eduardo Valpuesta imprimía a las clases de Derecho Mercantil, y también le marcaron las enseñanzas sobre Derecho Romano del profesor Rafael Domingo. Aún hoy utiliza un binomio de conceptos que se le quedó muy grabado en aquella época: la diferencia entre la auctoritas y la potestas

Durante el segundo curso, vivió una de esas circunstancias decisivas que se podrían convalidar por un título de posgrado. A su padre le diagnosticaron cáncer, y su madre y Rafael, como el mayor de cinco hermanos, comenzaron a trabajar para sostener a la familia. Le resultó complicado compaginar sus estudios con las ocho horas en la línea de producción de Chapistería de Volkswagen Navarra. Su padre era encargado de equipos en la fábrica y él sintió el peso de la responsabilidad: «Aunque los compañeros me recibieron muy bien, en la máquina de soldar eres uno más y tienes que hacer un esfuerzo un poco mayor porque no quieres defraudar a nadie». 

 

A lo largo de su trayectoria profesional Rafael Rodríguez ha vivido en España, Croacia, Países Bajos y Francia.

 

Esta experiencia le permitió conocer el mundo de las relaciones laborales desde dentro, pero, sobre todo, puso a prueba su determinación: «Mi sueño era terminar la carrera y bajo ningún concepto lo iba a abandonar». Al cabo de dos años, una vez que su padre superó la enfermedad, pudo concentrarse en la licenciatura. Su esposa, Ana [Der 99], y tres de sus cuatro hermanos han seguido su estela en el campus: una hizo Enfermería, la otra, Derecho, y el pequeño, Arquitectura Técnica. Y también las nuevas generaciones. Rafael tiene tres hijas: Paula se graduó en 2022 en Administración y Dirección de Empresas; Adriana cursa tercero de Enfermería y la pequeña, que es estudiante de Secundaria, imagina, desde París, que emula a sus hermanas y vuelve a España.

 

SIN MIEDO A SALTAR

Francia es el último destino de Rafael Rodríguez. En 2015, después de dieciséis años trabajando en Rockwool, la compañía le ofreció el puesto de director general de la división más importante, el aislamiento de construcción para el sur de Europa. Como el mercado francés es el principal en esta región, el cargo suponía estar cerca de sus nuevos equipos. Así, tras once felices años en Barcelona, la familia al completo anidó en París. De todos los retos que Rafael ha afrontado desde que en 1999, con 29 años, inició su trayectoria en la multinacional, este fue el que más le costó porque exigía un doble esfuerzo: «Por un lado, hacer bien tu trabajo. Y, por otro, integrarse lo más rápido posible en una cultura diferente». Un objetivo que involucraba a toda la familia y pasaba por dominar el idioma.

Aunque nunca alcanzará el acento perfecto de su hija pequeña, Rafael reconoce que se desenvuelve muy bien en francés. Las dos mayores, que entonces tenían quince y doce años, se unieron a las clases del Liceo Español y eso facilitó su adaptación. Sin embargo, la tercera notó más el choque porque se incorporó con seis años al sistema educativo galo. Los primeros meses, cuenta, fueron muy duros, pero justo antes de Navidad algo hizo clic en ella y, de repente, era casi bilingüe. 

Cuando echa la vista atrás, se reafirma en que empezar de cero juntos en otro país ha valido la pena. «Al final —dice— nuestras hijas son ciudadanas del mundo, y eso es un regalo». Ellas hablan español, catalán, inglés y francés, y considera que «darles todas esas herramientas que las sitúan en una posición de salida un poco más adelantada» forma parte de su función como padres.

La primera vez que Rafael salió de Pamplona fue en 1993 para cumplir el servicio militar —la mili— en Ferrol. Luego pasó unos meses en Inglaterra, donde afianzó su inglés. Y justo después se instaló en Madrid para estudiar un MBA. La decisión de saltar «de las letras a los números», de familiarizarse con un enfoque formativo de carácter práctico, le ayudó a constatar que era capaz de hacer cosas diferentes. Según su propio análisis, vencer este primer riesgo allanó el camino a lo que estaba por venir.

Rafael Rodríguez comenzó su carrera profesional en 1995 en Tecnoconfort, una empresa que fabrica componentes para el sector del automóvil. Entonces nadie sospechaba que el nuevo becario de Recursos Humanos se convertiría en el director del departamento. Cuatro años más tarde, Rockwool, la multinacional danesa especializada en aislamiento de lana de roca, le hizo una proposición que no pudo rechazar. La compañía planeaba abrir su primera planta productiva en España y le encargó sentar las bases de la organización. El proyecto, para el que se invirtieron doscientos millones de euros, entró en funcionamiento en 2001 en la localidad navarra de Caparroso. Reclutar a la nueva plantilla, que superaba las doscientas personas, y sembrar la cultura corporativa fueron dos de los objetivos que más le atrajeron.

 

ROCKWOOL se fundó en 1937 en la localidad danesa de Hedehusene, donde se construyó la primera  fábrica de lana de roca y hoy se encuentran las oficinas centrales de la empresa. 

 

LÍDERES QUE SIEMBRAN MOTIVACIÓN

En escalada se denomina crux al paso clave, el que representa el desafío más complicado. Rafael llegó a ese punto en 2003. Tenía 33 años, una hija de tres y otra en camino. Aunque se sentía satisfecho en el trabajo, su voz interior le animaba a no acomodarse, a explorar más allá de las fronteras de su círculo de confort. Por eso, cuando en la empresa le dieron la oportunidad de poner en marcha una fábrica en Croacia, pensó: «¿Y por qué no?». Se trataba de uno de los proyectos industriales más relevantes que iba a acoger el país después de las guerras en los Balcanes. Como líder de un plan de esa envergadura, tuvo que hacer de ingeniero, economista y director general. Había que buscar los terrenos, pactar con los proveedores, suscribir acuerdos con el Gobierno...

Este segundo salto al vacío volteó su futuro dentro de Rockwool y le hizo comprender la clave del progreso. «Te das cuenta de que a veces hay que asumir algunos riesgos para conseguir grandes cosas», admite. Rafael no vio cómo la fábrica croata echaba a andar porque en 2005 le ofrecieron volver a España como director general del negocio para la península. La familia hizo las maletas y se estableció en Barcelona, donde la compañía tiene una oficina comercial desde 1989. Guarda recuerdos muy bonitos de aquella década: «Fue el momento en el que la familia maduró. Además, allí nació nuestra tercera hija, en el año 2010».

Durante este periodo, solo hubo un breve paréntesis en el que se alejó de casa. Una oportuna llamada desde la sede de Dinamarca le rescató de la monotonía en el trabajo. Rafael residió a caballo entre en los Países Bajos y Barcelona para ponerse al frente durante cuatro años del área de aislamiento industrial, que abastece a centrales térmicas, al sector naval y a plataformas petroleras mar adentro. 

La última etapa de esta ruta, la que les llevó a París hace ocho años, enlaza con el presente. En enero de 2022 le nombraron vicepresidente sénior de Rockwool y entró en el consejo de dirección de la compañía. Además, a sus responsabilidades en el sur de Europa se sumó el mercado británico. Entre las múltiples funciones que desempeña, cuenta con ilusión que ha retomado el mando de la línea de negocio de aislamiento industrial. «Recuperar esa parte de mi vida donde disfruté tanto —explica— me ha confirmado la importancia de ser coherente, de hacer las cosas siempre bien; muchas de las decisiones que tomamos diez años atrás nos están ayudando ahora, en 2023». 

A lo largo de su ascensión profesional, Rafael agradece haber contado con sólidos puntos de apoyo: cada uno de los jefes que le han ido guiando y han apostado por él. Sobre esos referentes ha fraguado su propio estilo de liderazgo. «La motivación —defiende— es el verdadero motor de la empresa y tenemos la obligación de crear oportunidades para que los empleados puedan expresar todo su potencial». También, como en su caso, alentarles a descubrir y desarrollar habilidades inesperadas, «porque son esas experiencias radicalmente diferentes las que te hacen crecer». 

 

Más de doce mil empleados de 79 nacionalidades trabajan en la multinacional. ROCKWOOL cuenta con 51 plantas productivas repartidas por Europa, Norteamérica y Asia. 

 

NUESTRA HUELLA EN EL PLANETA

Veinticuatro años después de dar sus primeros pasos en Rockwool, Rafael Rodríguez mantiene intacta la mirada de aquel joven que no se conformaba, que perseguía sus metas y se esforzaba por llegar más lejos. El hecho de ser el mayor de cinco hermanos modeló su carácter con un plus de responsabilidad, de querer dar ejemplo. Una serie de valores que encajan con los de la multinacional. Sus exigentes objetivos para abordar los retos de la crisis climática la han posicionado como una de las compañías más sostenibles del mundo. La edición del ranking The Global 100 de 2023 otorgó a Rockwool el primer puesto en la categoría de materiales de construcción y el decimosexto en el listado general

El compromiso de la firma con el desarrollo sostenible comenzó mucho antes que Naciones Unidas ratificara el 25 de septiembre de 2015 los archiconocidos ODS. Fue a finales de los años noventa cuando el grupo Rockwool publicó su primer informe medioambiental y desde entonces rinde cuentas con transparencia de cómo avanzan sus planes de acción. Antes de 2030, se han propuesto reducir en un 20 por ciento las emisiones de CO2 y el consumo de agua de sus plantas productivas, contraer el consumo de energía de sus oficinas un 75 por ciento, aumentar a 30 el número de países en los que ofrecen servicio de reciclaje y disminuir las toneladas de residuos de vertedero en un 85 por ciento.

En diciembre de 2020 la iniciativa Science Based Targets (SBTi) —impulsada por el Carbon Disclosure Project, el Pacto Global de las Naciones Unidas, el Instituto de Recursos Mundiales y el Fondo Mundial para la Naturaleza—, verificó su nuevo propósito de descarbonización: reducir para 2034 una tercera parte de sus emisiones de gases de efecto invernadero, en comparación con los índices de 2019. Se convirtieron así en una de las pocas industrias de uso intensivo de energía en obtener ese respaldo internacional.

«Hacer realidad estos fines implica un esfuerzo muy importante en inversión para evolucionar de forma progresiva hacia tecnologías mucho más limpias», explica Rafael Rodríguez. Como la fusión eléctrica a gran escala, que se implantó en 2021 por primera vez en la fábrica noruega de Moss y se utiliza también en la nueva planta de producción en China. Otra de las vías para reducir su impacto en el medioambiente es la transición de combustibles fósiles a otros más ecológicos. Las instalaciones danesas, que cambiaron al gas natural en 2020 y al biogás un año después, constituyen un ejemplo. Más recientemente, han comenzado a probar el hidrógeno verde como fuente de energía para su negocio. 

Cada uno de estos pasos encaminan a Rockwool hacia el gran objetivo planetario, establecido en el Acuerdo de París en 2015: alcanzar la neutralidad de carbono en 2050 resulta decisivo para mantener el calentamiento global por debajo de los dos grados centígrados. Sin embargo, el activo clave de la compañía son sus productos. Los aislamientos de lana de roca para edificios ahorran, según consta en sus informes auditados, cien veces la energía consumida y el CO2 emitido durante su producción. Por esta razón, Rockwool se considera una empresa de carbono neto negativo.  

 

Rehabilitación energética de un complejo de 367 viviendas en Lyon (Francia), diseñado a mediados de los sesenta. El aislamiento térmico exterior se utilizó para aislar 15.000 m² de fachada. 

 

Hoy en día, asentado en la cima de la organización y con una perspectiva panorámica, Rafael participa de forma activa en la definición de la estrategia de la compañía. Desde que se incorporó a Rockwool, le ha tocado lidiar con tiempos de bonanza —«la locura del ladrillo»— y también de recesión, como la que se vivió en España a partir de 2008. Con estos aprendizajes a sus espaldas, analiza los retos de la edificación y el contexto presente, en el que los tipos de interés altos empiezan a afectar a las inversiones de obra nueva. «La rehabilitación —expone— es un flotador en épocas de crisis, ya que representa una actividad constante capaz de soportar los inevitables picos de la construcción». Y cita el caso de Francia, donde el Gobierno lleva décadas promoviendo la eficiencia energética de los edificios, con planes bien concebidos y suficiente apoyo financiero. 

En cambio, este sector no termina de despegar en España: «Mientras que otros países están rehabilitando entre el 1 y el 2 por ciento de su parque inmobiliario, la ratio nacional se sitúa en el 0,1». Entre las causas de este atraso menciona la ausencia de campañas de concienciación por parte del Gobierno sobre cómo obtener el mejor rendimiento de un edificio, la falta de planes que faciliten el acceso de los ciudadanos a la financiación, y también la insuficiente oferta formativa para los nuevos perfiles de profesionales que demandan los proyectos de rehabilitación.

Las cifras indican que hay mucho trabajo por hacer. Concretamente, como aporta Rafael Rodríguez, en España se deberían rehabilitar 1,2 millones de viviendas durante los próximos siete años para estar al nivel de los objetivos fijados por la Unión Europea. No obstante, el directivo de Rockwool recuerda los seis mil millones de euros disponibles de los fondos Next Generation y mira al futuro con optimismo. Confía en que la aprobación de la nueva directiva europea sobre eficiencia energética en edificios (EPBD, por sus siglas en inglés) suponga el estímulo definitivo que incite a los países «a pasar de las palabras a la acción». Está en juego el futuro de nuestra casa común

 

Una envolvente térmica, que incluye el aislamiento de fachada, es una de las medidas del proyecto Efidistrict Fwd, que persigue la regeneración energética integral del barrio pamplonés de la Chantrea.