Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 719

«Ánimo, Carmen, que ahora empezamos»

Texto:  Josean Pérez Caro [Com 04]. Fotografía: Archivo Universidad de Navarra

Su memoria desmenuza con precisión de orfebre su periplo por saberes como la fisiología, la psiquiatría y la defensa de la vida en todas sus etapas. Carmen Gómez Lavín fue una de las pioneras de la Universidad. Con don Eduardo Ortiz de Landázuri y don Juan Jiménez Vargas abrió de par en par las puertas de la investigación en el antiguo Pabellón F del Hospital de Navarra. Su tesis, defendida en 1963, la segunda leída en el campus  —primera por una mujer —, es una de las veinticinco sobre las que estampó su firma san Josemaría.


Los de la maleta

 

En esta duodécima entrega de «Los de la maleta», la serie de reportajes en la que contamos los orígenes de la Universidad de Navarra, viajamos con Carmen Gómez Lavín de Granada a Pamplona, donde sentó las bases de la investigación científica en el centro académico cuando aún era estudiante.

 

La mirada le chispea. En no más de diez pasos alcanza desde su silla un coqueto y rústico aparador de madera oscuro que se levanta en un lateral de su consulta. Allí reposa un pequeño marco de plata con dos imágenes. «¡Qué guapa era…!», susurra como si retara al silencio. Habla de otra Carmen, su madre. La melodía acompasada de su voz vira con rapidez hacia la instantánea de Pablo, su padre. Sostiene un violonchelo. Carmen Gómez Lavín salta la barrera de los ochenta. Es hija de músico y de maestra. De Granada. «Pon de Granada —insiste—, de la zona de los catedráticos». Allí comenzó a estudiar Medicina. «Sin saber en qué lío me metía», suelta sonriente. 

En la Universidad de Granada solo diez chicas cursaban esa carrera en 1955. Cuatro, en su clase. Las cuatro niñas, les decían. «Purificación Henares, Elvirina Ferres, Trinidad Espigares y yo», enuncia Carmen sin pausas y haciendo gala de buena memoria. «Que una mujer quisiera ser médico en aquellos años era rarísimo. Nosotras íbamos a estudiar, pero a estudiar de verdad», recalca. En el claustro de profesores coincidieron figuras clave en la posterior creación de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra: Fernando Reinoso, Alfredo de Federico,  Federico Conchillo, Luis María Gonzalo o don Eduardo Ortiz de Landázuri, entre otros. Don Juan Jiménez Vargas, primer decano de la Facultad, les propuso a todos adherirse al proyecto. Y aceptaron. Lo hicieron escalonados después de Carmen, que llegó en octubre de 1957. 

 

LA HERMANA DE PABLO

Carmen vino a Pamplona alentada por María Casal Wismer para ayudarle en tareas docentes. La doctora Casal, una joven médico de origen suizo, era la directora de la Escuela de Enfermería. Carmen aceptó en 1957 a pesar de que le quedaban dos años para licenciarse en Granada. «No los completé en la Universidad de Navarra porque la carrera era más reciente —matiza— y los alumnos no habían llegado al curso que me correspondía». Aunque algunos profesores de allí se mostraron reticentes a que estudiara por libre, no fue complicado abandonar los aires de la Alhambra e instalarse en la capital navarra. 

Se alojó en Goroabe, en la plaza Conde de Rodezno, números 2 y 4, en pleno centro de la ciudad. Eran unas veinte jóvenes. Un año antes —el verano de 1956— participó allí en una convivencia. «Me gustó Pamplona», dice con firmeza. En Carlos III, a pocos metros de la entonces residencia —adoptó el rango de colegio mayor el 22 de marzo de 1961—, tomaba el autobús con destino a la Escuela Vieja, un pequeño y deteriorado edificio, cedido por la Diputación, al fondo del Hospital de Navarra. Constaba de una planta y un pequeño sótano que en su día sirvió de depósito de cadáveres. Carmen impartía clases prácticas de Terapéutica Dietética y Especialidades en Enfermería. Sin despegarse mucho de los libros. Tenía que terminar la carrera. Tampoco los abandonaba cuando regresaba a su Granada por Semana Santa: «Subía las cuestas de la Lona y de la Alhacaba, en Albaicín, con los apuntes en la mano. Mi hermano siempre me decía que era una empollona».

—Con la segunda promoción. A pesar de ser de las primeras de la Facultad y aunque terminó la carrera en Granada, Carmen se considera una alumni más de la Universidad. «¿A qué promoción quieres unirte? —me dijeron—. A la de mi hermano». En la imagen, Carmen, primera de la izquierda en la segunda fila, con su hermano Pabloel primero de la izquierda en la última fila. También figuran, entre otros, Ángela Mouriz, don Juan Jiménez Vargas, Jesús Gastearena, don Ismael Sánchez Bella, José María Morondo, Pilar Herranz, Íñigo ZumárragaJosé Miranda, Salvador González, José Luis Sinues o Jesús Vázquez.

Pablo Gómez Lavín recaló en Pamplona en 1960 desde Granada. También para acabar Medicina. «Me conocían por ser la hermana de Pablo. Todas las chicas se enamoraron de él. Llamaba la atención, era muy atractivo y el único casadero, porque los demás estaban comprometidos», ríe al tiempo que se le empequeñecen los ojos marrones disimulados tras una fina montura roja. Su otra hermana, Cecilia, siguió los pasos de su madre y ejerció de maestra. «Mis padres —recuerda Carmen— siempre tuvieron una gran inquietud por nuestra formación».

 

LOS CARAMELOS DE DON EDUARDO

Septiembre de 1958. Eduardo Ortiz de Landázuri abandona Granada con  Laurita —su mujer— y sus siete hijos para unirse a la todavía incipiente Escuela de Medicina. «Cuando yo estudiaba en Granada —cuenta— me dio clase de Patología Clínica y Médica Arsacio Peña, y no don Eduardo, que además era decano y vicerrector. Tenía un gran prestigio y muchos pacientes». En un viaje que la estudiante hizo a la ciudad andaluza a principios de 1958 tuvo noticia de sus intenciones de poner rumbo a Pamplona. Don Eduardo le mostró dos cartas remitidas por los médicos Gregorio Marañón y Carlos Jiménez Díaz, a los que había pedido opinión sobre la posibilidad de trasladarse de la universidad pública a la privada y que le alentaban a venir. En la segunda misiva se podía leer: «Ánimo, Eduardo, que más lejos fueron los Reyes Magos e iban solo detrás de una estrella». 

De buen ánimo, en la latica, un Renault 4/4 gris, una expedición capitaneada por José Miranda recorrió Navarra en busca de pacientes. En contraste con lo que le sucedía a don Eduardo en Granada, no tenían «clientela». Visitaron Lodosa, Echauri, Olite… «Y les mandaban a Pamplona para que les tomáramos los datos, hacerles la historia clínica y las exploraciones pertinentes. ¡Aquí les mirábamos hasta las uñas!», ríe Carmen. Pasaban consulta en la segunda planta de la Escuela Nueva, primer edificio del campus de la Universidad y que hoy conforma una de las alas del edificio de Investigación, en la zona de Ciencias. «No teníamos apenas recursos, pero sí mucha ilusión y voluntad. Como dijo un profesor francés que vino de visita, la Universidad de Navarra era, en aquellos años, mucho espíritu en poco cuerpo», señala. Entre los pocos medios materiales, un aparato de rayos X que don Eduardo se trajo de Granada en su equipaje.

—En el docto encierro de 1960. El 25 de octubre de 1960, el Estudio General de Navarra fue erigido por la Santa Sede como Universidad. Ese día tuvo lugar el primer desfile académico. Lo describe Francisco Gómez Antón en su libro Desmemorias: «El cortejo salió del Museo, camino de la Catedral. [....] Y desde las aceras y balcones del trayecto, cientos de vecinos contemplaban el brillante e insólito espectáculo... al que el ingenio popular puso enseguida el nombre de docto encierro, por la parcial coincidencia de su recorrido con el de los toros en los sanfermines». En ese grupo de profesores estaba Carmen«sin puñetas en la manga porque todavía no había defendido la tesis».

En 1959, tras el visto bueno de la Diputación Foral de Navarra, acondicionaron un edificio en desuso: el Pabellón F. «Nos derivaban enfermos de otros departamentos —relata Carmen—. Muchos, con trastornos neurológicos y psicológicos». En esa etapa, supo que quería ser psiquiatra. El 7 de enero de ese año, con don Eduardo como jefe del Pabellón F, se inauguró la docencia clínica en la Escuela. «Allí comenzó la investigación. Fue la época en la que más publiqué», sostiene Carmen. La fisiología, el asma bronquial o la presencia de electrolitos en sangre fueron algunos de los temas que abordó en esos seis escritos.

Don Eduardo pasaba las noches allí. «Se hacía guardia un día sí y otro no. Y él nos dejaba caramelos para no quedarnos dormidos. No cobrábamos, pero ¡cuánto aprendíamos!», añade Carmen. Además de «entusiasta y exigente en el trabajo», don Eduardo era incansable. «¿Se da usted cuenta de que está amaneciendo?», le decía Carmen. «Y él me solía responder: “Ánimo, Carmen, que ahora empezamos”».

 

LOS ARTILUGIOS DEL ARMERO LABARQUILLA

«Carmen, te queda un último examen. Tienes que hacer la tesis». La frase se la dijo un buen día don Juan Jiménez Vargas, primer decano de la Facultad de Medicina, con el que también colaboró en el famoso Pabellón F. «San Josemaría sentó las bases de la Universidad, pero don Juan fue un gran puntal», no duda en señalar. Hombre de pequeña estatura «y gran calidad humana», gesto serio y algo tímido, se desvivía por los demás. «Si alguien necesitaba ayuda y podía serle útil, le ayudaba. Igual que lo hacía con los médicos para que sacaran adelante la cátedra», relata. Para don Juan, la necesidad de investigar y publicar era primordial. En aquel pequeño y viejo sótano recolectaba aparatos rudimentarios para hacer experimentación. Algunos los traía de Alemania —costaban tres veces menos que aquí— y otros los fabricaba Jesús Labarquilla, un maestro armero del Ejército ya en la reserva con el que entabló amistad. 

Con esos artilugios, Carmen empezó la tesis en fisiología. Justo había terminado la carrera de Medicina en 1959 en la Universidad de Granada. Don Juan tenía ya una técnica montada en neurofisiología clínica y le convenció de que les iba a resultar sencillo obtener resultados. Trasladaron el expediente a la Universidad de Barcelona —de donde había sido catedrático don Juan— para hacer tres cursos monográficos a distancia y pidió unas becas. Y el propio don Juan, «que era muy sagaz», le planteó: «Si hay posibilidad de que las tesis doctorales se validen oficialmente en la Universidad de Navarra, vamos a intentarlo». En 1962, el Estado reconoció efectos civiles a los estudios completados en la Universidad, y los equiparó plenamente a los de los centros estatales. 

—Pabellón F, la puerta a la investigación. En la imagen, Monseñor Antoniutti y Enrique Delgado, entonces obispo de Pamplona, abandonan el pabellón tras una visita a sus instalaciones en 1959. Les acompañan don Ismael Sánchez Bella, que baja las escaleras, José Miranda, Diego Martínez Caro, José Luis Arroyo, don Eduardo Ortiz de Landázuri, Antonio Goñi y la propia Carmen. Este pequeño edificio en desuso cedido por la Diputación foral fue la cuna de la medicina asistencial; el germen de lo que hoy es la Clínica Universidad de Navarra, que se puso en marcha en 1962.

Carmen defendió su tesis Investigaciones experimentales sobre fisiología y farmacología de reflejos de las vías respiratorias el 4 de noviembre de 1963 en el aula 5 del actual edificio de Investigación. En el tribunal, don Eduardo Ortiz de Landázuri, don Juan Jiménez Vargas, Fernando Reinoso y Enrique de la Figuera, de la Universidad de Zaragoza. Ejerció de secretario el doctor Carlos Olivares. En la sala, apenas tres o cuatro personas más. La de Carmen fue la segunda que se leyó en el campus de Pamplona, dieciséis días más tarde que la de Bernardo Pinto Mateos, también de Medicina. Un sobresaliente cum laude al que no dio valor cuando llegó a casa y les contó la hazaña a las demás residentes: «No he vuelto a leer la tesis, pero con el tiempo me di cuenta de la importancia que tuvo en mi vida».

 

CON LA AURORA DE LA VIRGEN DEL CARMEN

Con el apoyo del doctor José Soria, trató de guiar de nuevo su camino hacia la psiquiatría. El doctor Soria era jefe de Psicología y Psiquiatría del Hospital de Navarra. «Me dio confianza y me enseñó mucho de lo que sé de esta disciplina. Tenía las ideas muy claras», reconoce Carmen, que en 1964 y «por cuestiones familiares» marchó a Madrid. Allí, desde donde supervisaba la actividad administrativa de la Clínica, vivió con Guadalupe Ortiz de Landázuri, la hermana de don Eduardo. Al referirse a ella, Carmen quiere detener el tiempo. La conoció en Granada, en aquella zona de los catedráticos, y convivieron en Madrid y Pamplona. «Era muy inteligente, muy completa en todos los sentidos. Tuve la suerte de estar a su lado hasta el último momento», dice con gratitud. El 16 de julio de 1975, en la aurora de la Virgen del Carmen, la acompañaba cuando falleció tras cuarenta y cuatro días ingresada en la habitación 302 de la Clínica. 

En el tiempo que permaneció en Madrid —de 1964 a 1969— Carmen se desligó casi por completo de la práctica psiquiátrica. «Solo asistí a alguna sesión clínica y mantuve algún contacto con el doctor Juan José López Ibor», matiza.  Ya de vuelta a Pamplona, a su querido Goroabe, que dirigió desde Madrid en 1967, recibió la propuesta de Manuel Evangelista, primer director médico de la Clínica, de incorporarse al área de Psiquiatría. «¡Pero sentí que no estaba todavía preparada!», reconoce». Doctores como José Soria, José Ramón Varo, Vicente Madoz o Pedro Enrique Muñoz, con los que coincidió en los primeros años de la Clínica —cuando solo había diecinueve camas—, crearon en 1968 la Sociedad Médica de Estudios Antropológicos (SMEDA), hoy Fundación Argibide. Un grupo de una treintena de personas especializado en salud mental al que Carmen se unió. Trabajó allí durante una década. 

Pero a su periplo vital aún le quedaba recorrido. Gracias al doctorado —«que no fue un examen más»— pudo ocupar la dirección de la Escuela Universitaria de Trabajo Social de Logroño durante treinta años. Lo compaginó con la actividad médica que ejerció desde 1979 en la Seguridad Social y a la que aún hoy da continuidad en su consulta de psiquiatría. En ese pequeño y acogedor despacho, donde brilla un pequeño marco plateado con una joven y guapa maestra y un virtuoso de la música, trata de seguir dando luz a las consecuencias psicológicas de decidir abortar, su tema estrella.

 

Firme defensora de la vida

 

Carmen es vicepresidenta de la Asociación Navarra de Defensa de la Vida  (ANDEVI) desde su fundación en 1977. La puso en marcha don Juan Jiménez Vargas y la dirigió el doctor José Miranda hasta poco antes de su muerte en 2020. En las reuniones de la Pontificia Academia para la Vida ha tenido «la suerte» de conocer de cerca a Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. «Ahora solo la componen académicos y alguna vez he pensado en hacer las gestiones para ser admitida. Pero la gente me dice que estoy en muchas cosas, que me frene un poco», bromea.