Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 711

La mejor versión de Carlota

Texto: Redacción NT

La Universidad de Navarra quiere poner el acento en que su formación, durante los próximos cinco años, sea una «educación transformadora». A través del diseño de experiencias de aprendizaje, el centro académico promueve que sus alumnos desenvuelvan su personalidad en situaciones dentro y fuera del aula que los hagan competentes, críticos, con visión integradora, autónomos, con sentido de servicio y preparados para un mundo sin fronteras. Así es el graduado ideal.


«Hoy me va a dar un ictus», comentó de pasada una empleada de la Universidad en la redacción de Nuestro Tiempo . Un alumno levantó la vista del iPad con horror y extrañeza. La sonrisa de ella le dijo que no debía preocuparse. De vez en cuando colabora como  paciente en algunas asignaturas de Medicina. Esta metodología —que se conoce como simulación docente— consiste en crear experiencias profesionales controladas. En las carreras sanitarias, actores voluntarios siguen un guion y sufren un ictus o son víctimas de violencia de género o van a morir de cáncer. Entran en la consulta y los alumnos deben hacerse cargo, diagnosticarlos o darles malas noticias. Es mejor equivocarse aquí; en la vida real será más duro.

Lo que se logra en estas simulaciones es diseñar una experiencia formativa. ¿Qué pasaría si la Universidad se propusiera hacer lo mismo a gran escala? Orquestar, durante lo que dura un grado, una serie de situaciones que preparen a los alumnos para un futuro apasionante. A esta labor demiúrgica se ha lanzado la Universidad bajo el lema «Educación transformadora», uno de los tres ejes sobre los que se asienta la Estrategia 2025, el  gran proyecto del centro académico para este lustro.

 

Pongamos que se llama Carlota. Empezará Arquitectura en septiembre. ¿Cómo será cuando deje atrás el campus? Como si avanzara en un videojuego, tendrá que pasarse todas las pantallas; adquirir una serie de conocimientos y competencias que lleven a definirla con estos seis rasgos: será una joven competente, crítica, con visión integradora, autónoma, con espíritu de servicio y visión global. 

Para lograrlo, Pablo Sánchez-Ostiz, vicerrector de Ordenación Académica, señala en Docencia Rubic (Eunsa, 2020) que «el papel del docente debe mutar poco a poco, con realismo y humildad: desde el rol de transmisor de conocimiento a uno de diseñador de experiencias de aprendizaje». «No se trata de montar performances en clase para divertir al alumno —puntualiza—, sino de promover que se enfrente con los problemas; hacerlo sufrir no en solitario, sino en equipo, hasta llegar al eureka. Entonces les habremos enseñado a nadar y no solamente a estar en el agua». 

 

MÁS ALLÁ DE LA CLASE MAGISTRAL

En su primer día de Anatomía Arquitectónica, Carlota vería entrar, encorbatado, al profesor Héctor García-Diego. Con cierta pompa anunciaría que se ha cometido un asesinato que deben resolver. «Ellos piensan que se han equivocado de aula —sonríe él—, que es una broma». En realidad es el primero de los Arquicrímenes, «un misterio en el sentido más tradicional, a lo Agatha Christie. Cinco arquitectos —explica García-Diego— son convocados en la Casa de Cristal de Philip Johnson, que esa noche aparece asesinado. Entre las paredes de cristal del edificio, todo el mundo se ve constantemente».

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Las competencias son «hábitos de la persona que la capacitan para el ejercicio de la profesión al tiempo que forjan el carácter».

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La arquitectura es la protagonista del juego. «Hay cuatro momentos en los que tienen que dibujar dónde está cada uno, y eso resulta fundamental para resolver el misterio. No pueden ganar si no conocen perfectamente el edificio y a sus protagonistas: hay dibujo, historia, anatomía arquitectónica…», argumenta. Pero él pretende estimular no solo la parte intelectual de sus alumnos, sino también la afectiva. «Cuantas más ganas y motivación tiene un alumno, más se multiplican sus posibilidades de aprender», asegura.

Con esta aparente boutade, los futuros arquitectos participan de una filosofía de la educación basada en una simbiosis entre conocimiento y competencias, dos elementos que «se han planteado en términos de exclusión —según Pablo Sánchez-Ostiz—, pero es imposible obtener competencias sobre el vacío, si no están basadas en conocimientos». Las competencias son «hábitos de la persona que la capacitan para el ejercicio de la profesión al tiempo que forjan un carácter que aporta equilibrio, integridad y desarrollo personal», tal y como se definen en Docencia Rubic.  

 

PARA APRENDER, SERVIR

Supongamos que nuestra Carlota, que viene de otra ciudad, cambia de piso en tercero de carrera. Y que la casera no quiere devolverle la fianza porque asegura que le han roto el lavaplatos, que tiene doce años y hace dos que solo funciona si le incrustas un tenedor en el botón. Para evitarse el gasto en abogados, nuestra alumna podría recurrir a Asesoramiento Jurídico para Alumnos (AJÁ), una iniciativa que  ideó el profesor Javier Fajardo, de la Facultad de Derecho, en 2007. El profesor de Derecho Civil ofrece a sus alumnos internos una experiencia laboral como casi-abogados de sus compañeros que lo necesitan y, en general, de cualquiera que se lo pida. Una de ellas es Natalia López Jaramillo [Fia Der 22]. A lo largo de este año ha atendido desde una migrante a quien su jefa pretendía echar sin motivos hasta un chaval multado con tres mil euros por organizar una fiesta.

 

El profesor Fajardo les asigna un caso a Natalia y a su compañera Paula Salarte [Fia Der 22]. Después de estudiarlo, hablan con el cliente y con la otra parte. «El objetivo es no llegar a juicio —explica Natalia—. Nuestras clases de Procesal siempre empiezan con “Intenten la conciliación”, pero a eso le dedicas dos minutos». Ellas no podrían defender al cliente ante un tribunal, pero obtienen un gran aprendizaje por el camino y prestan un servicio a personas sin recursos para costearse un litigio, como un chico extranjero que necesitaba urgentemente una tarjeta sanitaria y no la conseguía por sus propios medios. Natalia y Paula, sin embargo, lo lograron.  

 

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La idea de un conocimiento integrado se rebela, en concreto, contra las unidades de aprendizaje entendidas como compartimentos estancos.

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«El  espíritu de servicio es clave —explica Sánchez-Ostiz— porque compromete al alumno con la sociedad. Se trabaja a través de iniciativas en las que los estudiantes tratan de solucionar problemas reales, actuales y cercanos». Hay proyectos de aprendizaje-servicio en casi todos los grados de la Universidad, como esa asignatura en la Facultad de Comunicación en la que se producen documentales solidarios para concienciar sobre la discapacidad, la ludopatía o la contaminación. O aquellos alumnos del diploma en Arqueología que diseñaron un juego para hacer más didáctica y atractiva la visita de turistas a la ciudad romana de Santa Criz de Eslava (Navarra).

 

MONTAR UN PUZLE

«Cuando hacemos un puzle no vamos pieza a pieza —asegura Sánchez-Ostiz—. Separamos las del contorno, las del interior; y estas las agrupamos por colores y formas. ¡Pero necesitamos el contexto! Antes de nada hemos de tener clara la imagen completa. Es absurdo no mirar primero la tapa». Lo dice a propósito de una de las competencias que la Universidad quiere potenciar: el pensamiento integrado. «¿Por qué empezamos por la lección primera sin tener antes una visión de conjunto de las quince unidades temáticas?», se interroga el vicerrector.

La idea de un conocimiento integrado se rebela, en concreto, contra las unidades de aprendizaje entendidas como compartimentos estancos, que Sánchez-Ostiz quiere convertir en vasos comunicantes. Esta comunicación se puede dar entre la teoría y la práctica, entre una asignatura y otra, entre grados. Uno de los ejes en este proyecto es el Instituto Core Curriculum, que se encarga de impartir formación transversal a todas las carreras a través de asignaturas de Antropología, Ética y Claves Culturales. «El Core Curriculum no es un añadido a los distintos grados, sino su cimiento», afirma con convicción. 

Dos de las muchas iniciativas orientadas a generar vasos comunicantes son especialmente significativas: los currículos integrados en Diseño y Medicina. Este último se puso en marcha en septiembre de 2020 después de dos años de trabajo en colaboración con el equipo de la Harvard Medical School. Aunque fue el grado en Diseño el que abrió camino en 2016:  una carrera que funciona por proyectos, tres cada semestre. Todas las asignaturas se orientan al mismo, aunque luego cada docente evalúa los conocimientos y competencias que le corresponden. Javier Antón formó parte activa del equipo docente que puso en marcha el grado. «El plan integrado funciona mucho más como la vida real», afirma en conversación con Nuestro Tiempo. El profesor sostiene que, frente a los compartimentos estancos de la formación clásica, «la integración es necesaria porque se toman decisiones híbridas, que afectan a varios ámbitos». Según cree, este modelo obliga al alumno a tener su criterio, a asir las riendas de su educación, porque «si cada profesor les aporta un enfoque distinto, a veces incluso contradictorio, no les queda más remedio que asumir como propias y defender las decisiones que van tomando en el proceso, filtrando y decantando todas esas voces externas en su propio alambique».

UNA CHICA CON CRITERIO

¿Se puede  innovar en la metodología y al mismo tiempo potenciar en los alumnos el pensamiento crítico? Eso se propuso el profesor José Javier Azanza, de la Facultad de Filosofía y Letras. «Decidí adoptar el formato debate —explica— en el que los pintores Caravaggio, Rubens y Rembrandt, con su grupo de asesores y de personajes acompañantes, se disputasen durante dos horas la hegemonía de la pintura barroca europea».

Por eso un día, de golpe y porrazo, Leyre Santos Vidal [His Com 22] se vio disfrazada de María de Médicis. «Y mi amigo Andoni era Rubens», explica, divertida. En su momento pensó que los universitarios deberían escribir ensayos, artículos técnicos, pero, «mirándolo en retrospectiva, lo que mejor recuerdo de la asignatura es lo relacionado con esta experiencia teatral. Investigamos muchísimo, profundizamos durante dos meses enteros».

 

En la formación del criterio y en la autonomía del alumno resulta una herramienta muy útil el asesoramiento, que, según la web de la Universidad, proporciona al alumno consejo y orientación para que pueda desarrollar todas sus potencialidades; que facilita descubrir horizontes más allá de los estrictamente académicos: la vida cultural, el deporte, la solidaridad y el desarrollo personal.

«Esto debería ser la bandera de la Universidad de Navarra —dice el profesor Ricardo Piñero en su despacho, que parece la sala de espera de la sabiduría—. Al venir aquí te tendrían que decir: “Te damos una vacuna del covid y un mentor”». Él es un forofo no solo por la cantidad de horas que dedica a esta labor sino, sobre todo, porque vio cómo el asesoramiento transformó a su hijo. Los dos llegaron a la vez a la Universidad: su hijo como estudiante de primero de Química y él como profesor de la Facultad de Económicas. «Yo aprendí el asesoramiento de manera especular de cómo lo vivía mi hijo, que vino a la Universidad siendo un señor X y ahora es un químico muy majo, entre otras cosas gracias a su mentor», ríe.

A nuestra Carlota le ofrecerán, desde primero, este servicio, que se mejoró el curso pasado dentro de un programa llamado Tu&Co, que básicamente es la aplicación de ciertas técnicas de recursos humanos a esta oferta formativa. Los alumnos que quieren participar realizan una autoevaluación por competencias, y ese mismo cuestionario lo rellenan amigos, profesores y familiares. Uno descubre, en primer lugar, si se conoce a sí mismo, además de cuestiones como si mantiene un sano equilibrio emocional o si sabe gestionar su tiempo. Sobre ese mapa de competencias, alumno y asesor trabajan para mejorar los aspectos débiles.

Ricardo Piñero usa tres palabras para describir las relaciones mentor-alumno: intimidad, sinceridad y amistad. «No vienen aquí a que les explique la lección en la que tienen dudas. Abren esa puerta y me cuentan que su padre no sé qué o su novia no sé cuál…», asegura. «Vete tú a saber por qué razón alguien te abre parte de su intimidad. De pronto te comparten un depósito que tienen muy dentro. Me dicen: “Tengo este problema”». Y él pone toda su atención y trata de ayudar.

«Hay dos modos de hacer universidad —señala el filósofo—: por correspondencia, donde vas a clase y ya está, o esto que se hace en otros sitios y aquí, donde el profesor forma parte integral del desarrollo del estudiante y el alumno es parte de la vida del profesor». Cuando un asesorado de Piñero se gradúa, él siente que se le va un amigo. Algunos lo invitan a su boda. Muchos le escriben años después para contarle que han cambiado de empleo. Eso le podría ocurrir a Carlota. «Y yo nunca pienso: “Y a mí qué me importa”, sino que recuerdo la primera vez que vino a mi despacho y me tomé un café con él», dice, nostálgico, el profesor. Eso es una educación transformadora. 

 

FORO INNOVA

Contra el profesor tiktoker

 

Al hablar de innovación docente solemos pensar que se trata de la aplicación de nuevas tecnologías en las aulas. Sin embargo, el

III Foro Innova —un encuentro de profesores de la Universidad, organizado en junio por el Servicio de Calidad e Innovación para pensar en cómo mejorar la docencia— estuvo plagado de ejemplos innovadores que ponen el énfasis en seis competencias clave para los próximos años: integración de conocimiento, espíritu de servicio, competencias, internacionalidad, pensamiento crítico y autonomía del alumno. 

 

Los vídeos y ponencias de la sesión pueden consultarse en unav.edu/web/calidad-e-innovacion/foro-innova