Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Quince minutos con Valentín Fuster

Texto Miguel Ángel Iriarte [Com 97 PhD 16] Fotografía J. P. Gandul/EFE/lafototeca.com

Con ocasión de su visita a la Clínica y al Cima de la Universidad hace unos meses, Nuestro Tiempo charló con el doctor Fuster, referente mundial en salud cardiovascular, para conocer sus principales proyectos, siempre con el objetivo de fondo de que más personas alcancen una mayor calidad de vida.


Por la especialización profesional, en la actualidad no muchas personas destacan simultáneamente en la práctica médica, la divulgación científica y el impulso de centros de investigación de prestigio. Valentín Fuster lo consigue. Esto, unido a su consolidada trayectoria y a su disponibilidad para atender a quienes le requieren (universidades, medios de comunicación, etcétera), ha hecho que este cardiólogo catalán —nacido en Barcelona en 1943 y afincado en Estados Unidos desde hace más de cuarenta años— sea un científico ampliamente reconocido. Así lo atestiguan sus treinta y cuatro doctorados honoris causa, el Premio Príncipe de Asturias que recibió en 1996 o el hecho de haber presidido la Asociación Mundial de Cardiología entre 2005 y 2006.

Solo una persona con gran solidez física y mental y muy bien secundado por equipos altamente competentes puede asumir el nivel de actividad que desarrolla el doctor Fuster. A sus 76 años, está al frente del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares Carlos III de Madrid y del Instituto Cardiovascular del Mount Sinai Medical Center de Nueva York del cual es Physician-in-Chief. Un día por semana viaja a España y, sin tiempo para adaptarse al desajuste horario, vuelve a su hospital neoyorquino. Además, a través de la Fundación SHE-La Caixa (Science, Health and Education), que promovió y preside, encauza sus esfuerzos por lograr su gran pasión: mejorar la salud integral de la población mediante la formación de los más jóvenes.

 

En nuestro país, a su edad una persona llevaría varios años jubilada. ¿Cuál es su motivación para seguir trabajando?

Realmente, en mi vida he tenido mucha suerte. Creo que estoy obligado a contribuir a la sociedad y no hay nada mejor que aportar algo que domines en tu profesión. Por otra parte, mi calidad de vida es buena y encuentro que esto se relaciona con la dimensión creativa de mi vida y mi trabajo, con continuar buscando y descubriendo algo nuevo. Además, si tu edad biológica resulta joven en comparación con la edad cronológica, Estados Unidos te da la oportunidad de seguir colaborando. Así que procuro ayudar con lo que sé: con la ciencia y la investigación que puede beneficiar a la sociedad. 

 

¿Cómo hace para llegar a todo, incluida la atención a su familia?

Hay un asunto de educación que me parece fundamental: no podemos limitarnos a reaccionar ante lo que nos sucede sino que tenemos que ser absolutamente proactivos, y eso requiere un método y un sistema con una jerarquía clara. Por ejemplo, decir que tu prioridad es la vida profesional es un absurdo, porque la familia nos llena y es absolutamente crítica. Pero para esto has de tener una mentalidad abierta y muy de método. Un problema de la sociedad hoy es que es muy reactiva, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Me preocupa que no haya una visión futurística constructiva sino solo un rechazo a lo actual. Soy de los que creen que uno debe mirar al futuro y utilizar un método de pensamiento y prioridades que considera que son las más apropiadas para el mundo en que vive.

Suele decir que el cerebro humano aporta calidad de vida y el corazón cantidad de vida. ¿Cómo equilibrar estos aspectos?

Las enfermedades del corazón son la causa de mortalidad número uno hoy día. Por eso, en primer lugar tenemos que preservar el corazón para que la cantidad de vida sea mayor. La calidad, en cambio, es la percepción cerebral de esa cantidad de vida. El cuidado del corazón prolonga nuestra actividad, y el cerebro nos aporta la percepción de una existencia saludable.

 

¿Es el estrés el principal enemigo de esa calidad de vida?

Hay una amenaza más importante que el estrés y previa a él. Los datos sobre mortalidad a nivel global señalan que la obesidad es el gran problema, ya que va unida a la diabetes, a la presión arterial alta y a las dificultades con el colesterol. Además, el 70 por ciento de la obesidad en la edad adulta comienza en la infancia. Y ahí puede haber una conexión con el estrés porque los padres, y, en general, la ciudadanía estresada, come más y come mal. Por lo tanto, no es que el estrés sea una causa directa de la peor calidad de vida: el problema de fondo se halla en la sociedad de consumo y en cómo favorece la obesidad.


¿Resulta paradójica la competitividad entre científicos y la necesidad del trabajo en equipo?

Nos encontramos en un entorno que no depende de instituciones aisladas sino de la sociedad en su conjunto y de cómo esta nos juzga. Y no nos juzgará como individuos sino como personas que participan o coparticipan en construir una sociedad mejor. En esto ha habido un cambio radical en estos últimos veinte o veinticinco años. Lo primero que les explico a los jóvenes que entran en la medicina es que, si no saben trabajar en equipo, deben olvidarse, porque, si no, terminarán neuróticos. Estamos en el mundo para trabajar juntos. 

 

¿Qué consejos daría a los responsables de la formación de los jóvenes científicos?

En primer lugar, que no todas las personas son investigadoras o pueden serlo. Mi experiencia es que, realmente, ni en Estados Unidos ni en Europa hay muchos investigadores natos: personas con un sustrato claro, con esa virtud de la verdadera curiosidad, que es el germen de la investigación. En mi opinión, la universidad tiene la obligación de distinguir qué alumnos lo son y de motivarles: esto es lo segundo que quería decir. Lo que no puede ser es que haya jóvenes investigadores y que no se les dé la oportunidad porque el sistema no ayuda. Por ejemplo, en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares buscamos anualmente jóvenes de 15 y 16 años y les damos una beca. Una gran proporción de ellos, gracias a esta motivación, llegan a ser investigadores. Por lo tanto, veo necesario reconocer el verdadero talento investigador y, después, que las universidades y la sociedad lo apoyen, también económicamente.

 

¿Cuándo conoció la Universidad de Navarra?

Conozco la Universidad desde que estudiaba Medicina [en la Universidad de Barcelona, a comienzos de los años sesenta], y la he visitado muchas veces. Es una universidad donde creo que existe rigor y alto nivel: una institución seria en todo lo que hace.

 

El doctor Fuster tiene que marcharse. Su agenda —una auténtica apisonadora— no perdona. Con su elegancia habitual comienza a despedirse y da las gracias, cuando debería ser al revés. En su actitud al mismo tiempo serena y firme parece tener muy presente el que considera uno de los mejores consejos que ha recibido: «Mi padre me dijo en una ocasión “La vida es difícil y hay que mirarla desde el principio por la parte positiva, a pesar de todos los obstáculos”. Me aconsejó una actitud optimista sabiendo de antemano que no iba a haber ningún regalo». Aunque, ya casi al final de la entrevista, reconoce que algunos detalles aparentemente pequeños los valora como verdaderas joyas: «Puede parecer absurdo, pero es lo que pienso cuando mis hijos me escriben correos electrónicos y me dicen “'Dad, I love you!”».