Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 707

Ruth Fine: «Los grandes autores hablan desde varias culturas un idioma universal»

Texto: Teo Peñarroja [Com Fia 19] Fotografía: Fátima Rosell [Com His 19] y Manuel Castells [Com 87]

La profesora Ruth Fine (Buenos Aires, 1957), de la Universidad Hebrea de Jerusalén —donde ostenta la cátedra Salomon & Victoria Cohen— fue galardonada en junio con el doctorado honoris causa por su constante trabajo para acercar las culturas española y judía. En su apretada agenda encontró un hueco para hablar con Nuestro Tiempo sobre BorgesCervantes, el judaísmo y la universidad.


La profesora Fine está en el Rectorado. Recién llegada de Jerusalén, alquiló un coche en Madrid acompañada de su familia para venir a Pamplona en plena ola de calor de junio español. Le han dado una sala de reuniones, un ventilador, una botella de agua —de vidrio, qué menos— y un horario marcial. Ahora conversa con una entrevistadora de ABC, después atenderá a sus compatriotas de La Nación. «Esos son los peores», dice, riendo. «Entonces podemos hablar en argentino», comenta al descolgar el teléfono. Como si no hablase todo el tiempo en argentino. Sus muletillas no dejan de ser dulces. Dice «desde ya» (y pronuncia dehde sha) en vez de por ejemplo, o «mil cuatro noventa y dos» para referirse al año en que Colón salió de Palos y todo aquello. 

Habla como argentina, es argentina, pero desde 1981 vive en Jerusalén, adonde se marchó en busca de unas raíces que sospecha que están en la Ciudad Santa. Vive en Jerusalén, pero su familia viene de la madre Rusia, como revela el apellido, Nucenovich. Tiene apellido ruso, pero no estudió su  literatura, porque, cuando ella cursaba Letras en la Universidad de Buenos Aires, Ottalagano, un interventor fascista, prohibió esa asignatura. Ruth Fine habita tres tradiciones culturales. Esta «multiplicidad de raíces», como le gusta decir, le permite tender puentes entre Israel, España y Latinoamérica. La profesora Fine, filóloga, apasionada de Borges y de Cervantes, de España y del judaísmo, recibió el 28 de junio de manos del Gran Canciller, Fernando Ocáriz, el título de doctora honoris causa por la Universidad de Navarra.

 

En el epílogo de Historia de la noche, Borges escribió: «La biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida. Nunca salí de ella, como nunca salió de la suya Alonso Quijano». ¿Es esto verdad también en su caso? 

Eso es muy cierto en mi caso y también en el de don Quijote. Él poseía libros de caballerías y algunos pastoriles, pero nada de picaresca, por ejemplo. Eso, sin duda, lo condicionó. Nuestras lecturas nos determinan. Yo he estado permanentemente rodeada de obras que han sido cruciales: de literatura hispanoamericana, pero también del resto del mundo o de Historia del siglo xx. Me ha marcado mucho la biblioteca de mis padres, pero, por supuesto, también la universitaria.

 

Usted ha dicho que llegó a Cervantes a través de Borges. ¿Eso cómo fue?

Borges es el más cervantino de los latinoamericanos, decir hispanoamericanos sería decir mucho. Lo es explícitamente, porque habla mucho del Quijote en sus poemas, en sus ensayos, en sus declaraciones periodísticas y en sus cuentos; desde ya «Pierre Menard, autor del Quijote» [recopilado en el libro Ficciones en 1994]. Además, en su poética, Cervantes ha sido un maestro para él. Desarrolla muchas de las estrategias narrativas cervantinas, como los autores ficticios. Es decir, tienen la misma concepción de lo literario y, además, ambos hablan en sus textos de la literatura. 

 

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«Es un regalo pertenecer a varias culturas: veo el desarraigo como ventaja»

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¿Cuáles son los títulos que a usted le han marcado en su trayecto vital?

Los clásicos han estado siempre ahí, los españoles, y desde luego la literatura de la América que habla castellano, que ha sido fundamental. Creo que una de las novelas más importantes en nuestra lengua del siglo xx es Pedro Páramo, de Rulfo. Por supuesto, la literatura de los años sesenta en mi continente: Borges, Cortázar… pero también autores como Ernesto Sábato, si estamos hablando de argentinos; Octavio Paz, si nos vamos a México... Es decir, la biblioteca del mal llamado boom de la literatura hispanoamericana

 

¿Mal llamado?

¿No es irónico que una palabra que enaltece la literatura en español tenga una designación con un anglicismo? Por otra parte, boom es un término comercial que se impuso. Fue ante todo un boom de ventas, y eso nos deja un saborcillo un poco incómodo. Realmente ha sido un éxito el esplendor de la literatura, el impacto que ha tenido en lectores y traductores, de manera que es cierto que se trata de un boom y eso no lo podemos negar.

 

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«Como Borges quiso ser judío, yo hubiera querido ser sefardita»

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¿Y fuera de la literatura hispanoamericana de los sesenta? ¿Cuáles son sus referencias?

En la tradición española me han inspirado grandes autores de la Generación del 98. Puedo confesar que casi escribí mi doctorado sobre Unamuno, así que tengo media tesis sobre él. Me apasionaba este diálogo entre la filosofía y la literatura. También Ortega y Gasset y escritores contemporáneos como Juan Marsé, al que admiro. En las letras más universales Kafka, Stefan Zweig… La lista es grande.

 

Kafka y Zweig son judíos y europeos, y en sus obras hay un sentimiento de desarraigo. Usted, que es de ascendencia rusa, argentina de tercera generación e inmigrante en Israel, ¿tiene la sensación de no ser de ninguna parte? 

En efecto, creo que la literatura que me interesa tiene mucho que ver, de alguna manera, con el desarraigo. Pero yo lo diría positivamente: con la multiplicidad de raíces. Creo que los grandes autores universales son aquellos que han pertenecido a distintas tradiciones y que tienden puentes entre ellas, y, en ese sentido, dialogan en un idioma universal. Eligen una lengua para escribir, en este caso el alemán, pero están hablando en varios idiomas. 

Creo que es un regalo de la vida poder pertenecer a varias culturas, y por eso yo veo el término desarraigo como una ventaja que me permite un mayor respeto. Borges decía de Cervantes que era «tolerante en un siglo de intolerantes». Yo creo que lo fue porque pudo —desgraciadamente para él— cruzar el Mediterráneo, estar cautivo, conocer otras culturas, salir de La Mancha. Eso me parece muy importante. Don Quijote también salió. Sí, hay que salir al mundo.

 

Ruth Fine con Javier de Navascués, su padrino, en la investidura | MANUEL CASTELLS

 

Hasta 1981 usted vivió en Buenos Aires y se formó en un ambiente convulso —la intervención de Ottalagano—. ¿Cómo recuerda su experiencia universitaria?

Verdaderamente fue una época difícil tanto en el país como en la universidad. Yo empecé mi carrera cuando muchos de los catedráticos habían sido dados de baja, para decirlo suavemente. En la universidad teníamos un control policial, vigilancia… Y eso no promueve verdaderamente el espíritu ni académico ni intelectual. Si bien yo no me involucré demasiado, había latente una situación de terror de Estado. La universidad había desechado, en el caso de las Letras, todo aquello que podía ser sospechoso de subversivo, como la Teoría Literaria. Eran los momentos de esplendor de esta disciplina: el estructuralismo, el posestructuralismo… pero eso estaba ausente. Siempre cuento una anécdota. Nosotros estudiábamos todas las literaturas europeas: la francesa, la italiana…, sin embargo, no se enseñaba literatura rusa, porque estaba asociada con la Unión Soviética. 

Aun así, recibí una formación muy buena de grandes filólogos y especialistas en el Siglo de Oro. Como la profesora Celina Sabor de Cortázar, que fue mi maestra y mi modelo. 

 

¿Es la universidad actual mejor que la de entonces?

Las universidades están transformándose en centros de especialización con un énfasis pronunciado en la alta tecnología, en la profesionalización de los estudiantes —en conseguir que salgan con herramientas para el mundo laboral—y, por supuesto, con mucha incidencia en las ciencias duras, dejando de lado las otras áreas. No puede existir un investigador que no haya pasado por las Humanidades y haya desarrollado su espíritu crítico. Creo que es una ausencia equivocada. 

 

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«No puede existir un investigador que no haya desarrollado el espíritu crítico de las Humanidades»

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¿Puede ser que estemos creando técnicos en lugar de intelectuales?

En cierto sentido, sí. Nuevamente, técnicos y profesionales que son grandes expertos en sus áreas y desconocen las otras. Creo que esto va a perjudicar finalmente el avance de la investigación. 

También el hecho de que la información sea tan accesible —porque la tenemos tan a mano con Wikipedia y todos estos buscadores— hace que no se entienda que los contenidos son solo una parte de lo que las universidades ofrecen; sobre todo aportan espíritu y herramientas críticas, y eso no lo puedes encontrar en Wikipedia.

 

Volviendo al año 1981, ¿por qué decidió marcharse a Jerusalén?

Sentí que la Universidad de Buenos Aires no podía satisfacer determinadas inquietudes mías, como la Teoría Literaria. Tuve la posibilidad de hacer un posgrado en otras universidades, por ejemplo la de Wisconsin, en Estados Unidos, pero sabía de la existencia de un fantástico departamento de estudios españoles y latinoamericanos en un país y en una ciudad respecto de los cuales yo también tenía raíces que me interesaba recuperar. 

En ese momento pensaba dedicarme a las jarchas, una cuestión completamente multicultural. Son la primera manifestación de poesía hispanohebrea e hispanoárabe. Yo hablaba un poco de hebreo y mi deseo era también estudiar árabe, así que pensé que el mejor sitio era Jerusalén.

 

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«La Universidad ofrece espíritu crítico. Eso no está en Wikipedia»

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¿Descubrió allí algo de su pasado?

Sí, raíces que me han llevado a un viaje de ida y vuelta, que eso es lo importante. He encontrado un origen no personal, porque yo no pertenezco a una familia, lamentablemente, sefardita. Como Borges hubiera querido ser judío, yo hubiera querido ser sefardita. Siento que todos los hebreos tenemos nuestra cuna en la península ibérica. Me apasiona ayudar a redescubrir esa raigambre. La presencia del islam en España perduró siete siglos, y la judía diez. Creo que este país ha ganado mucho con eso, y las culturas judía y árabe también. Son un ejemplo que el mundo contemporáneo podría tomar y, ojalá, aprender algo de él.

 

A propósito de eso, ha hablado en alguna ocasión de un diálogo secreto entre la cultura hispana y la judía en el Quijote. ¿Por qué es secreto? ¿Qué se dicen los que participan en él?

El diálogo es secreto porque, obviamente, no quedan judíos en España. Por distintas razones históricas y de todo tipo la expulsión tuvo lugar en 1492 y el libro se escribió un siglo después. Cervantes conoció judíos durante su cautiverio en África, y probablemente también en Italia, pero no en la Península Ibérica, de modo que el dialogar con ellos no es algo que hubiera podido ser factible allí. Pero en silencioso secreto hay huellas. Algunas son evidentes y otras menos. 

Una de las más obvias, al final del octavo capítulo: cuando uno de los autores ficticios del Quijote se encuentra con que el libro se ha terminado, se dirige significativamente a Toledo, el sitio de las tres culturas. Allí va a rastrear la continuación del texto, que es de algún modo el decurso de una historia que ha quedado truncada.  Al hallar un cartapacio con caracteres árabes, trata de localizar un traductor porque ya un cristiano no sabe leer esa lengua. Pero dice que «de haber buscado un intérprete de una lengua mejor y más antigua —estoy citando— lo hubiera podido encontrar». Por supuesto, esta lengua es el hebreo.

 

Se ha dicho de usted que tiende puentes. ¿Lo hace a propósito o es solo la manifestación de una inquietud intelectual?

Sí, es intencional. Me importa mucho tender puentes. Es la clave de lo que podemos hacer por la humanidad en todas las áreas. En la mía trato de descubrir puentes en el pasado cultural, histórico y literario, y en el impacto presente. Creo que este es el único modo de resolver los conflictos. La humanidad es una. Podemos encontrar mucho más en común de lo que tenemos diferente.

 

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«La literatura no habla de la verdad; habla de lo probable, de lo que pudo ser o lo que debió ser, pero es cierto»

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¿Qué indicios encuentra hoy de posibles acercamientos entre la cultura hispana y la judía?

Yo siempre comienzo mis artículos contando que llegué a Israel diciendo: «Soy especialista. Vengo a dar una conferencia sobre el Siglo de Oro español». Y me encontraba con que el público no entendía de qué estaba hablando. Cuando se trata el Siglo de Oro español, la audiencia judía piensa en la Edad Media, que es el siglo de oro judío en terreno español. Esperan que hable de Maimónides, Judas Leví, etcétera. Y al nombrar a Cervantes, Lope de Vega, Quevedo… no tienen ni la menor idea de qué estoy explicando. 

Lo mismo sucede si cojo a un español de la calle y le pregunto quién fue Judas Leví. No sabe que fue el primer poeta en lengua hispana, que los primeros versos en español los escribió un poeta judío en Estella [Navarra]. Es tanto lo que tenemos que redescubrir...

Las relaciones diplomáticas entre España e Israel son muy tardías: se establecieron en 1986. Desde ese año, tanto el descubrimiento de lo judío en general como de Israel en particular es acelerado. Existe un Instituto Cervantes en Tel Aviv y un Centro Sefarad-Israel en España que hacen una labor magnífica. Tendemos puentes, como las relaciones tan estrechas entre la Universidad de Navarra y la de Jerusalén. Se está trabajando intensamente en el ámbito educativo y también en el cultural —el cine israelí está llegando a España—, y creo que queda mucho por hacer. Un vehículo fundamental sería promover que jóvenes españoles viajen a Israel, porque tiene muy mala prensa en España y se conocen solamente aspectos determinados. Y es tanto lo que  resta por descubrir que vale la pena visitarnos.

 

Acaba de mencionar la vinculación entre la Universidad Hebrea de Jerusalén y la Universidad de Navarra, y también en su discurso de agradecimiento del doctorado honoris causa reconoce muchos años de cooperación. ¿Cuál de los proyectos le hace sentir más orgullosa?

Son muchos, pero mencionaré solo uno. Lo voy a destacar por lo que tiene que ver con mi labor. Se trata de una investigación que concluyó con un congreso internacional en Jerusalén sobre la Biblia en la literatura del Siglo de Oro. Asistieron decenas de expertos de todo el mundo, pero especialmente investigadores de esta casa y de nuestra universidad, en el que dialogamos sobre la Biblia. Porque hablar de la Biblia es ya una cuestión polémica: ¿a qué Biblia nos referimos? Fue un congreso exitoso por el acercamiento humano y académico. Y de ese encuentro resultó un volumen colectivo que estimo de mucho interés.

También hemos publicado otros trabajos con el grupo GRISO, dirigido por el catedrático Ignacio Arellano. Se trata de un equipo excelente, una perla de las muchas que tiene esta universidad, y me siento orgullosa de haber cooperado en este proyecto y en tantos otros. 

 

El final de Emma Zunz es la página preferida de Ruth Fine | FÁTIMA ROSELL

 

Supongo que tiene usted una página preferida de este libro [los Cuentos Completos de Borges]...

Son tantas… Voy a tomar el final de «Emma Zunz», de El Aleph. Es un final aplicable a todo lo literario. Dice [se lo sabe de memoria]: «La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta». [Salta una frase] «Solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios».

Y esta es una síntesis magnífica que le hubiera gustado tanto a Cervantes. Está destilando un concepto que es fundamental en lo literario: lo verosímil. La literatura no habla de la verdad histórica; habla de lo probable, de aquello que pudo ser o que debió ser, como decía Aristóteles, pero que sustancialmente es cierto. Esta es una definición de lo literario.