Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

China y Estados Unidos, competencia y alianzas

Texto: Jorge Collar, periodista y decano de los críticos del Festival de Cannes. 

Todo parece indicar que en pocos años la hegemonía cinematográfica de EE. UU. habrá terminado. Con el estreno de La Gran Muralla, China abre la puerta de la industria global.


La competitividad entre las grandes potencias mundiales conduce a que sus relaciones resulten complejas. También en el terreno cinematográfico, si bien esto no excluye eventuales alianzas: pactar acaba siendo la mejor manera de convivir. Por su historia —artística y económica—, los Estados Unidos han sido siempre los campeones del mundo del cine, pero China amenaza hoy esta supremacía. Resulta significativo que, en un comunicado reciente, las autoridades de Pekín anunciaran que el número de pantallas en su país alcanzara un total de 40 917, cifra superior a la estadounidense, que se eleva a 40 759. Es cierto que los resultados de taquilla aún son favorables a Estados Unidos (poco más de 9  900 millones de dólares, frente a los 7 000 millones de China), pero el ritmo de crecimiento dentro de este inmenso país es tal que, en pocos años, la balanza habrá cambiado. La sociedad de consumo que se impone en China favorece el desarrollo del cine.

No debe extrañar, por eso, que el actor Matt Damon viajara a Pekín para asistir al reciente estreno de La Gran Muralla, superproducción norteamericana que mezcla mercenarios europeos en busca de pólvora con un ejército chino que defiende la Gran Muralla, atacada por unas criaturas mitológicas llamadas Tao Tei.

Un equipo de guionistas americanos ofrece su visión, quizá discutible, de las leyendas orientales, pero son los equipos chinos, dirigidos por  el veterano Zhang Yimou, los que se encargan de visualizar la historia, de una belleza singular —decorados, vestuarios, escenas de acción...— todo con un ritmo y una perfección excepcional. Legendary Pictures produce la película, primera rodada en China por un equipo chino-estadounidense. Este estudio forma parte del imperio del Dalian Wanda Group, conglomerado empresarial propiedad del hombre más rico de China, Wang Jianlin.

La colaboración entre China y EE. UU. se concreta en una incesante compra de  sociedades norteamericanas o europeas (Wang es, por ejemplo, el principal accionista del Atlético de Madrid). En el mundo del espectáculo, el grupo pionero en el cine chino es DMG Entertainment, aliado con Disney desde 2012, si bien el grupo Wanda invierte más que nadie fuera de Asia. Otro de los grandes financieros chinos, Jack Ma, entra en el capital de Amblin Partners, que reúne lo que queda de DreamWorks Studios, fundados por Spielberg a mediados de los años noventa.

Estos movimientos apoyan las recientes declaraciones del presidente chino, Xi Jinping, en el Foro de Davos de Suiza, afirmando que la globalización de la economía es «un océano del que nadie escapará» , y dando su palabra de que no habrá, por parte de China, ni guerra comercial ni guerra de divisas porque «esos conflictos terminan por perjudicar a todos los que participan en ellos».

Estas declaraciones de tono liberal ¿auguran un cambio en el control del espectáculo cinematográfico? Nada es seguro. De hecho, el cine es uno de los sectores más controlados por el Gobierno comunista chino. La censura ideológica es férrea, y el cine extranjero está sometido al régimen de cuotas, práctica conocida en España, que la aplicó durante largo tiempo al cine occidental. En China solo pueden distribuirse treinta y cuatro películas extranjeras con beneficios compartidos, sin contar que apenas un porcentaje reducido de estos beneficios llega al productor estadounidense. Por esto, tanto los grandes estudios americanos como los productores chinos buscan desde hace años una fórmula de coproducción que escape a las cuotas de pantalla. Estrategia doblemente ventajosa si la productora americana está en manos de capitales chinos. No debe olvidarse, sin embargo, el aspecto de «película americana», pues son estas las que acaban obteniendo grandes éxitos de taquilla. La coproducción tiene dos ventajas para los chinos: adquirir maestría profesional de la que carecen y alcanzar la dimensión universal del cine de los Estados Unidos. Esta vocación universal es la que busca China en sus alianzas con Hollywood.

Pero Pekín no renuncia a imponer su ideología comunista. Una reciente ley insiste en que «es preciso eliminar del cine todo lo que va contra la dignidad, el honor y los intereses del país». Será preciso esperar algún tiempo para saber quién gana la batalla.


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