Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 705 #UNAVencasa

Una joven que escribe mientras reza

Texto Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor @dosvecescuento

Es posible gritar en voz muy muy baja. La escritora Flannery O’Connor lo hizo cuando estudiaba Escritura Creativa en la universidad. Rompió a hablar con Dios. Por escrito. Con el alma rusiente.


Desde Milledgeville —una ciudad del estado de Georgia fundada a comienzos del xix— hasta Iowa, las carreteras trazan más de novecientas millas de asfalto. Hoy se tarda unas catorce horas de coche en llegar. Y se siguen cruzando las fronteras de territorios grandiosos del sur estadounidense para adentrarse en el Midwest: Tennessee, Kentucky, Illinois, Misuri y por fin el estado de Iowa y sus constantes extensiones de maíz. Y su amplia libertad. Un viaje para pensar en bastantes tramos largos de la vida. Y en los principios de la vida. Flannery O’Connor (1925-1964) iba allí para estudiar Periodismo pero cambió la matrícula porque prefería ser escritora de cuentos. Que te admitan en el Iowa Writers’ Workshop es todavía hoy más dificultoso que lograr ser alumno de Harvard.

Flannery O’Connor —en su casa la llamaban Mary — había nacido en Savannah, el 25 de marzo de 1925, y se mudó a Milledgeville, la ciudad natal de su madre, también en la demarcación de Georgia, cuando tenía doce años, después de que su padre cayera irremediablemente enfermo. Una difícil afección autoinmune: lupus eritematoso. Poco más de treinta meses de dolencias pasaron hasta que le llegó la lenta muerte en 1941. A partir de entonces, hija y madre vivieron en Milledgeville. En la misma localidad, asistió a la Peabody High School y al Georgia State College for Women. Cuando se graduó, en 1945, la joven, aseguran sus biógrafos, sabía qué era y qué quería hacer.

Haber nacido en el sur estadounidense y vivir allí —en Georgia— a mediados del siglo pasado implicaba estar de lleno en la segregación racial y religiosa. Aquel bíblico cinturón protestante aborrecía a los diferentes, sobre todo si eran judíos o católicos o negros. Flannery O’Connor conoció aquella opresión de persecuciones, arrestos, palizas y desprecios. Costaba poco ponerse a favor de los más débiles y descubrir belleza en los más desgraciados de la vida. Iowa era una ventolera de libertad y de cambios. Pero su religión le enseñaba a querer incluso a quienes no se lo merecían.

En enero de 1946, a punto de cumplir veintiún años, y mientras estudiaba en el Taller de Escritura de Iowa —puro prestigio, el nivel supremo—, O’Connor comenzó a llevar un diario en un cuaderno marca Sterling. En sus hojas apuntaba cómo era su voz cuando hablaba con un Ser a quien quería querer con la total pasión del amor. La fe como deseo de Dios más que como un sentimiento inconcreto o una emoción cálida. Las novedades de aquella universidad le hicieron tambalearse.

Acaba de salir en lengua española un libro que no es un libro sino esa libreta de cuarenta y pocas hojas íntimas. Cabe entera un alma grande. Y le falta papel al cuaderno.

Angela Cybulski, escritora y bloguera, adujo —si no he entendido yo mal— varias razones para leer lo antes posible esta obra nacida de la vigorosa garganta de Flannery O’Connor, ese grito del corazón pero que ha permanecido oculto más de medio siglo. A los lectores devotos de la escritora sureña les anuncia que tras ahondar en las escasas —y desafiantes— páginas de A Prayer Journal ya no cabe interpretar la obra de Flannery O’Connor de la misma manera. Ese particular anhelo de Dios de un alma es plenamente diferente de cualquier otra obra publicada suya: es la voz cruda y a la vez con atisbos de un lenguaje propio de autores místicos. Un lenguaje críptico incluso: le llama a Dios, inefable siempre, como el esposo esquivo del Cantar de los Cantares, se refiere a la delgadez de la luna creciente, al temor a que la sombra de la Tierra aumente de volumen y tape las luminosidades de la noche. «Yo quiero desearte continuamente», escribe esa alma joven. Alma arrebatada y a la vez dolorida. 

Otra razón estriba en que el lector puede ser testigo de cómo germinará la primera novela de Flannery O’Connor, Sangre sabia (Wise Blood, 1952). Y, sobre todo, y se añade a la lista de motivos, se entiende que el eje que vertebra la narrativa de esta mujer nace de cómo concibe el amor: divino, natural y depravado. Sus personajes tienen agriado el corazón, empequeñecido por el egoísmo, cerrado a la tarea de la gracia. Otra razón es la cercanía del sufrimiento. El afecto palpable, no solo devoción, a María, y más en la advocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que muestra la permanente —perpetua— fragilidad de cada uno de nosotros, la necesidad de que nos socorran sin parar un solo instante.

Se tarda semanas en leer. Semanas.


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