Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 713

De la madre de Bambi al matrimonio de Up: cómo Disney ha cambiado la familia

Texto: Nacho Laguía [Com 20]  Fotografía: Errea Comunicación sobre fotografías de iStock y Unsplash

La capacidad educativa del cine de animación lo convierte en un instrumento poderoso. Quizá esto haga que, en el actual momento dulce del sector, algunos argumentos y personajes rompan con los modelos familiares habituales hasta hace unos años. Viendo su comportamiento, ¿quién diría que Cenicienta y Elsa son dos princesas popularizadas por la misma compañía? El análisis de la línea seguida por Pixar y Disney, dos de las principales productoras de animación, aporta pistas para las familias y los espectadores.

 


Los creadores de las películas de animación influyen enormemente en la configuración de la mentalidad de los espectadores. ¿Acaso no nos hemos hecho mayores pensando que si decimos mentiras nos crecerá la nariz como a Pinocho?, ¿o no es Woody un buen ejemplo de liderazgo? Los valores que transmiten ayudan a crear referencias, en particular en los más pequeños. El reflejo de la familia, núcleo social por excelencia, ha jugado un papel fundamental en la historia de la animación.

Así lo reconoce Lee Unkrich, director de Toy Story 3 (2010) y Coco (2018): «Estoy convencido de que las historias que más nos impactan casi siempre tienen un trasfondo personal. Cuanto más universal sea una idea, más probabilidades hay de que resuene en todo el mundo. ¿Y hay algo más universal que la familia?».

Precisamente esa capacidad de influir ha hecho que artistas, empresarios y activistas vean en las películas de animación una oportunidad para cambiar la forma de pensar de la sociedad, fomentando nuevos estilos de vida a través del entretenimiento en el hogar. De este modo, el cine de animación ha actuado como fábrica, espejo y campo de batalla de los valores familiares, reflejando los vigentes en cada momento y marcando líneas futuras. 

 

HAY PERSONAS DETRÁS DE LOS PERSONAJES

El desarrollo del cine de animación va indudablemente unido a la historia de Disney. Aunque la compañía de Mickey Mouse no es, ni mucho menos, la única que destaca realizando este tipo de películas, es innegable su papel fundamental en el avance de técnicas y narrativas que perduran hasta hoy. Ellos fueron los primeros en sentar en una sala de cine a un grupo de familias frente a un largometraje enteramente animado. Sucedió en diciembre de 1937, con Blancanieves y los siete enanitos. Desde entonces crearon todos los clásicos con los que han crecido y se han educado varias generaciones.

 

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«Estoy convencido de que las historias que más nos impactan casi siempre tienen un trasfondo personal. Cuanto más universal sea una idea, más probabilidades hay de que resuene en todo el mundo. ¿Y hay algo más universal que la familia?».

Lee Unkrich, director de Toy Story 3 (2010) y Coco (2018)

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En muchos de los hogares de los protagonistas de Disney se repite una constante: la ausencia de alguno de los padres, en la mayoría de los casos la figura materna. Pinocho, La cenicienta, La sirenita, Aladdín, La bella y la bestia o Tarzán presentan a alguno de sus personajes centrales como huérfanos de madre. Don Hahn, productor de varios grandes éxitos de la compañía, explicó en una entrevista concedida a Glamour en 2014 los dos motivos de este hecho singular. En primer lugar, afirmó que podía tener un origen en la propia concepción del guion: «Las películas de Disney duran entre 80 y 90 minutos y tratan acerca del crecimiento, sobre ese día en la vida en que debes asumir una responsabilidad. Y es más rápido tener personajes que crecen cuando los separas de sus padres. La madre de Bambi es asesinada para que él crezca; Bella solo tiene un padre, por lo que cuando se va, debe ocupar su lugar. Es cuestión de abreviar la historia».

Y en segundo lugar, explicaba Hahn, esa característica está unida a la historia personal del propio Walt Disney (1901-1966). Según le contaron a Hahn trabajadores de la empresa, el creador de la compañía se sintió culpable de la muerte de su madre, Flora, en 1938, en un accidente doméstico que entendió que podía haber evitado. De algún modo,  la ausencia de su figura en las películas que realizaba servía como un homenaje a ella.

 

 

Sea cual sea el auténtico motivo de esta decisión, la influencia que ha tenido en el posterior cine de animación ha sido enorme, y muchas productoras, tal vez sin aparente razón, han presentado personajes con padres difuntos. Por ejemplo, en la lista de las diez películas de animación más taquilleras de la historia, hay siete que incluyen algún personaje destacado huérfano. La mayoría han sido producidas por Disney y todas ellas se han estrenado en los últimos diez años.

En cambio, otras producciones han decidido poner el foco precisamente en la familia y centrar la trama en las relaciones entre padres e hijos o entre hermanos. Pixar está plagado de casos así. Cabe detenerse en dos que ilustran bien la filosofía de la compañía fundada en 1986 por John Lasseter —que, dicho sea de paso, es padre junto a su esposa, Nancy, de cinco hijos—.

El gran referente lo encontramos en Los increíbles, peliculón dirigido en 2004 por Brad BirdEl gigante de hierro (1999), Ratatouille (2007)— que recaudó más de seiscientos millones de dólares. En una entrevista de ese año, Andrew Jiménez, diseñador de animación de Pixar, se refirió así a la cinta: «Para mí lo esencial es que todo gira en torno a la familia. Es una película de acción, de superhéroes y de espías, pero la mezcla de estos géneros no es discordante porque comienza y termina en la familia. Es el núcleo».

 

 

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Sin caer en estereotipos ni etiquetas, cada uno de los Parr tiene un superpoder de acuerdo con su carácter y el papel que ocupa en la casa. Bob, el padre, posee la fortaleza del cabeza de familia, en sintonía con la flexibilidad de Helen, propia de una madre de varios niños. Violeta, la hija adolescente, es invisible para el mundo y protege su intimidad creando campos de fuerza. En cambio, Dash tiene la vitalidad, energía y velocidad propias de un niño deportista, mientras que el bebé Jack-Jack es demasiado pequeño para manifestar su cualidad. 

En 2009 se estrenó Up, protagonizada por un anciano, un joven explorador y una casa voladora. Tal vez es recordada por su introducción que, en cuatro minutos, hace un repaso magistral a la aventura que supone todo matrimonio. El amor entre Carl y Ellie conmovió a millones de espectadores. Sin embargo, la película tiene mucho más y, junto a la entrañable vida de Carl Fredricksen, se esconde el trauma de Russell, niño víctima de una separación familiar. 

De hecho, el film hace algunas referencias al sufrimiento del chico por la situación de sus padres. En la mitad del metraje, los dos protagonistas tienen una conversación en la que Russell revela que se siente solo por su mala relación con la segunda esposa de su padre, lo que provoca una cara de sorpresa y pena en el señor Fredricksen. La trama alude en realidad a la historia de un anciano apegado a su difunta esposa y su trato con un joven en busca de cariño que encuentra en Carl el padre y amigo del que nunca ha podido disfrutar.

 

 

Otras películas de Pixar que centran su atención en la familia son Buscando a Nemo (2003), que se basa en el temor de un padre viudo sobreprotector a que su hijo salga de una zona segura; Inside Out (2015), sobre la importancia de los progenitores en la madurez afectiva de su hija, o Coco (2018), que profundiza en el valor de las tradiciones familiares mexicanas y la memoria de los antepasados.

 

LA NARRATIVA DE PIXAR

Varias veces han preguntado a John Lasseter, una de las figuras fundamentales en la historia de la animación, cuál ha sido el mejor consejo que le han dado. La respuesta siempre es la misma: «No hagas una película pensando en el niño que la verá por primera vez, sino en el padre que se la tragará doscientas veces». A través de personajes dibujados en papel o creados por ordenador, este cine consigue atraer a toda la familia, creando películas positivas y entretenidas; relatos que durante décadas se consideraron referentes educativos. Prueba de ello es que Lasseter apareció varios años en la revista Vanity Fair como uno de los cien estadounidenses con mayor influencia mundial.

Parte de este poder viene precisamente de su capacidad de perdurar en el tiempo. En palabras de Walt Disney: «La fantasía, si de verdad es convincente, no puede quedarse anticuada, por la sencilla razón de que representa un vuelo hacia una dimensión que trasciende los límites». Los niños de hoy ven con la misma ilusión cómo Dumbo consigue echar a volar con sus grandes orejas, a pesar de que hayan pasado casi ochenta años desde su estreno. Los guiones del cine de animación no solo consiguen entretener, o el éxito en taquilla, sino que crean caracteres cuyo comportamiento sirve de modelo para los más pequeños.

 

 

Conviene detenerse en el ejemplo de Pixar, pionera del cine de animación 3D e inventora de una nueva narrativa. El estudio, fundado por John Lasseter, Ed Catmull y Steve Jobs, firmó en 1991 un acuerdo con Disney para la realización de tres cintas animadas. Cuatro años más tarde se estrenó Toy Story (1995), primer largometraje de animación 3D. Desde ese momento, la compañía del flexo se convirtió en un referente en este campo y revolucionó un tipo de cine que muchos consideraban muerto. Hasta hoy, Pixar ha producido veintiún largometrajes y, película tras película, ha logrado abundantes éxitos en taquilla y reconocimiento prácticamente unánime. 

Su modelo se basa fundamentalmente en la creatividad, lo que se refleja, por un lado, en una innovación técnica constante, introduciendo y perfeccionando los sistemas de animación por ordenador y, por otro, en la originalidad de sus historias. De hecho, la producción de una película de Pixar dura una media de cinco años, de los cuales tres se dedican al proceso de creación del guion. 

Un buena historia requiere buenos personajes: sólidos, con una trayectoria, unas motivaciones y unos proyectos vitales que les lleven a vivir aventuras. En la dicotomía entre el relato y la técnica, la balanza siempre cae del lado de la narración: si el personaje protagonista no funciona, no importa la calidad de la imagen; la película no triunfará. Y parte fundamental de la configuración de los personajes está en sus relaciones sociales y, por tanto, ante todo, en el hogar. Probablemente por eso Pixar se ha convertido en una referencia en el cine familiar de animación. Buscando a Nemo (2003), Los increíbles (2004), Up (2009) o Inside Out (2015) son algunos ejemplos paradigmáticos. 

 

 

Estos modelos no solo sirven para entretener brillantemente a un público amplio, sino que también son el reflejo de lo que este grupo de animadores quiere ofrecer al mundo: referencias. Ideas que, en la mayoría de los casos, surgen de su propia experiencia vital, como reconoció el director Peter Docter (Monstruos S. A., Up, Inside Out) a La Vanguardia: «No hacemos películas para niños. Contamos historias para nosotros, que somos adultos, tratando de que gusten a los niños». En la misma entrevista, el director contó  cómo la temática de Inside Out (2015), uno de los logros de la compañía, se le ocurrió pensando en su hija. La que había sido una niña alegre y risueña se convirtió en una joven reservada y apagada. Esto le hizo pensar: «¿Qué estará ocurriendo en su cabeza?». Así, la película le sirvió para dar una respuesta poética a lo que sucede en la adolescencia. 

Algo similar le ocurrió a Andrew Stanton (Buscando a Nemo). Representó sus miedos en el personaje de Marlin, el padre sobreprotector del joven Nemo. Jugando un día en un parque con su hijo pequeño, Stanton se dio cuenta de que estaba más pendiente de que al niño no le pasara nada que de disfrutar de ese rato familiar. Y de allí surgió el germen de la aventura del pez payaso.

 

ALGUNAS POLÉMICAS RECIENTES

En los últimos años se han producido algunas controversias generadas por la aparición de referencias familiares distintas al padre-madre-hijos o la ambigüedad de ciertos personajes en cuanto a su orientación sexual. Estas situaciones han provocado la reacción de padres preocupados por qué se está enseñando a sus hijos en la pantalla grande mientras otros han considerado estos hechos como hitos hacia la aceptación y normalización de determinados modos de vida o modelos de conducta. En medio, como suele suceder, una mayoría silenciosa asiste al combate percibiendo que algo está cambiando a su alrededor pero sin saber del todo cómo responder.

 

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Varias veces han preguntado a John Lasseter cuál ha sido el mejor consejo que le han dado. La respuesta ha sido siempre la misma: no hagas una película pensando en el niño que la verá por primera vez, sino en el padre que se la tragará doscientas veces.

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Tal vez la alarma saltó inicialmente en 2012, cuando en El alucinante mundo de Norman, película producida por Laika Films, un estudio caracterizado por sus historias arriesgadas y al margen del mainstream, aparecía por primera vez en una película comercial de animación un personaje abiertamente homosexual, un amigo del protagonista. Según explicó el director, Chris Butler, la decisión de incluirlo tuvo relación con el mensaje de fondo: «Me pareció importante que fuéramos valientes al respecto. Si le estamos diciendo a los espectadores que no deben juzgar a otras personas, debemos tener la fuerza de nuestras convicciones». En cambio, la escritora Nancy French planteó sus objeciones en National Review Online; en su opinión, el film podría hacer que los padres debieran «responder preguntas no deseadas acerca del sexo y la homosexualidad». Según French, una sala de cine puede no ser el sitio adecuado para comenzar esas conversaciones ya que niños de esas edades no están preparados para tenerlas: mejor en otro momento y en otro lugar.

 

 

No obstante, el revuelo mayor se formó en 2013 con el estreno de Frozen, protagonizada por Elsa, una princesa Disney sin interés amoroso que opta por encerrarse en sí misma. Su actitud generó equívocos y teorías diversas.   

El estreno de la segunda parte en noviembre de 2019 suscitó gran expectación, ya que muchos esperaban que Elsa fuera el primer personaje abiertamente homosexual de Disney. Hubo presión por parte de grupos LGTBI y así nació en Twitter la etiqueta #GiveElsaAGirlfriend. Mientras, familias y otros colectivos organizaron movilizaciones para evitar que eso sucediera; en la plataforma CitizenGO se recogieron más de 400.000 firmas para «ayudar a los niños a soñar con valores eternos: el amor, la amistad, la fidelidad, la generosidad, etcétera».

Finalmente, en la gira de estreno los productores negaron los rumores pues la historia pone el acento en otro asunto: «Tenía muy claro —señaló Jennifer Lee, codirectora, en una entrevista recogida por El País— que Elsa no estaba preparada para una relación. Es muy tímida. Lo importante de esta película es que es una mujer que lleva sobre sus hombros el peso de un reino y que tiene que lidiar con un poder extraordinario». «Estamos muy orgullosos de que las películas no giren en torno a ningún romance», añadió Idina Menzel, la actriz que da voz a Elsa en la versión original.   

 

 

La llegada de Toy Story 4, galardonada con el Óscar a la mejor película de animación de 2019, también despertó polémica en las redes sociales, ya que algunos la juzgaron defensora de las teorías de género. Por un lado, la película muestra a Forky, un personaje mitad cuchara mitad tenedor construido con elementos de desecho. Tiene pocos amigos y una profunda crisis de identidad; se autodefine como basura y no como juguete. Varias personas en Twitter apuntaron, incluso, al arcoiris pintado en uno de sus pies como un guiño al movimiento LGTBI. Por otro lado, Bo Peep, que en la primera entrega de la saga era una lámpara de porcelana dulzona y cariñosa, se convierte aquí en un «juguete perdido», feliz de no pertenecer a ningún niño y poder ir por libre. El cambio de este personaje despertó críticas entre muchos espectadores, al considerar que iba en contra de valores familiares como la fidelidad, la entrega o el sacrificio. Los responsables de Pixar no entraron en esta polémica, que resultó más bien efímera.

Una controversia distinta, sobre la igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer, se planteó con Los increíbles 2. La película se estrenó en 2018, coincidiendo con otros remakes que cambiaban los protagonistas de la versión original por mujeres (como Ocean´s 8 o, con anterioridad, Las cazafantasmas), influidos por el creciente peso del feminismo. La cinta narra cómo Bob Parr, el cabeza de familia, debe quedarse en casa mientras su mujer se dedica a viajar, en un programa que pretende devolver el honor de los superhéroes.

 

 

De nuevo, las redes sociales se agitaron. Distintos usuarios se quejaron del enfoque poco constructivo del film al presentar a un padre incapaz de encargarse del hogar mientras su esposa está fuera. 

Mr. Increíble es un superhéroe a la vista de todos, pero un inútil en su casa. Tras el estreno, Brad Bird, su director, contestó a esta cuestión en una entrevista concedida al portal multimedia estadounidense CNET: «Algunas personas han dicho que teníamos en mente el movimiento #MeToo [nacido en 2006] porque nuestra protagonista es una mujer. Pero tuve esa idea justo al acabar la primera parte, en 2004. Es la idea más vieja que hay en esta película, además de explorar los poderes de Jack-Jack. No respondemos al tema del momento, también porque nuestras producciones son muy largas. Simplemente explicamos las historias que queremos contar». En el ánimo de sus responsables, como se ve, no estaban las ideas que algunos les atribuían.

En conjunto, parece que grandes productoras de animación como Pixar o Disney han optado por la ambigüedad. Por el momento no veremos a Elsa declarándose lesbiana, pero nadie va a negar que lo sea. Algunos percibirán en el matrimonio de Los increíbles 2 una referencia excesivamente feminista y otros un magnífico modelo de conciliación familiar.

Los padres tienen las riendas al manejar el mando a distancia, al encender o apagar el ordenador, o al comprar o no las entradas de cine. Son ellos los que decidirán en última instancia si quieren que siga siendo Pinocho el que enseñe a sus hijos el valor de la honestidad y Woody el del liderazgo,  o si prefieren que nuevos personajes y nuevos valores configuren la primera imagen del mundo de sus hijos.

 

Clásicos 2.0

 

Desde hace algunos años Disney está produciendo remakes de algunos de sus títulos más recordados. Los clásicos de animación que hicieron historia en la compañía se estrenan ahora en acción real, con personajes de carne y hueso. Muchos ven detrás una falta de creatividad y una incapacidad de presentar películas originales que puedan atraer a un público familiar. No obstante, estas producciones, espectaculares gracias a los recursos visuales más avanzados, están obteniendo recaudaciones multimillonarias, apoyándose en un público nostálgico. 

 

En algunos casos, la historia sufre pequeñas variaciones respecto a la original, como en La bella y la bestia (2017) o Aladdín (2019). En otros se basan en el éxito del film clásico para explotar el concepto en otra dirección, cambiando el protagonismo o centrando la atención en tramas secundarias, como sucede en Alicia en el país de las maravillas (2010) o Dumbo (2019). De hecho, algunas de ellas han puesto el foco en el antagonista, tratando de explicar el origen de su maldad y mostrando una imagen más benévola, como en Maléfica (2014), remake de La bella durmiente (1959) o Cruella, cinta prevista para 2021 basada en la malvada Cruella de Vil, de 101 dálmatas (1961). 

 

Estas versiones permiten a Disney aspirar a repartos de primer nivel 

—baste pensar en La bella y la bestia y los papeles de Emma Watson, Ewan McGregor, Stanley Tucci, Ian McKellen o Emma Thompson—, poner al día elementos narrativos como el humor y la música, y hacer relecturas de algunos personajes, en ocasiones con cierta polémica. Por ejemplo, La bella y la bestia se estrenó entre protestas y elogios al incluir, como recoge Wikipedia, «el primer y único personaje abiertamente homosexual de una película de Disney»: LeFou, amigo de Gaston.