Ficción VER Y LEER Series Nº 724
El nuevo enigma del yo

Julia Roberts ayuda a soldados traumatizados a regresar a la vida civil en Homecoming.
Ficción VER Y LEER Series Nº 724

Julia Roberts ayuda a soldados traumatizados a regresar a la vida civil en Homecoming.
La identidad vuelve a ser uno de los grandes interrogantes de las series. Desde Severance hasta Alien, Black Mirror o Dark, el viejo «quién soy yo» se ramifica en laberintos de tecnología, espejos y traumas.
Sí, por supuesto, una de las exploraciones recurrentes de las historias —desde Grecia o la Biblia— ha sido la del protagonista descubriéndose a sí mismo. El viaje interior —el oráculo de Delfos o el regreso a Ítaca—; ese conflicto del que uno salía más sabio y autoconsciente… o descendía a los infiernos de por vida.
Si traemos esta pulsión a la última edad dorada de la tele, el movimiento más interesante fue aquel del «yo soy nosotros»: los Dexter, Walter White, Don Draper, Nancy Botwin, Jackie Peyton o el matrimonio Jennings de The Americans extrayendo vitamina dramática de la doble vida. Forense de día y asesino de noche, profe convertido en narco, enfermera adicta… De hecho, parte de la grandeza que exhibieron aquellos años seriéfilos vino de las fértiles grietas que se abrían entre una vida pública y una privada, generando misterios narrativos, contradicciones morales y exponiendo múltiples zonas de sombra que propulsaban los relatos hasta la excelencia.
¿Qué hay de nuevo, pues? Las posibilidades tecnológicas, un clásico de la ciencia ficción, que se han deslizado por teleseries recientes de postín. Dado el cataclismo que está suponiendo la IA, es de esperar que muchas más historias de los próximos años examinen esa intersección entre el yo real y el virtual, entre el hombre y la máquina, entre la conciencia y el software. Aquí, la serie más paradigmática está siendo Severance, con esa peripecia que escinde al yo personal del empleado, convirtiendo el trauma subjetivo y la alienación corporativa en una suerte de sci-fi de la existencia.
En paralelo, recuperando un clásico, la mayor novedad de Alien: Planeta Tierra radica precisamente en un tipo de híbridos que no terminan bien de saber quiénes (o qué) son. En ambos casos, el misterio principal se desliza del clásico «quién lo hizo» al posmoderno «quién soy yo»; la identidad es el mayor interrogante.
Las derivadas de este conflicto en los últimos años son estimulantes. Si el yo se parte, la memoria se deja intervenir. La tantas veces visionaria antología Black Mirror ofrece varios episodios sobre recuerdos hackeados, posvidas digitales y realidades proyectadas que se sienten más auténticas que la propia vida. Algoritmos y archivos aplicados al alma. En un frente similar, Mr. Robot, Undone, Legion o Maniac exploran un sujeto confuso y paranoico, donde la identidad se erige en laboratorio narrativo. ¿Quién es, entonces, el auténtico yo de todos esos protagonistas?
Una pregunta similar espolea el relato en propuestas donde los mundos espejo y los doppelgängers [dobles] vertebran la trama. Ahí nos topamos con el ego —una especie de agente aduanero de la conciencia— deslizándose por una frontera porosa de clones, biopolítica o futuribles. El reflejo ya no es metáfora, sino realidad tangible propiciada por la tecnología. Pensemos en la infravalorada Counterpart, donde la identidad de Howard Silk depende de sí mismo… en un universo paralelo. O en las múltiples posibilidades vitales que interpreta Tatiana Maslany en la enrevesada Orphan Black, heredera, en este sentido, de la seminal Fringe.
Cuando el espejo se queda opaco, otra sabrosa vertiente explora el enigma del yo desde posiciones audaces que discurren de la amnesia a los bucles identitarios. La alemana Dark compone un rompecabezas narrativo muy sofisticado, al hilo de una de las frases que abre la serie: «La distinción entre el pasado, el presente y el futuro no es más que una ilusión». Ahí, los saltos temporales abren múltiples versiones de los protagonistas, lo que añade capas de complejidad a ese yo dilatado a lo largo de los años. Desde una corteza aparentemente más simpática, la estupenda Russian Doll abraza el bucle —al estilo de Atrapado en el tiempo— para que la estrafalaria Nadia depure un ajuste de cuentas con sus movidas de infancia. Viajar al corazón del dolor para conocer mejor quién soy: esa podría ser la síntesis.
Ese ping-pong dramático entre olvido y secuela también puede encontrarse, con variaciones complementarias, en la intrigante Homecoming, interpretada por Julia Roberts, o en la acción australiana de la entretenida The Tourist, con un Jamie Dornan obligado a descifrar quién es. Estas dos propuestas emparentan, de nuevo, con la Severance que partía este artículo. Porque en ambas late la diabólica sentencia que el personaje Harmony Cobel entona en el quinto episodio de la distopía laboral de Apple: «La manera más segura de domar a un prisionero es hacerle creer que es libre». Esa es la línea de sombra de estas ficciones: no solo averiguar quién fuimos, sino cuánto de nuestra autonomía permanece cuando memoria e identidad ya son editables.
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