Entrevista Debate público MUNDO Economía SOLO WEB

Jeffrey D. Sachs: «Una comprensión cabal de la economía incluye la felicidad»

6 de febrero de 2026 19 minutos

Teo Peñarroja

Jeffrey D. Sachs en el congreso internacional "The roads to development: work, markets and institutions". Octubre de 2025 en la Universidad de Navarra.

El profesor Jeffrey D. Sachs (Estados Unidos, 1954) ha sido casi todo lo que un economista puede ser. Histórico fundador del Earth Institute de Columbia. Asesor especial de varios secretarios generales de la ONU y uno de los principales ideadores de los ODS y de la Agenda 2030. Pieza central en las políticas económicas de un buen puñado de Gobiernos en todo el globo. Sus libros han marcado el pensamiento económico de una generación. A sus 71 años, el profesor Sachs encuentra el mundo muy cambiado. La agenda que diseñó para erradicar la pobreza y detener la crisis climática choca con el nuevo contexto internacional. «El idealista», como lo describió su biógrafa no oficial, piensa que el planeta está a punto de colapsar.

El foco azulado del teatro le da a su figura un aire casi mítico, y su voz submarina —su grave acento estadounidense para la lengua inglesa— inclina al auditorio a creerle a pies juntillas. El hombre ha impartido su lección magistral en el teatro del Museo Universidad de Navarra, delante de las setecientas personas que asisten al congreso «The Roads to Development». Con verbo de hierro, ha arremetido en repetidas ocasiones contra Donald Trump y ha alertado de los grandes peligros que corre el mundo: apocalipsis climático, guerra nuclear, experimentación genética, concentración de poder, desarrollo tecnológico sin cortapisas… 

Después se ha sentado en un silloncito de un despacho amplio, en el piso superior, y ha atendido la entrevista de Nuestro Tiempo. Aquí arriba lo ilumina la luz solar de una mañana brillante. A la luz clara parece más bajito que sobre la tarima. Sentado en el borde de la butaca gris, ha tomado el café sin azúcar a sorbos pequeños. El padre de la Agenda 2030, Jeffrey D. Sachs, es un señor mayor en buena forma, afable, educado, un caballero. Contrastan sus buenos modales, su manera genuina de escuchar y de explicarse, con la contundencia de algunas de las afirmaciones: que fue la CIA quien voló el Nord Stream, que el coronavirus es un bicho de laboratorio, que Rusia no es el enemigo, que Trump carece por completo de virtud. Antes de marcharse a su siguiente compromiso, entrega cortésmente una tarjeta de visita. Se detiene un momento. Pensativo, apoya el índice en el mentón:

—¿Sabe? Debería leer un libro que ha publicado mi colega James Romm, Platón y el tirano. La entrevista me ha hecho pensar en él.

—¿De qué trata?

—Cuenta los viajes de Platón a Siracusa, a donde lo llamaron para educar al príncipe Dionisio el Joven. Su padre había sido un cruel dictador, y Platón tenía la esperanza de poder aplicar sus ideas con el hijo. En esa época compuso La República

—¿Y qué tal le fue?

—Fracasó. Estrepitosamente. Pero eso me consuela: si uno de los más grandes filósofos falló de ese modo al aplicar sus ideas, ¿qué importa si también me pasa a mí?

Fracasar, en realidad, es algo que a Sachs se le ha dado bien. El niño prodigio de Harvard —uno de los profesores jóvenes más prometedores de la Ivy League—, tuvo su oportunidad en Bolivia en 1985, a los 31 años. El presidente, Víctor Paz, le encargó una severa hiperinflación, que Sachs solucionó con una «terapia de choque»: un paquete de medidas de liberalización radicales y suministradas de una sola vez. Un all in. Ganó la mano y salvó la república. Cuatro años más tarde repitió la jugada en Polonia, que, gracias a sus consejos, logró abandonar el intervencionismo comunista y pasar a una economía de mercado. Una vez derrumbado el Muro de Berlín, en 1991, Boris Yeltsin pidió a Sachs que resolviera los problemas económicos de Rusia. El académico, que ya había reflotado dos países, aplicó con la misma contundencia la terapia de choque sobre los restos de la Unión Soviética… Y fue un desastre. La pobreza subió del 2 % al 40 % en siete años y la situación se volvió dramática.

El profesor ha defendido que aquel fiasco se debió a cuestiones de tipo político, particularmente referidas al papel de EE. UU. en la recuperación de la antigua URSS. A partir de ese momento, Sachs cambió su enfoque y pasó a preocuparse por lo que hoy se conoce como «desarrollo sostenible». Aunque esa historia encierra otros chascos. En 2005, el proyecto Millennium Villages buscaba demostrar que es posible erradicar la pobreza extrema en una quincena de aldeas de África mediante intervenciones coordinadas en salud, educación y agricultura con una inversión de 25 millones de dólares en ayudas directas. Pero, en cuanto el equipo de Sachs se retiró del terreno, la pobreza rebrotó. La periodista de Vanity Fair Nina Munk documentó el caso durante seis años en su libro The Idealist, en el que explica que parte del error consistió en no comprender bien las dinámicas africanas. Por ejemplo, los agricultores locales cambiaron su producción habitual por piñas, muy valoradas en los mercados occidentales… pero el transporte para exportarlas les resultaba demasiado caro. Tampoco encontraron compradores para la harina de plátano.

Esa pregunta orbita en torno al profesor. ¿Es un idealista? En 2002, después del descalabro ruso, dejó Harvard por Columbia, donde fundó el Earth Institute, con el que pretendía contribuir a la lucha contra la pobreza y al desarrollo sostenible. En ese contexto nació Millennium Villages. En 2005 publicó El fin de la pobreza, un best seller que articulaba un argumento alrededor de la «trampa de la pobreza»: los países pobres están incapacitados para desarrollarse si los países ricos no dedican un 0,7 % de su PIB a la cooperación al desarrollo. 

Hasta 2018 continuó con ese empeño en instituciones de alcance global. Asesoró a tres secretarios generales de las Naciones Unidas: Kofi Annan, Ban Ki-moon y António Guterres. Su papel principal allí fue el diseño y seguimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, hasta 2015 —que no se cumplieron—, y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), una versión más ambiciosa de aquellos, que la ONU busca alcanzar antes de 2030. La propuesta original, como Sachs ha puntualizado en su conferencia, incluía unos trecientos ODS, pero la Asamblea General de las Naciones Unidas los redujo hasta los 17 que conocemos. 

En los últimos quince años, la trayectoria de Sachs no ha dejado tampoco de sorprender. Pensador de origen judío, en 2010 el papa Francisco lo convocó al Vaticano como consultor. El santo padre estaba escribiendo entonces su encíclica sobre ecología integral, Laudato Si. Esa colaboración no hizo más que estrecharse hasta que, en 2021, el papa lo nombró miembro de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. Sachs ha hecho suyos muchos principios de la doctrina católica. Cita con soltura y reverencia a santo Tomás de Aquino y a santo Domingo de Guzmán, el Sermón de la Montaña y la Doctrina Social de la Iglesia, a Juan XXIII o a León XIII, incluso en latín.

Desde 2018, además, las posturas públicas del profesor Sachs sobre la política exterior estadounidense y europea, la pandemia de coronavirus, la guerra de Ucrania o el papel de China le han granjeado nuevas enemistades. En esta conversación citará un concepto —grown-up behaviour— que se podría traducir como comportamiento adulto o, más pegados a la letra, comportarse como personas creciditas. Le obsesiona la desaparición del debate público, la creación de trincheras, la infantilización de la política. El idealista que quiso acabar con la pobreza se encuentra hoy un poco sombrío en un planeta que ya no habla tanto de reciclar, sino que escucha expresiones como rearme, genocidio o problema de la inmigración

¿Lo es? ¿Es usted un idealista? ¿Cree que dejará de haber gente pobre?

Creo en ideas, que son importantes para guiarnos. En ese sentido sí soy un idealista. Creo en el potencial de mejorar, que vale la pena hacer el esfuerzo. No me fijo tanto en las probabilidades de éxito, sino en la necesidad de intentarlo. El mundo es muy imperfecto y enfrenta muchos peligros. Y no me parece que haya ninguna garantía de que vayamos a escapar de ellos. ¡Las cosas pueden ir de mal en peor! No soy un apostador, ni pienso que la perfección es nuestro destino inexcusable ni que el bien sea inevitable ni que todo vaya a salir bien. 

En su conferencia ha hablado de riesgos enormes e inminentes. Daba miedo escucharle. ¿Cómo podrían cambiar las cosas?

Necesitamos seriedad moral. Los riesgos son inmensos y no estamos lidiando con ellos como lo haría un adulto. Un grown-up behaviour —yo uso esa expresión— consiste en tomarse en serio los hechos tal y como aparecen, buscar soluciones, debatirlas en profundidad y corregirlas para obtener mejores resultados. Nuestros políticos no operan en ese marco, sino en el de la propaganda: Fulanito es malvado, no puedes negociar con Menganito… Ese comportamiento es infantil. Ese es el problema de fondo.

Fotografía: Manuel Castells

¿Piensa en alguien en particular?

Cuando el presidente de los Estados Unidos va a la ONU y dice que el cambio climático es un bulo, yo sé por qué lo hace: es ignorante, le aprietan los grupos de presión y está jugando con su electorado. Pero no es una declaración seria en sentido moral que se pueda juzgar como verdadera o falsa. Es una afirmación performativa: el mundo como un juego, la ONU como un juego. Se dirige a la audiencia, todo lo trata como una broma... Lo encuentro reprensible y dañino. Por supuesto que se puede sostener con seriedad moral que el cambio climático es un bulo; puede haber personas con razones de peso para creerlo. Pero no es el caso de Trump

¿Cuáles son los riesgos de nuestro tiempo? 

La guerra nuclear está más cerca de lo que pensamos, igual que las catástrofes naturales o la manipulación genética en laboratorios, como ya sucedió con el covid-19. Y, para colmo, hay una incalculable concentración de poder en mi país. Sobre estos puntos, el nivel del discurso público es bajísimo. La verdad no se discute, los medios de comunicación mainstream no saben o no intentan analizar estos asuntos de modo que podamos informarnos. Y los políticos tienden a ser irresponsables en su manera de lidiar con esto. Responsabilidad significa tomarse los argumentos en serio y discutirlos. Yo espero más de un adulto, sobre todo, teniendo en cuenta que nuestro margen de seguridad es hoy inferior a cualquier otro momento de la historia de la humanidad.

En su biografía de Elon Musk, Walter Isaakson, el periodista que más profundamente ha accedido a la intimidad del magnate, lo retrata como un niño grande. 

Elon Musk es poderoso porque es la persona más rica del mundo; porque su dinero ayuda a elegir el presidente de los Estados Unidos, porque posee SpaceX y proporciona servicios esenciales al Ejército, porque es el dueño de X, y, por lo tanto, tiene una plataforma en la que cientos de millones de personas reciben información moldeada por su algoritmo... Eso es una concentración de poder increíble. Durante una temporada lo llamé «nuestro primer ministro», porque se plantaba ahí al lado del presidente aunque no lo hubiéramos elegido, dirigía agencias federales, despedía a gente, y puso el sistema de información del Gobierno en servidores privados como Palantir. Seguimos sin conocer lo que se hizo porque nada de eso se debate ni tenemos verificación independiente. Solamente descubrimos fragmentos a través de filtraciones... Así que realmente no sabemos, o al menos yo no sé, qué ha sucedido. Este tipo de comportamiento es perverso. 

Ese poder se comparte con muy poca gente, cosa que encuentro incomprensible. Jeff Bezos es el dueño del Washington Post, de Amazon Cloud Services, de un montón de negocios militares y de IA, y también tiene sus propias aventuras espaciales. Larry Ellison, que es el número dos en la lista mundial de ricos, está comprando una gran cantidad de medios de comunicación: Paramount, CBS News, TikTok... Es extraordinario, pero para ellos no significa nada en términos de riqueza. Y Larry Ellison es un amigo cercano de Netanyahu, un hombre que, tal y como yo lo veo, está cometiendo un genocidio. Palantir [empresa de big data fundada por Peter Thiel y Alex Karp que presta servicios de inteligencia a las agencias federales estadounidenses] usa sus sistemas para identificar a quién hay que matar. Tienen protocolos que calculan cuántos muertos inocentes colaterales se permiten. Si el objetivo es un perfil alto, pueden bombardear todo el edificio de apartamentos. Esa es la clase de sistemas de IA que han creado Peter Thiel y Alex Karp. Son megabillonarios que están muy cerca del poder en Washington. No hablo de hipótesis; es el mundo en el que vivimos, y no es ninguna broma. Si me hubieran preguntado de joven si podría pasar algo así, hubiese dicho: «Habría una vista en el Congreso, una investigación nacional, el New York Times cubriría el caso, podría llegar a ser un escándalo...». Pero nada de eso sucede; es lo normal.

En su conferencia ha asegurado que el Gobierno de EE. UU. está en guerra con los ODS. Y no parece solo una obsesión política. La conversación pública en Occidente ha cambiado. Donde antes hablábamos de reciclar o de la transición verde, Europa habla de rearme, inmigrantes y brecha de innovación. 

Siempre he sido amante y admirador de Europa, pero los últimos cinco años no los entiendo. He escrito libros sobre la democracia social escandinava. He publicado muchos artículos acerca de la superioridad de un enfoque socialdemócrata. He enseñado que la calidad de vida europea es la más alta del mundo. Y, sin embargo,… Estonia, por ejemplo, es una nación pequeña. En 1992 ayudé a su Gobierno a recuperar la moneda nacional cuando terminó la Unión Soviética. Me dieron un premio nacional. Trabajé duro para ese país. Y ahora, en cambio, son unos rusófobos. Kaja Kallas [vicepresidenta de la Comisión Europea] y otros políticos estonios promueven discursos basura contra los rusos. ¿Por qué una república diminuta hablaría así de su vecino gigante? Porque creen que Estados Unidos entrará en esa guerra: una grave falta de cálculo. Y no son los únicos. Siempre he aplaudido a Finlandia, que ocupaba el primer puesto en el informe sobre la felicidad que preparé año tras año, el World Happiness Report. ¡Y se han vuelto rusófobos! Desde 1945, Finlandia ha sido neutral, pero eso no la castigó, sino que le permitió ser rica, próspera, feliz y pacífica. El presidente finés le dijo a Zelensky: «Aprenda de nosotros: no sea neutral, únase a la OTAN». Eso es contrario a la historia real de Finlandia, que, por su neutralidad, llegó a ser el país más feliz del mundo, rico, estable y pacífico. Y Rusia nunca le molestó. Europa ya no habla como la Europa que yo conocí. ¿Por qué dice eso? 

Fotografía: Manuel Castells 

Eso, ¿por qué?

No puedo decirlo con seguridad, incluso aunque conozco bastante bien a muchos de esos políticos a nivel personal. En lugar de comportarse como adultos, hace cinco años que están jugando el papel de la OTAN, del complejo de la industria militar, del sistema del lobby. Pero ¿por qué? No lo entiendo. En Noruega trabajé mucho para la doctora Gro Harlem Brundtland cuando era la directora de la Organización Mundial de la Salud [1998-2003], y la veo como una gran persona. Pero Noruega entró en la OTAN. Jens Stoltenberg, que era el primer ministro debería saber mejor que esa clase de rusofobia no es el modo de que Europa sobreviva. Deberían ser más honrados y decir la verdad. Tuve una conversación con el presidente Macron que, en privado, estaba de acuerdo conmigo en este punto: «La OTAN no debería expandirse. Es una provocación que causará una guerra». Pero en público dice lo contrario. Pedro Sánchez, en cambio, tiene mucho mérito, no alimenta ese belicismo. Pero ¿por qué Starmer, Macron, Merz y otros se comportan así? En realidad, no lo entiendo, aunque lo intento cada día. 

Y tengo un ejemplo más. Yo era consejero especial de Josep Borrell, el alto representante de la UE en política exterior. Cuando le dije que pensaba que EE. UU. saboteó el gasoducto Nord Stream, me despidió de inmediato: «Si crees eso, no puedes ser mi consejero». Y ahí se acabó. ¿Por qué? Volar un gasoducto es una operación grande y complicada. El presidente Biden había asegurado en una conferencia de prensa en 2022 que si Rusia invadía Ucrania, el Nord Stream estaría acabado. El reportero le preguntó: «Mr. President, se trata de una infraestructura europea, ¿cómo puede decir eso?». A lo que él respondió: «No se preocupe, tenemos nuestros métodos». Así que, cuando saltó por los aires, un razonamiento bastante adulto hubiese sido investigar a la CIA. Pero al poner esos hechos sobre la mesa de Borrell, me despidió. No es un comportamiento adulto, sino que proviene de alguna clase de lógica de control sin sentido. Ni siquiera lo pide el electorado: esos políticos tienen un bajísimo apoyo popular. Pero no quieren hablar, razonar, investigar, explicar y, por lo tanto, mantener Europa segura. Solo quieren evitar los temas difíciles. Y, desde que Europa se hizo así, se ha vuelto profundamente decepcionante.

Al hilo de Finlandia ha mencionado un asunto más importante que la geopolítica: la felicidad. En Nuestro Tiempo publicamos un reportaje sobre la epidemia de desesperación en Estados Unidos que investigaron Anne Case y Angus Deaton. Todas esas muertes tienen hondas implicaciones económicas y políticas, pero responden a parámetros espirituales como el sentido de la vida o la felicidad. ¿Qué relación hay entre felicidad, política y economía?

Aristóteles lo entendió bien: la Ética a Nicómaco y la Política son, en realidad, un solo volumen. La Ética a Nicómaco trata sobre la felicidad: «Es el propósito de la vida ser feliz». La felicidad no es una emoción, es una buena vida que se adquiere educando el carácter. Una comprensión cabal de la economía incluye la felicidad porque, si no, ¿para qué? Si la economía no es más que un estudio del universo observable, pero no significa nada para el sentido de la vida de un ser humano, sería un campo de estudio aburrido. La economía es interesante porque puede mejorar la condición humana. Y esos dos volúmenes de Aristóteles tratan sobre el bienestar humano. Una idea extemporánea y, sin embargo, correcta. El sentido de la política es el bienestar humano, no la matemática del poder. La eudaimonia, como la llamaban los griegos; beatitudo, en latín, como decía santo Tomás de Aquino. O la felicitas. Este es el sentido de la vida práctica y de la política. 

¿Cómo mide usted la felicidad?

Una manera interesante es preguntarle a la gente qué tal le va la vida; un enfoque psicológico de demostrada validez. Incluso hay un modo estandarizado de realizar las preguntas y evaluar los resultados. Sobre esa base decimos que Finlandia ha sido la nación más feliz del mundo. Los datos muestran que la gente es feliz en sociedades en las que puedes confiar en que un extraño te devolverá la cartera si se te cae por la calle, y que no lo es tanto en lugares que son pobres, están en guerra o sufren. Lo ves en los datos. 

No hace falta ser muy abstracto para comprender el sentido de la economía, cómo debería orientarse y medirse. Mi país es muy interesante a este respecto, porque durante los últimos sesenta años se ha vuelto mucho más rico, pero no ha mejorado el bienestar de la gente. Los estadounidenses son más ricos y más infelices, y eso tiene un nombre técnico: la paradoja de Easterlin, bautizada en honor de su descubridor, el profesor de la Universidad de Pensilvania Richard Easterlin, en los setenta. Desde entonces no ha hecho más que confirmarse, y además vemos por qué: el nivel de confianza es inferior. La gente piensa que el Gobierno es corrupto, ha perdido la fe en las instituciones y está convencida de que Estados Unidos se encamina en la dirección equivocada. Es un problema, pero no se está afrontando en serio. El presidente Trump es una persona irresponsable y falta de ética.

Usted colaboró con el papa Francisco y pertenece a la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales. ¿Tiene algo que decir la Iglesia sobre la felicidad y los retos del mundo contemporáneo?

Me apoyo en cuatro pilares para comprender los desafíos de la humanidad. El primero es Aristóteles, porque creó toda una visión sobre cómo combinar la vida social de los ciudadanos con nuestro bienestar. Toda la ética, para Aristóteles, era una ciencia acerca de cómo vivir una buena vida. Mi segundo punto de apoyo es Jesucristo en el Sermón de la Montaña. En unas pocas líneas captura de modo magnífico, sublime, una visión del bienestar moral. Bienaventurados los pacíficos. Bienaventurados los pobres. Bienaventurados los limpios de corazón. El tercer hito es santo Tomás de Aquino, un genio en quien me gusta pensar como un colega académico, pero del claustro de los sesenta y setenta del siglo XIII. La Suma teológica es la síntesis perfecta de Cristo y Aristóteles. Y, por último, encuentro un marco de pensamiento poderosísimo en la Doctrina Social de la Iglesia. En 1891, el papa León XIII escribió Rerum novarum, una encíclica sobre «las cosas nuevas» de la industrialización, en la que aplicó el pensamiento aristotelicotomista a los problemas de la era industrial.

No son los referentes que cabría esperar en un economista judío del siglo XXI.

Cuando entras en la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales no te preguntan si estás ahí por la fe o por la ciencia. Esa idea no aplica en absoluto. La idea de que la ciencia es un cierto modo de entender las cosas, consistente con la búsqueda de una buena vida, de la beatitudo... no genera tensión, es una idea fundacional. Y esa es también una gran contribución de la Iglesia católica, a mi modo de ver. Porque las otras religiones no tienen consejos científicos. No ven que merezca la pena el esfuerzo. Pero nosotros sí nos apoyamos en la ciencia, ¿qué otra cosa íbamos a hacer? Esto es, para la Iglesia, una idea mainstream. Tuve la suerte de sentarme muchas veces con el papa Francisco en la Academia para hablar de evidencia científica. Eso era lo natural y lo encontré muy poderoso. Y un regalo para toda la humanidad. Y compatible con lo que sé de otras culturas y tradiciones.

Los ODS son una agenda global. ¿Cómo casa con el principio de subsidiariedad que prescribe la Doctrina Social de la Iglesia?


En China, por poner un caso, descubrí muchas diferencias particulares sobre la concepción de la ética. Pero la realidad es que existe un gran consenso entre las culturas sobre cómo debería ser un ser humano respecto de los demás, o sobre qué es una buena sociedad. Es hermoso descubrir la universalidad de algunas ideas. Resulta notable que la encíclica del papa Francisco Fratelli tutti esté dedicada al gran imán de Al-Azhar de El Cairo, un teólogo islámico y educador del más antiguo centro suní. El papa comienza su texto con una historia de san Francisco de Asís, que viajó de Italia a Egipto en la Quinta Cruzada, en 1219, para debatir sobre teología con el sultán en medio de la batalla. Esa era la idea del papa Francisco: necesitamos discusión y diálogo globales, justo lo que yo llamo comportamiento adulto. ¿Sabe? Yo nací judío. No me crié en la fe católica. Pero admiro todo este tremendo regalo para la humanidad. Es muy importante, yo diría crucial, para la supervivencia del género humano.

EL COVID-19 Y EL LABORATORIO

La afirmación de que el virus causante de la covid-19 escapó de un laboratorio es controvertida y no se ha resuelto por completo a día de hoy. En el año 2020, la revista científica The Lancet creó un grupo de investigación sobre aquel virus, que dirigía el propio Sachs. Al principio, el profesor condenó la hipótesis de la fuga de laboratorio como «imprudente y peligrosa», pero un año después disolvió unilateralmente el grupo que trabajaba sobre los orígenes de la pandemia porque descubrió que varios de los científicos le habían ocultado vínculos previos con el Instituto de Virología de Wuhan. A partir de ese momento, aseguró en repetidas ocasiones que la hipótesis del lab leak era una posibilidad real que debía estudiarse. Para octubre de 2025, cuando tuvo lugar esta entrevista, el profesor Sachs estaba «seguro al 99 %» de que el coronavirus se originó en la Universidad de Carolina del Norte y escapó del laboratorio de Wuhan. Se le ha acusado por ello de conspiracionista y se le ha afeado que participara en el pódcast del antivacunas John F. Kennedy Jr. El profesor explica que el SARS-CoV-2 contiene una secuencia genética que no existe en la naturaleza en esta familia de virus, pero que sí aparecía en propuestas de investigación estadounidenses previas que buscaban insertar esa secuencia para hacer el virus más transmisible. Sachs cree que un proyecto financiado por el Gobierno de EE. UU. para desarrollar vacunas aéreas para murciélagos llevó a probar el virus modificado en el Instituto de Wuhan, que tenía la especie correcta de murciélagos, donde ocurrió un accidente de laboratorio. Reconoce que no tiene pruebas documentales irrebatibles (emails, cuadernos de laboratorio), pero considera convincente la evidencia genética y documental.

PALANTIR Y EL GENOCIDIO

El profesor Sachs asegura que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza. Un genocidio, en sentido jurídico, es el exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad. Muchos pensadores, como Sachs, consideran que la matanza israelí en Gaza encaja en esta categoría jurídica, mientras que otros expertos califican de manera diferente —crímenes de guerra, por ejemplo— el modo en el que Netanyahu ha planteado la guerra contra Hamás.

En cuanto al uso de la tecnología de Palantir para la selección de objetivos militares israelíes con inteligencia artificial, la revista The Nation publicó una investigación de James Bamford que asegura que, en efecto, la compañía estadounidense tiene un acuerdo con el Gobierno israelí para ese fin, aunque el método preciso en que funciona el algoritmo es alto secreto, con lo que las afirmaciones del profesor Sachs acerca de los protocolos de muertos colaterales admisibles no puede corroborarse a día de hoy.

¿QUÉ PASÓ CON EL NORD STREAM?

La afirmación de que Estados Unidos voló el gasoducto Nord Stream procede de un reportaje de Seymour Hersh, ganador del Pulitzer en 1970 por una pieza de investigación en la que demostró la matanza de My Lai, en Vietnam. El reportaje de Hersh, publicado en Substack, se basa en una fuente principal «con conocimiento directo de la operación» cuya identidad no se ha revelado, y tanto la Casa Blanca como el Gobierno noruego han negado las acusaciones. Según el texto de Hersh, la acción encubierta se realizó durante unas maniobras de la OTAN en el Báltico, con el apoyo de Noruega, aunque no aporta pruebas documentales ni se ha cerrado otra investigación independiente sobre el caso. Tampoco otras hipótesis —un autosabotaje ruso o una operación ucraniana con un yate— se han demostrado. Rusia solicitó ante el Consejo de Seguridad de la ONU una comisión internacional independiente. En aquella sesión, Jeffrey Sachs compareció asumiendo el relato de Hersh.

Nuestro Tiempo es la revista cultural y de cuestiones actuales de la Universidad de Navarra, una universidad que lleva a cabo su actividad docente, investigadora y asistencial sin ánimo de lucro.

En consonancia con ese espíritu de servicio, Nuestro Tiempo es una revista gratuita. Su contenido está accesible en internet, y enviamos también la edición impresa a los donantes de la Universidad

Haz una donación

descubre el papel

Artículos relacionados


Newsletter