Crítica cultural Series Nº 725
«Confía en mí»: la revancha del criterio frente al algoritmo

Crítica cultural Series Nº 725

Su premisa sonaba evangélica: «Paga y serás libre». Más que en toda la discografía de Nino Bravo: liiibre de anuncios, liiiibre de horarios, liiiibre de esperas para el siguiente episodio. Años después nos hemos dado cuenta de que aquella libertad era, en realidad, solo un tráiler.
Los números no terminaban de cuadrar. Así que vino el tío Paco con su rebaja en forma de glosario: el plan Premium, los canales FAST (tele gratis con publicidad, al estilo Pluto TV), los packs incluidos con tu operadora (HBO y Netflix «gratis» con Vodafone), las suscripciones dentro de suscripciones (MGM como opción dentro de Amazon Prime) o, incluso, las alianzas de visibilidad y supervivencia económica del pez pequeño que permiten disfrutar del catálogo de Apple en tu Movistar.
En apenas diez años, la revolución del streaming se ha acomodado y la lucha por la rentabilidad —tan noble como cualquier otra; a ver si pensamos que Los Soprano o Breaking Bad eran obras de caridad— ha obligado a recoger mucho cable. Porque el viaje está revelándose de ida y vuelta. Se ve bien en la apuesta por el directo: ahora seguimos las andanzas australianas de Alcaraz o la nieve olímpica en HBO Max; Netflix apuesta por la adrenalina en vivo de combates de MMA y boxeo, o por la de aquel tipo que escaló un edificio de cien pisos a pelo; hace ya un año que un emblema de la telerrealidad como Operación Triunfo migró a Amazon Prime; y Disney Plus ostenta los derechos de emisión de la UEFA Champions League femenina. Es cuestión de tiempo, siguiendo a la casa madre en USA, que pujen por deportes con más audiencia.
El regreso del horario a las plataformas de streaming es el ejemplo de cómo la revolución ha concluido volviendo a la casilla de salida. Netflix y Cía. ostentaban una distinción con respecto a la tele tradicional que se va desvaneciendo. Parece que aún queda un trecho por recorrer hasta que nos topemos con un Informativos Prime o el telediario de las nueve en Netflix, pero, ¿quién se atreve a poner la mano en el fuego? Uno empieza a tener la sensación de que estamos acercándonos (¡más Biblia, ahora con retruécano!) al «vino viejo en odres nuevos».
Y todo esto, ¿cómo afecta a la ficción que nos ocupa en estos textos? La primera consecuencia es estructural: cuesta más encontrar una imagen de marca. Si antaño las series de HBO, de AMC compartían una ambición de nicho, una expectativa de acabado y calidad, el revolutum de hoy hace cada vez más complicado encontrar método en un Apple o un Disney. No olvidemos que en los originales de Netflix —un cajón de sastre donde la cantidad importa más que la calidad— pululan desde un exquisito Koreeda (Asura) hasta un acabado Schwarzenegger (Fubar) o que en Disney Plus se estrenaron casi a la vez la sensacional Verdades ocultas y la pufera Todas las de la ley, la serie más apaleada por la crítica de los últimos tiempos. Con este panorama, entrar en tal o cual catálogo no garantiza gran cosa.
De hecho, ni siquiera asegura que vayamos a ver algo. El nuevo zapping ya no es entre canales, sino entre secciones de la plataforma: mando arriba, mando abajo decidiendo qué ver para terminar con un episodio de The Office de hace quince años. No es coña: un estudio de Nielsen presentado en noviembre de 2025 indicaba que, de media, el usuario gasta 14 minutos buscando qué ver (¡los franceses llegaban a los 26 minutos, lo que equivale a un episodio de sitcom!). Es la paradoja de la abundancia, dolencia de ricos: cuanta más opciones, la ansiedad por elegir se dispara por miedo a equivocarnos.
Ante las prevenciones que suscita esta oferta tan mastodóntica (y paralizante) es normal que estén reviviendo series –The Pitt o Poker Face como nuevos emblemas– donde el episodio vuelve a ser la unidad de medida narrativa principal. Es una ficción más casual, más retomable, más autoconclusiva. Y por eso también ha regresado con fuerza la emisión semanal, como una manera de sistematizar la logística de la atención.
Este espectador cansado, disperso y elástico, atiborrado de novedades, va a confiar más que nunca en los prescriptores, ya sea el crítico, el amigo o el cuñado. Porque la nueva audiencia reclama brújula para orientarse por estos grandes almacenes que pululan de lo gourmet al todo a cien. Alguien que le explique cuál de esos mil senderos que se bifurcan no es un jueves perdido. Alguien que salvaguarde la inversión temporal de los primeros episodios. Así, la cacareada era del algoritmo va a regalar un efecto inesperado: el gesto íntimo de una recomendación, de un «confía en mí». Tanto zapear para redescubrir que, al recostarnos en el sofá tras un día de trabajo, echábamos de menos un criterio en el que descansar.
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