Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 708

Comunidad Alumni en Jerusalén

Texto y Fotografía Sergio Marín [Fia Com 16]

Sergio Marín [Fia Com 16] decidió trasladarse a Jerusalén en septiembre de 2016 para sumergirse en el aprendizaje de las llamadas «lenguas muertas». En «la ciudad de la paz» el latín, el griego y el hebreo bíblico gozan de muy buena salud.


Jerusalén (Israel). Llegué a la «ciudad de la paz» en septiembre para dedicarme una temporada al estudio de las lenguas antiguas. Jerusalén, junto con Atenas y Roma, constituyen el eje sobre el que se ha cimentado la civilización europea, y su historia espiritual emana en buena medida de estas tres ciudades. Por esta razón, gran parte de los textos fundacionales de nuestra cultura están escritos en latín, en griego antiguo o, en el caso de las Sagradas Escrituras, en hebreo bíblico. Cuesta creer cómo Jerusalén, sin ser una ciudad demasiado extensa ni tener mucha población, haya podido ejercer una influencia tan decisiva en nuestras raíces.

Mi experiencia con el estudio de otras lenguas me había enseñado que la vía más rápida de aprender un idioma es sumergirse en la propia comunidad de hablantes. En Jerusalén se encuentra uno de los pocos lugares del mundo donde estas lenguas —griego koiné, latín y hebreo bíblico— se enseñan como si se tratara de lenguas vivas: el Instituto Polis. Desde el primer día se crea un ambiente de inmersión total: las clases se imparten íntegramente en el idioma correspondiente y también se ofrece la posibilidad de quedarse a comer allí para continuar hablando en griego. Este método opta por una interiorización del idioma a través de su uso, lo que agiliza el proceso de aprendizaje. Nada de tablas con declinaciones y verbos, nada de memorizar: ¡se trata de vivir en la propia lengua! Los resultados son asombrosos.

Polis, como la propia Jerusalén, es lo más parecido a una moderna Torre de Babel. No es raro acabar tomando unas cervezas con gente de todas las nacionalidades en las que tan pronto se habla en inglés como en hebreo, francés, italiano o alemán. Por fortuna, entre tanto nómada, turista y peregrino me he sentido arropado desde el primer momento por otros tres alumni que decidieron mudarse a Jerusalén: Juan Riveros [Fia 16], que también estudia en el Instituto Polis, Andrés Juárez [Com 14] y Elena Panadero [Fia Com 16], que trabajan en el departamento de comunicación de la Fundación Saxum. Realmente ha sido una suerte tenerlos cerca. Instalarse en Jerusalén no resulta sencillo: las viviendas suelen ser bastante viejas, el israelí medio se caracteriza por no tener muy buenos modales y, en comparación con España, el nivel de vida es más caro. La cerveza local no baja de los veinte o veinticinco shekels (entre cinco y seis euros) y, como la mayoría de supermercados siguen una política kósher, la ingesta de carne se reduce al pollo, pues es muy difícil encontrar otros productos o, si los encuentras, tienen unos precios desorbitados.

La vida en una «Torre de Babel»

La variedad de Jerusalén no se limita a las distintas nacionalidades a las que acoge. La ciudad es un lugar privilegiado para conocer de cerca las otras dos principales religiones monoteístas —el judaísmo y el islam— y, dentro del cristianismo, las distintas comunidades y ritos, cada uno con sus peculiaridades: armenios, ortodoxos, coptos, siríacos, etíopes, melquitas, etcétera.
Al tratarse de un país de amplia mayoría judía, una de las diferencias que más llama la atención es el hecho de que la semana comience el domingo. En Jerusalén, desde el atardecer del viernes hasta el atardecer del sábado la ciudad entera parece literalmente «morir»: durante el shabat apenas circulan coches por las calles, los comercios cierran y la gente permanece en sus casas.

Otra costumbre llamativa es la de ir armado por la calle. Como el servicio militar es obligatorio, todos los que se encuentran haciéndolo deben portar su arma las veinticuatro horas del día. Por eso no es extraño sentarse a esperar el autobús junto a un tipo con la ametralladora al hombro.

Como parte del programa que curso en el Instituto Polis, un par de veces al mes viajamos a algún lugar del país que posea cierta relevancia histórica. Esta región ha sido testigo de la presencia romana, bizantina, musulmana, cristiana, mameluca, otomana y británica, por citar solo las más recientes. Todo este desfile de pueblos y civilizaciones ha dejado una huella visible en la ciudad. El perímetro marcado por las murallas de la parte vieja Jerusalén corresponde al periodo otomano, y fueron construidas por Solimán el Magnífico; la iglesia del Santo Sepulcro, tal y como se conoce hoy, es de diseño cruzado; y, en la Explanada de las mezquitas todavía se conserva parte del muro del Segundo Templo tras su destrucción en el año 70 por las tropas romanas de Tito.

Durante estos meses hemos visitado las cuevas de Qumran —donde a mediados del siglo pasado se hallaron los manuscritos más antiguos de la Biblia—, Séphoris, Masada, Nazaret o Megido. El sur del país es desértico casi por completo, pero sorprende comprobar cómo se transforma el paisaje con las primeras lluvias. Entonces comienza a crecer una fina capa de hierba que, en un abrir y cerrar de ojos, muda su apariencia.

Tengo la suerte de vivir al lado de la Ciudad Vieja, a pocos metros de la Puerta de Damasco. El barrio tiene la peculiaridad de ser, principalmente, un barrio jaredí (de judíos ultraortodoxos). Al regresar a casa suelo encontrarme a decenas de niños que salen del colegio, todos con su cabeza rapada a excepción de dos largos mechones que les llegan hasta los hombros. A pocos metros hay también una escuela de música asquenazí. De cuando en cuando, varios estudiantes salen al jardín a tocar, y uno cree estar viendo El violinista en el tejado.

Quizá uno de los aspectos más entrañables de la ciudad sea ver cómo la propia rutina se va adueñando de los lugares que, de visitar solo una vez, conservarían en nuestra memoria esa aura de novedad. Disfrutar de un café a pocos metros del cardo romano, jugar al fútbol con la Basílica de la Dormición de fondo o cortarse el pelo a una manzana del Santo Sepulcro se convierte en una práctica habitual. El tiempo aquí pasado te enseña que la invitación que estos lugares lanzan al visitante solo puede responderse en la propia vida, y que poco sentido tiene acercarse a ellos con una actitud fetichista. Jerusalén, como el pueblo judío lleva grabado a fuego en su conciencia, es el recuerdo vivo de la promesa hecha por Dios a los hombres y, como recoge el salmo, solo existe una forma de hacer justicia a Sión: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti, si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías».