Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 714

Si llueve, que llueva

Texto: Juan González Tizón [Com 24]  Fotografía: Manuel Castells [Com 87]

La Universidad de Navarra sorprendió el 6 de abril a más de setecientas personas con un espectáculo insólito: La zarzuela de los paraguas. La representación estuvo inspirada en la obra de Chueca y Valverde, y subió al escenario del Museo del campus. Participaron más de ciento cuarenta alumnos entre actores, músicos, cantantes y diseñadores.


En el telón hay un paraguas plasmado. Se aprecian las partículas de polvo que recorren el haz del proyector. Las iniciales z y p franquean esta silueta con una tipografía afilada. Casi parecen estar cosidas a la propia tela. Suena una música in crescendo y algunos espectadores se inclinan hacia delante en sus asientos, curiosos. Pero el telón sigue quieto, dejando que la melodía haga lo suyo. A los cinco minutos por fin se abre y un presentador da comienzo al acto. Los aplausos del público se prolongan hasta que la orquesta deja de tocar y por las escaleras del palco bajan dos actores caracterizados de jornaleros avisando de unas sorprendentes inundaciones en Pamplona

La función es La zarzuela de los paraguas, un espectáculo que se gestó durante todo el curso en el programa artístico de la Universidad de Navarra, Campus Creativo. Se trata de una adaptación de la obra de Federico Chueca y Joaquín Valverde, compositores del siglo XIX. La representación se estructura como un ensayo de teatro. Es una zarzuela original creada a partir de fragmentos de otras, como Un año pasado por agua (1888), La Gran Vía (1886) o Agua, azucarillos y aguardiente (1897). Liuba Cid, doctora en Artes y Humanidades, miembro de la Academia de Artes Escénicas de España y directora de teatro en la Universidad, ha sido la directora escénica y dramaturga de la obra. Lleva desde enero, junto con Borja Quintas, director de la orquesta y coordinador musical, trabajando en este proyecto. Además, la promoción del evento contó con la ayuda del Museo Universidad de Navarra y la Asociación Gayarre Amigos de la Ópera. que actuaron como pilares clave en el proceso.

A lo largo de la función, las partes extraídas de la obra de Chueca —canciones, por lo general— se intercalan con numerosas irrupciones de un director y su equipo técnico, desesperados por poner orden. Es metateatro, una obra dentro de otra en la que los actores desarrollan distintos papeles a la vez. Los personajes intentan representar un contexto: año 1888, grandes inundaciones, crisis, quejas sociales, problemas políticos… Todo este caos se convierte en armonía en manos de 140 alumnos de la Universidad. 

 

LOS DE ABAJO

Cuando suenan las primeras notas, un hombre mayor busca desorientado algún palco especial para la orquesta o altavoces en las paredes. Su acompañante le agarra el brazo y le señala la zona baja del escenario. Entre susurros le explica la presencia del foso, abierto por primera vez desde 2014, un hito en la historia del Museo. Hizo falta mover una plancha de madera y hierro de casi veinte metros para liberar el espacio donde tocarían los setenta músicos.

«El objetivo principal ha sido rendir homenaje al género de la zarzuela. Lo que importa no es tanto la obra, que también, sino cómo la hemos llevado a cabo», dice Antonio Sierra, alumno de 6.º de Medicina. Su violín y él son dos veteranos de la representación. Toca su instrumento desde que tiene uso de razón. Sin embargo, es la primera vez que participa en un espectáculo de este calibre, con la interdisciplinariedad de talentos como una de las protagonistas. Lleva implicado en la orquesta de la Universidad desde primer curso, pero nunca había tenido la oportunidad de tocar en una zarzuela y, además, hacerlo en el foso del Museo. «Un broche increíble para mi carrera. Es  verdad que al principio era un poco escéptico respecto al proyecto por la gran complejidad de esta obra. Pero esto no me echó para atrás y, una vez integrado, disfruté una barbaridad», afirma Antonio. Al estar situados todos allí, en esa enorme caja de madera, la música no necesita de ningún tipo de amplificador: asciende y retumba por las butacas hasta la última fila.

Quintas, el director, con la mitad del cuerpo fuera del foso y la otra mitad dentro, aunaba el coro con los músicos. «La coordinación es de lo más complicado. No vemos lo que pasa por arriba, así que solo sabemos cuándo entrar siguiendo la batuta», cuenta Antonio, que explica también que para conseguir ese orden se requiere mucha exigencia.

Durante la representación, hay un momento en el que un personaje del foso se asoma e interactúa con los actores: «Hola, ¿cuándo vamos a poder merendar?». El propio Quintas desaparece en una ocasión y provoca un retraso en el ensayo y, una vez de regreso en su puesto, pone la excusa de que había mucho atasco para llegar. Estos elementos metateatrales suponen una novedad para algunos instrumentistas,  cuya experiencia se limitaba a conciertos con una orquesta. «Ahí abajo, en el foso —dice Antonio—, las risas están aseguradas nada más empezar. Son graciosos los sonidos extraños que debemos hacer a lo largo de la zarzuela; como cuando se imita el ruido del viento. Ahí, todos nos ponemos a soplar, no solo los que tienen instrumentos de viento. Eso es bastante gracioso».

 

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Después de muchos ensayos, en el backstage, actores y músicos se   preparan para el estreno. Unos afinan sus instrumentos mientras   otros ultiman el maquillaje o repasan sus líneas por enésima vez.

DEL TEATRO A LA ZARZUELA

Al comienzo de la obra, los ciudadanos hablan de recibir al Año Nuevo. Pocos minutos después este hecho cobra el sentido más literal posible: el Año 1889 —representado por Álvaro Chiva, alumno de 4.º de Periodismo y Filología— es el protagonista. La mayoría de actores tiene varias capas: cambian de personalidad en diferentes ocasiones, entran y salen del ensayo de forma constante, mientras resuenan las risas de muchos. «La zarzuela es para todos, y por eso hemos intentado acercar este género a los estudiantes, a quienes  tal vez les queda un poco más lejos», comenta Álvaro Dawid, alumno de 5.º de Historia y Periodismo. Director del grupo de teatro universitario Mutis por el Foro, ha participado en una decena de obras a lo largo de su carrera.

Su rol: director de la zarzuela. Aparece por primera vez cuando Neptuno, el causante de las inundaciones, se olvida de salir a escena y todos se ponen como locos, mostrando que la situación resulta una tomadura de pelo. «En los ensayos había mucha broma con este tema —comenta Dawid—, corría el rumor de que con nuestros papeles, como el de Vicente Martínez —organizador del evento—, se estaba cumpliendo nuestro destino. Algo así como que la realidad se correspondía con la ficción». En la representación, es uno de los personajes más cómicos. Recorre el escenario de extremo a extremo en una bicicleta y con una mochila de Glovo a la espalda, se frustra con el caos que provocan sus actores y, como bien dice en una escena, necesita desesperadamente un café. «En los ensayos nos divertíamos con la idea de que sufríamos síndrome de Estocolmo. Eran exigentes, pero no podía gustarnos más lo que hacíamos», afirma Dawid.

 

La obra comienza con unos jornaleros que recorren el pasillo entre las butacas del público advirtiendo de unas grandes inundaciones en la ciudad

 

LA MÚSICA DE ARRIBA

En los bordes del escenario sobresalen unas pequeñas gradas donde, con sus respectivos paraguas, se encuentran los coristas. En su primera intervención las voces entonan la canción popular La Virgen de la Cueva. Al tiempo que cantan son extras en el reparto de actores, miembros de la ciudadanía e incluso interactúan con los actores. Entonces, Quintas alza la batuta, ahí es donde dan lo mejor de sí. «No estamos acostumbrados a bailar y actuar —afirma Ana Rábade, alumna de 3.º de Literatura y Escritura Creativa—. En los primeros ensayos, muchos parecían troncos bailarines». Viene de México y lleva tres años formando parte del coro. «No sabía lo que era una zarzuela, pero da igual, yo me apunto a todo lo que encuentre, siempre y cuando haya que cantar», comenta ilusionada. La zarzuela nace a comienzos de curso, pero los miembros del coro no se integraron hasta enero, tres meses antes del estreno. «Se nos hizo muy difícil al principio —declara Ana—. Los actores llevaban muchas semanas practicando y parecía que nosotros lo hacíamos mal a su lado, pero con unos cuantos ensayos nos pusimos al día».

Desde que el coro se zambulló en el proyecto, surgieron dudas sobre el posible éxito de la zarzuela: «Sí, hubo preocupaciones dentro del grupo. Muchos no sabían si al final iba a funcionar —dice Ana—. Algunos no conocían lo suficiente el género y pensaban que era demasiado ambicioso. Y a otros simplemente les parecía que tenía un nivel de exigencia muy elevado. Varios que no lo veían muy claro acabaron por rechazar los papeles. Pero al final los que nos quedamos acabamos amando la zarzuela».

 

Los habitantes de Pamplona celebran la llegada del Año 1889, que saluda con un paraguas y un maletín blancos

ENTRE COSTURAS

En el fondo del escenario, una pantalla de unos siete metros acompaña a los artistas. Una sucesión de imágenes en movimiento creadas al estilo collage se funde con las diversas escenas. Los alumnos del grado en Diseño se han encargado del vestuario, el video-collage y la estética de toda la obra. Juan Roquette, profesor de la Escuela de Arquitectura, ha sido mentor en esta tarea. «La finalidad era dar a los estudiantes una base para la comprensión de la escenografía como herramienta creativa en sí misma —afirma—, y no como un mero canal de representación de otra idea ajena».

Los trajes que llevan los personajes están ambientados en la época de la obra original de Chueca y Valverde. Reflejan la España del momento, algo que demuestra una gran labor de fondo en la investigación de las zarzuelas del siglo XIX. Además, los 41 estudiantes contaron con la ayuda de Liuba Cid, que se ocupó de la dirección visual. «El proceso que los alumnos han seguido resignifica el valor de la cultura creativa de los estudios de grado», comenta. Pañuelos, trajes, vestidos, los propios paraguas… Todo este trabajo de diseño empezó en los talleres a comienzos de curso. 

Después de pasar por una infinidad de complicaciones —peleas con el pueblo, tormentas, discusiones con políticos…—, el Año 1889 consigue que Neptuno, causante de las inundaciones, entregue su poder a la gente para que pueda volver a su vida normal. Así, el Año Nuevo ha logrado darle al pueblo lo que más quiere y necesita. Ya no hay crisis, la fiesta regresa a las calles de Pamplona, y esperemos que la factura de la luz —asunto recurrente a lo largo de la obra— comience a bajar. Los paraguas ya no son necesarios porque la lluvia ha cesado y el sol vuelve con la llegada del Año Nuevo, el astro se desliza por la enorme pantalla con un rostro de esperanza. Fin del último acto, se baja el telón. Aplausos.