Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 710

Hopkins: la hondura, la poesía

Texto: Joseluís González [Filg 82], profesor y escritor

Con un estilo diferente al de sus contemporáneos victorianos, la obra del londinense Gerard Manley Hopkins (1844-1889) se publicó treinta años después de fallecer. Reconocido desde el primer tercio del XX, sus poemas aún se reservan las incógnitas del misterio.


En el marzo inglés de 1879, a un hombre de treinta y pocos años, de no demasiada estatura, culto, hipersensible, le llenó de aflicción adivinar las consecuencias de un hecho que a otros no les hubiera dejado tan estremecido el interior. Habían talado inmisericordemente unas hileras de chopos que alargaban la perspectiva del Támesis, donde el curso del río se estrechaba. Era cerca de Oxford, en un pueblecito llamado Binsey, próximo a la universidad donde él se había formado. Habría recorrido, quién lo iba a dudar, multitud de tardes paseando desde su Balliol College, uno de los centros oxonienses más exigentes, aquel trayecto amable de unas dos millas. 

No era solo el espectáculo del deforme paisaje de esos troncos destronados, ni se trataba de añorar lo que ya no existe, la fúnebre pero clásica elegía de echar de menos lo que los ojos (cercenados) no van a volver a encontrar. La verdadera emoción de sentir aquello desamparado de árboles llegaba de constatar que otros no podrían contemplar esa belleza esbelta de los álamos. Había disminuido de pronto la hermosura del mundo. Le producía dolor. Aquel hombre joven era sacerdote, de la Compañía de Jesús. Converso. Y además un poeta portentoso. Innovador y difícil en la forma. Majestuoso de música en sus versos. O haciendo que chirriaran. Penetrante en imágenes y en sugerencias. Es decir, el grado supremo de la exultación, de la alegría más ilimitada. O del desconsuelo. Pero que no podía escribir sin permiso. Despreocupado por publicar sus papeles, los enviaba a uno de sus mayores amigos y compañero de campus, Robert Bridges. Aquellas impresiones líricas descendían hasta las honduras —descienden aún hasta mayores honduras— pero devuelven la certeza del alma, el hermosor de la arboleda y de amar aunque derroquen un séquito de Populus alba, centinelas de todas las orillas. Escribió «Binsey Poplars». El primer poema —perdonen la confidencia— que conocí de Hopkins. Gerard Manley Hopkins (1844-1889). «My aspens dear, whose airy cages quelled, / Quelled or quenched in leaves the leaping sun, / All felled, felled, are all felled». Leí la traducción del doctor Abelardo Moralejo Álvarez, cirujano y devoto de este poeta inglés. Bastantes veces. Luego, me senté ante el ordenador para buscar a alguien que recitara «Binsey Poplars». Di con una voz grave que recuperaba la vida y la melodía o la aspereza de las dos estrofas. Después corrí a hacerme con un ejemplar de la edición bilingüe de Poemas completos preparada en 1988 por Manuel Linares Megías.

La emoción debe ser el origen, el manantial, de la poesía auténtica. Nuestros clásicos decían venero y hoy podría decirse motor o propulsión. Da igual: suele notarse si un poema brota de verdad de ahí dentro. De la conmoción. Del trastorno en las entrañas. De las fragosidades de algún día del alma. «Inspiración» la llaman muchos otros. No lo sé. Un adolescente puede, una tarde desierta, reflejar los restos de su corazón resquebrajado por un desamor. Quizá transfiera en líneas frenéticas de escritura que no llegan hasta el margen derecho esa impresión de derribo de la vida. Pero el sentimiento necesita estar acompañado, la escolta, de la calidad literaria. Versos veraces pero que suenen nuevos. Aquel jesuita de espíritu vivaz, que sabía dónde podía descansar su corazón, que valoraba la belleza física de la realidad y la realidad bella de cada criatura o circunstancia, casi redimía la inclinación del ser humano a destruir la naturaleza y sus prodigios. La naturaleza es una plegaria.

Quizá aquella madera de chopos se empleó para contribuir al progreso de una industria entonces en auge: el ferrocarril. Puede que para concretas y útiles zapatas de frenos. Los avances acostumbran a necesitar alguna desaparición. 

De todos modos, un poema lo hacen primordialmente las palabras. Y las imágenes y su melodía o su disonancia. Frágil y resistente a la vez. Las imágenes son muchas infrecuentes: las ramas de los álamos eran como jaulas del aire. Sus sombras y sus líneas cruzándose formaban sobre el agua una especie de correas de sandalias, mecían un moverse de pies semidescalzos. Y para expresar la intensidad del dolor, el poeta te pone delante un pinchazo de espina que se te hunde dentro del globo ocular. Duele.

«Binsey Poplars» permaneció inédito hasta 1918. Es decir, casi cuatro décadas oculto. Que Hopkins no viviera en exclusiva para su poesía lo engrandece más.

 

Hopkins en español

 

El jesuita Manuel Linares Megías reunió la edición bilingüe de Poemas completos (Mensajero-Deusto) con la advertencia de que traducir la poesía de Hopkins es una temeridad. Sobresaliente es la versión de José Julio Cabanillas de once Poemas (Renacimiento) y del célebre «The Wrech of the Deutschland», el naufragio en que fallecieron en diciembre de 1875 cinco monjas franciscanas. En su orientador prólogo Cabanillas apunta que Hopkins no ve la naturaleza anticipando su decaer sino «en trance anticipado de su más completa glorificación». Preparó también una traducción Carlos Pujol, de la que, por desgracia, aún no he conseguido encontrar un ejemplar.

 

En Verdad y belleza: la pasión de Gerald Manley Hopkins (2019) Gabriel Insausti enmarca la figura del escritor y ofrece sugerencias de comprensión: su capacidad minuciosa de percepción y de contemplación, dilatada por estar educado y dotado para las artes plásticas, haber asimilado vías de pensamiento y de concepciones filosóficas y espirituales. 


 

Hopkins y un español

 

Sus superiores le encargaron escribir un poema —que se comprendiera a la primera— con motivo de la canonización de un jesuita lego, el segoviano Alfonso Rodríguez (1532-1617), comerciante que al enviudar joven y quedarse sin hijos pidió ingresar en la Compañía. Fue casi medio siglo portero del colegio de Palma de Mallorca. Llevaba equipajes, entregaba la correspondencia, se ocupaba de encargos humildes. Después de morir, sus escritos revelaron que Alfonso creía que cada persona que aparecía por la puerta era Cristo. El soneto empieza así: «Honour is flashed off exploit, so we say». Es perfecto.

 

 

 

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