Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 705

Cecilia Paredes: un viaje a la sensibilidad humana

Texto: Fátima Rosell Fotografía: Manuel Castells

El dolor del exilio, el desgarro de la culpa y la fuerza de un deseo son algunas de las emociones que la artista Cecilia Paredes plasma en sus creaciones. Su exposición «El no retorno» en el Museo Universidad de Navarra resumió los últimos veinte años de su trayectoria.


NOTA: Puede ver las imágenes a toda pantalla en la fotogalería de la columna derecha (al pie en dispositivos móviles).

1. El Deseo (2018)

[Foto arriba] Se trata de una cinta de papel continuo en la que Cecilia Paredes ha transcrito los deseos que los feligreses de una parroquia limeña escribían a los santos, y que después ha ido aumentando con los de quienes han visitado sus exposiciones. El experimento revela que nuestros anhelos son todos muy parecidos: perdona mi ingratitud, que llegue a grande, que los jueces sean flexibles, salir pronto de mis deudas, no ser mezquino, sana a mi esposo, líbranos del enemigo malo. La instalación cuelga del techo en una especie de nube, como el humo del incienso que en las procesiones de Guatemala pretende hacer llegar más rápido al cielo las oraciones de los hombres.

 

2. Manto (2012 - 2015)

 

Muchas de las obras de Cecilia Paredes se generan a partir del hallazgo, casi siempre fortuito, de elementos que devienen fuentes de inspiración. En 1995 recogió pedacitos de coral de las orillas de una playa después de una tormenta tropical. Los engarzó con hilo de cera y alumbró un manto flotante y cobrizo que recuerda a una extraña criatura abisal, simultáneamente marina y terrestre. Se trata de una pieza en la que son fundamentales la situación en sala y la iluminación. Esta escultura instalativa incide en el desarraigo del viajero que, como esos pequeños organismos, ha sido arrancado de su entorno.

 

3. Quetzalqoatl (2015)

 

En esta instalación, Paredes construye una enorme capa de plumas teñidas. Es una pieza funeraria y punitiva que quiere ser la piel de la serpiente emplumada precolombina, un dios creador y destructor bajo cuyo manto aquellos cuarenta y tres estudiantes desaparecidos no pudieron guarecerse. Es un grito de indignación contra el Gobierno de México que no ha podido o no ha querido resolver ese crimen. «No se comprende que esos padres reciban amenazas por indagar sobre sus hijos», dijo la artista. «Por eso, mi serpiente está de duelo». Al crear este muro de plumas, Paredes pensaba también en Príamo pidiéndole a Aquiles el cadáver de su hijo Héctor. «Me eriza la piel la simetría con el reclamo de los padres de los desaparecidos».

 

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En una iglesia de Lima, los feligreses anotan sus plegarias en papelitos que dejan en urnas de metacrilato a los pies de las imágenes de los santos. Cecilia Paredes (Lima, 1950) recogió todos esos ruegos que gente muy diversa escribió en la intimidad y confirmó la ternura de los niños, nuestra necesidad de sentirnos amados, la ubicuidad de la experiencia del deseo. «El ser humano quiere cosas que son increíblemente universales», afirma la artista. Aquellos anhelos callados ondearon suavemente en una sala del Museo de la Universidad de Navarra. Entrelazados por la creadora en la instalación El Deseo —una única cinta que es «como un mantra»—, invitan a reflexionar sobre la fragilidad de la existencia. 

La inquietud principal de la muestra, titulada «El no retorno», que reúne obras de fotografía, escultura, dibujo, fotoperformance y arte sonoro, es lo que Paredes llama la «migración íntima», la búsqueda de cada ser humano de su camino en la vida. En ese viaje asoman sentimientos como la culpa, el dolor de la pérdida o el sufrimiento del desarraigo, que emergen sobre todo de su biografía. Cecilia Paredes nació en Perú, donde inició sus estudios de Bellas Artes en la Universidad Católica de Lima. Desarrolló un intenso activismo político que terminó por llevarla al exilio en México en 1983 —una «migración forzada», dice ella—, donde vivió durante cinco años. Viajó luego a Roma para continuar su formación en la Scuola del Nudo y después se trasladó a Costa Rica. Allí residió durante veinticuatro años, estableció una relación íntima con la naturaleza —«Yo me envolví en las flores de Costa Rica como otros se envuelven en su bandera»— y cayó en la cuenta de lo que significa el desarraigo. «La orquídea es una flor de raíces aéreas», señala. «Como yo, que soy una migrante».

Desde 2005 tiene un pie en Filadelfia, donde es profesora invitada en la Universidad de Pensilvania, y el otro en Lima. «La migración —reconoce— es uno de los actos más dolorosos que una persona puede sufrir. Yo salí exiliada de mi país y, hoy por hoy, padezco las cicatrices, como de alguna manera las deben de sentir mis hijos». Y una vez que se sale de la propia patria, ya nunca se vuelve: «Cuando uno parte de un sitio, lo añora y regresa, no es ya el mismo sitio. Cambió el país, se fueron los amigos, terminó la infancia. No hay retorno».

 

 

Los alumnos del Máster en Estudios Curatoriales colaboraron con Paredes en el desarrollo de sus instalaciones | MANUEL CASTELLS 

 

Blanca Berlín, la comisaria de la exposición, señala una particularidad de la obra de Paredes: parte de un hallazgo desde el que se siente llamada a hacer una obra de contenido evocador. «Cuando algo me habla, me lo llevo a mi taller», responde la artista. Recoge los elementos de la naturaleza, en especial los desechados; los cuida y embellece hasta que logra convertirlos en creaciones sugerentes. Su proceso arranca en esos objetos con los que muchas veces no sabe qué hacer, y tiene un punto de partida en la poesía, la historia y la mitología. «Si encuentro huesos, lo conecto con Perséfone, su lucha entre la vida y la muerte, su pelea por salir del inframundo». Esos despojos estaban «esperando a que los convierta en obra», cuenta. Con trocitos de coral tomados tras una tormenta de una playa costarricense hiló un gran manto; con plumas de gallina teñidas a mano creó un mural; en su producción Animal de mi tiempo, ella misma toma la forma de un armadillo, un pavo real o un papagayo. 

Las piezas de «El no retorno» tienen una belleza casi mística, que atrae al espectador, pero basta con levantar un poco el velo para descubrir un mensaje político y social duro. Por eso la artista recuerda que alguna vez han calificado su arte como una «metralleta con funda de terciopelo». Más allá de la fuerza estética de unas plumas tornasoladas, en Quetzalcoatl el observador atento descubre al dios azteca protector del conocimiento, el que debería haber cuidado de los cuarenta y tres estudiantes mexicanos desaparecidos de Ayotzinapa en 2014

Para la instalación de «El no retorno», el Museo se desvistió por completo y durante casi un mes Cecilia Paredes creó sus obras in situ y las colocó de la manera más apropiada. En el proceso le ayudaron tanto los técnicos de instalación del centro como los alumnos del Máster en Estudios Curatoriales. El primer día, Paredes les dijo: «Aunque les parezca mentira, esto va a ser trascendental. Porque así es el arte. El arte te cambia, te conmueve la vida». Junto con la artista, los estudiantes hilaron el manto de coral, cosieron las plumas de gallina, desarrollaron el proyecto de un modo abierto para que el proceso creativo fuera transitable. «Enseñar me mueve y me conmueve», reconoce la creadora. «Hemos trabajado durísimo; yo he aprendido mucho, y creo que ellos también».

 

La otra cara de Cecilia Paredes

 

 

La obra de Cecilia Paredes abarca muchos formatos, técnicas y estilos. Quizá lo más reconocible de la artista —lo más paredesiano de Paredes, si se puede hablar así— son sus fotoperformances. Estas piezas son fotografías muy coloristas en las que la autora aparece camuflada con tejidos o pintura corporal sobre un fondo con motivos idénticos a los que lleva sobre sí misma. El disfraz es una forma autobiográfica, para ella, de vivir la necesidad de la defensa y el ocultamiento, al mismo tiempo que el adorno espectacular que se vuelve máscara y esconde la propia intimidad. Algunas obras de esta serie también formaron parte de «El no retorno», una exposición que, junto a esta faceta de Paredes, mostró una retrospectiva completa de las últimas dos décadas de su creación artística.