Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Nueve lecturas para compartir la esperanza

Texto Josean Pérez [Com 93]  

La narrativa norteamericana de las últimas décadas está atravesada de modo clarividente y casi obsesivo por la ruptura con los valores culturales del pasado instalada en conceptos como la pérdida, la soledad o el desarraigo. Sin embargo, cabe una interpretación esperanzada de esa literatura. La lectura reflexiva de estos autores se convierte así en un remedio frente a la amenaza nihilista y la creación de una brecha intergeneracional en la transmisión de valores.

 

Piense por un momento en sus abuelos. ¿Ellos y sus coetáneos fueron más fuertes que las generaciones siguientes? ¿Cree que se esforzaron, que se esfuerzan, por vivir de acuerdo con sus valores? Sin entrar en cuáles son esos valores, piense ahora en sus padres: ¿comparten los valores de sus abuelos?, ¿los han llevado a la práctica con la misma coherencia que ellos? O, aunque duela, ¿son sus padres unos hipócritas?, ¿han educado a sus hijos con un discurso heredado que no cumplen?

Esta batería de preguntas puede ayudar a presentar la quiebra en la transmisión de los valores, la comprensión de que las “instrucciones de uso para la propia vida” recibidas de las generaciones anteriores ya no sirven hoy. Esta ruptura se ha acotado en EE. UU. con algunos acontecimientos entre 1960 y 1974. Cada cual elige sus hitos: ¿la comercialización de la píldora?, ¿la amenaza nuclear?, ¿la lucha por los derechos civiles?, ¿el asesinato de J. F. Kennedy?, ¿la carrera espacial con la meta en la Luna?, ¿Woodstock?, ¿la caída del patrón oro?, ¿el primer ascenso a los cielos del precio del petróleo?, ¿Vietnam?, ¿el Watergate y la dimisión de Nixon? El revisionismo de este periodo es un lugar común. Entre 1988 y 1993, la teleserie The Wonder Years cumplió el repaso entre 1968 y 1973; la película Forrest Gump (1994) abrió el abanico a 1945-1982; no chirría estudiar a Superman (1938), Batman (1939) o Capitán América (1941) como defensores del clásico american way of life —antes de que el cine los atormentara— cuestionado por el universo Marvel de Los cuatro fantásticos (1961), X–Men (1961), The Hulk (1962), Spiderman (1962); hasta el wéstern clásico, que resucita la épica con héroes guiados por unos códigos de honor inquebrantables, se enfrenta desde los sesenta a la criatura del spaghetti western.

Con semejantes antecedentes, resulta claro el cambio de comportamientos y prioridades que muestra la cultura de Estados Unidos. Quizá el ámbito literario resulte particularmente interesante, ya que muchos escritores de gran calidad han abordado en el último medio siglo la pérdida en la transmisión de los valores culturales, la falta de raíces y sus consecuencias. La cultura madrastra de Occidente —la estadounidense— ha exportado ese clima intelectual, y es muy valioso el conocimiento de esta literatura del desarraigo, sobre la que cabe una guía esperanzada.


CARVER FORD, DIDION. LOS VALORES EN CRISIS

Elegir tan solo ocho relatos y una crónica libera de explicar por qué se descartan miles de buenos relatos y crónicas, pero obliga a aportar algún porqué de la selección. Nadie decía nada (1970), de Raymond Carver (1938-1988), ofrece un testimonio contundente del cambio de valores vivido desde dentro en The Wonder Years. En una familia con un matrimonio en crisis y dos hijos, el mayor, absorbido por la adolescencia, finge un malestar para faltar a la escuela y, en vez de quedarse en casa, se escapa a pescar, la actividad que ha compartido con su padre. Tras coger una trucha (verde) se junta con un niño para lograr capturar con muchas fatigas una trucha enorme (fea y delgada). El drama del reparto del pez entre los chicos termina con el adolescente de vuelta a casa victorioso con la mitad que tiene la cabeza de la trucha… Se encuentra a sus padres en medio de otra discusión, pero él reclama su atención para mostrar el medio pez que provoca espanto y rechazo. Y se adivina el futuro de la familia y del adolescente.

Un párrafo enigmático casi interrumpe la trama del relato: «Hacía buen tiempo. Era otoño, pero todavía no hacía frío más que por la noche. Por la noche encendían los potes del humo en los huertos, y a la mañana te despertabas con un aro de hollín en las narices. Pero nadie decía nada. Decían que el humo impedía que se helaran las peras tiernas, así que había que hacerlo». Hay contención en estas palabras. «Había que hacerlo», aunque pareciera falso, aunque no estuviera demostrado. Al final del relato es evidente y triste que el orden establecido no tendrá continuidad.

Cuando Richard Ford perfila a su amigo Carver en «El buen Raymond» (1998) y rememora el pasado compartido con él, se refiere a los «pasados comunes y en algún momento borrados» de sus padres y a que Carver y Ford sabían que coincidían en una especie de «existencialismo de las praderas». Escribe Ford: «El hecho de que tener o no tener trabajo era un asunto esencial; que la mala suerte acechaba y se apoderaba de ti cuando menos preparado estabas; que aquellos a quienes amabas eran importantes y que el matrimonio era un compromiso humano fundamental expuesto a impresionantes debilidades; que los niños eran una bendición compleja porque había que procurarles casa y comida, pero sobrevivían a los padres como gesto de gratitud; y que marcharse de un lugar a otro solo cambia el escenario, no lo que uno es». Carver y Ford, aún con la huella del aro de hollín en las narices, presentan el otoño de esos valores todavía reconocibles en los relatos del etiquetado realismo sucio.

Por su parte, en otra descripción de principios antes comúnmente aceptados, la nuevoperiodista Joan Didion escribe en la crónica Canción de amor (1965) sus páginas más bellas dedicadas a John Wayne  y a los ideales perdidos al rememorar el encuentro con el actor en un rodaje, en 1943, cuando era una niña: «Cuando John Wayne hablaba, sus intenciones eran inconfundibles. [...] En un mundo que enseguida nos dimos cuenta de que estaba caracterizado por la corrupción y las dudas y esas ambigüedades que lo paralizan a uno, él sugería un mundo distinto: [...] un lugar donde uno podía moverse con libertad, crear sus propios códigos, y regirse por ellos; un mundo en el cual, si un hombre hacía lo que tenía que hacer, un día podía coger a la chica, cabalgar a través del tiroteo y llegar indemne a casa, no a un hospital con algo malo dentro del cuerpo, no a una cama elevada rodeada de flores y fármacos y sonrisas forzadas, sino al recodo del río luminoso, con los álamos resplandeciendo bajo el sol de la primera hora de la mañana».


Empezando por la izda. Raymond Carver, Joan Didion y Jhumpa Lahiri.
 

WALLACE FRANZEN. LA «GENERACIÓN QUEMADA»

Los escritores estadounidenses que practican el realismo en la sociedad en la que viven, más allá de un retrato social certero de EE. UU., empiezan a convertirse en profetas de la realidad, precisamente a medida que la literatura queda desplazada de la cultura popular. Esa es la primera ironía. La segunda será la conciencia tardía de que los mensajes de los escritores no llegan a la sociedad, sino a una élite que a menudo no necesita saber esas ideas, porque ya las conoce o porque no le serán útiles. Sobre esta paradoja de falta de sentido de la literatura reflexionan los amigos David Foster Wallace (1962-2008) y Jonathan Franzen (1959), los portavoces más sobresalientes de los nacidos en torno a los años sesenta o setenta, Generación X o Quemada —en la hornada que la británica Zadie Smith reúne en la antología de relatos The Burned Children of America (2003)—. En vísperas del cambio de siglo, en sus obras tratan de encontrar una salida viable a la pregunta del ensayo de Franzen: «¿Por qué molestarse?» (1996): «Te preguntas: ¿por qué me tomo la molestia de escribir estos libros? No puedo fingir que la corriente dominante escucha la noticia que debo comunicarle. No puedo fingir que estoy subvirtiendo nada, puesto que cualquier lector capaz de descodificar mis mensajes subversivos no necesita oírlos».

Puede leerse al Wallace del ensayo «E unibus pluram: Television and U.S. Fiction» (1993) como abanderado de un grupo de escritores. Chuck Palahniuk (1962), A. M. Homes (1961), Dave Eggers (1970) y Wallace aceptan la derrota del libro en la cultura popular, pero escriben por el afán de seguir señalando el lado oscuro y fuerzan los límites de la literatura. A menudo la situación, en una suerte de presente suspendido, pesa más que el personaje, un individuo sin pasado o con un pasado roto en una sociedad que se le hace extraña. Ante la duda, la desesperanza está escrita en el relato de Wallace que da nombre a la generación: «Encarnación de una generación quemada».

 

Los escritores estaounidenses que practican el realismo en la sociedad en la que viven, más allá de un retrato social certero de EE.UU., empiezan a convertirse en profetas de la realidad, precisamente, a medida que la literatura queda desplazada de la cultura popular

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PALAHNUIK Y HOMES. EL VÍNCULO PERDIDO Y SU BÚSQUEDA

Chuck Palahniuk es lapidario en su juicio de la sociedad y egoísta en los motivos de la escritura. En Introducción: realidad o ficción (2004) dice: «Por si no os habéis dado cuenta, todos mis libros tratan de una persona solitaria que busca alguna forma de conectar con los demás». Afirma que se alimenta del contacto con la gente, escribe historias reales y, luego, cuando estas historias han madurado lo suficiente, salta a la ficción; de la soledad al grupo, del grupo a la soledad; de la ficción a la realidad, de la realidad a la ficción. Palahniuk busca grupos que han establecido un vínculo, sea la lucha grecorromana o chocar cosechadoras; grupos que, según él, «vienen a cumplir las funciones que antes desempeñaba la religión organizada». No habla de fe, sino del aspecto de unión social disuelta.

«La lección china» de Amy Michael Homes, en Cosas que debes saber (2002), muestra de modo perturbador la ruptura del desarraigo, tanto para quien renuncia voluntariamente a sus raíces como para quien las perdió en su propia familia «sin orientación ni amor». Geordie busca por su nuevo barrio, de noche, con un
aparato localizador luminoso a su suegra, la señora Ha, una anciana china a quien sus hijos —Susan y Ken— han implantado un chip localizador. La encuentra en los columpios y la lleva de vuelta a casa. Geordie está casado con Susan, una china americana arquitecta que tiene como primer propósito no ser china; representa a la self made woman que ha decidido ser estadounidense y reniega de su tradición. Geordie no tiene raíces en su propio país. Se le ha privado de tradición. Su bar mitzvah —el rito judío que marca el paso a la mayoría de edad— quedó relegado ante el divorcio de sus padres; siendo hijo único, no conoció el amor de sus progenitores y se enamoró de las familias de las chicas con las que salía. Encontró en Susan algo reconocible: la falta de calor, el vacío, la ausencia. Y se casó con ella. Pero la situación se hace insostenible para Geordie; quiere algo que dé sentido a su vida y se lo dice a Susan:

«—Quiero algo —confieso.

—¿Qué quieres?

—No lo sé —digo—. Más, quiero algo más.

Pienso en un vínculo, quiero un vínculo.

—Quieres algo que no tengo —me contesta».
 

Ethan Canin y Ami Michael Homes.
 

CANIN, GAUTREAUX, BERLIN. EL PASADO DA SENTIDO AL PRESENTE

Y puede leerse a Franzen, Chabon, Moore —Lorrie, no Michael— o Canin teñidos de un realismo trágico con interés en la reconstrucción de un mundo que ha perdido sus valores y que se apoya en personajes con un pasado determinante. Quizá el más clásico sea Ethan Canin (1960). Su preocupación por dar sentido al presente de sus protagonistas explorando en su trayectoria previa se evidencia desde el comienzo de casi todos sus relatos. El de El emperador del aire (1988) es ejemplar: «Permítanme presentarme. Tengo sesenta y nueve años, vivo en la casa en la que crecí y he sido profesor de Biología y Astronomía en el colegio secundario del pueblo durante tantos años que he dado clases al nieto de uno de mis alumnos. Uso el reloj de pulsera de mi padre, que me dice que son las cuatro y media pasadas de la mañana y aunque antes no lo creía así, ahora pienso que la esperanza es la esencia de los hombres buenos».

El personaje de Canin es un hombre viejo que, separado de su mujer por unas vacaciones a las que ha tenido que renunciar por una crisis cardiaca, entiende su final cercano y descubre la plaga que amenaza al olmo de más de doscientos años de su jardín, y que el vecino, Pike, quiere talar para que la enfermedad no se propague. El presagio del fin se cierne al mismo tiempo sobre el olmo y el profesor, que liga su pasado al árbol. La sorpresa final llega cuando el profesor descubre de noche en el jardín de su vecino a Pike explicando a su hijo Kurt las constelaciones en el firmamento, el padre señala e inventa los nombres sobre la marcha: la Cola de la Sirena, el Monte Olimpo y el Emperador del Aire. El viejo profesor y su señora decidieron no tener hijos, pero esa noche, con el Cisne y Pegaso en el cielo, el anciano entiende el valor de la transmisión del amor. Padre e hijo entran en casa y él los espía desde una ventana. Miran la televisión sentados en un sofá. «El señor Pike había posado la mano sobre el hombro de Kurt. Cada tanto, cuando lo visto en la pantalla los hacía reír, alzaba la mano para revolverle el pelo, y bruscamente me embargó la misma sensación que al cruzar el río Misisipi».

El bajo Misisipi de Luisiana es el escenario del relato «Ranas en la acequia» publicado en la colección El mismo sitio, las mismas cosas (1996). Su autor, Tim Gautreaux (1947), parece un anacronismo en el etiquetado de generaciones (X, Y), pero los abuelos no dejan de escribir mientras pasan las letras que identifican edades y algunos no renuncian a sus valores, a la llamada de su conciencia. Los verdaderos protagonistas del relato, los ancianos Fontenot y Lejeune, coincidirán en la educación de su nieto, Lenny, y de su sobrino, Alvin, como guardianes de la tradición, ante el abandono de la generación intermedia. El pasaje en el que el viejo Fontenot reclama a su nieto que recapacite, que escuche su conciencia, es revelador:

 

«—¿Te acuerdas de lo que te dijo una vez la hermana Florita en la catequesis? Que si cierras los ojos antes de ir a confesarte, tus pecados hacen ruido.

Lenny cerró los ojos.

—¿Ruido?

—Chillarán como ranas en una acequia al atardecer.

—Sí, claro —dijo Lenny riéndose y elevando los ojos bajo los párpados cerrados—. Pero es que yo no oigo nada. —Abrió los ojos y miró al viejo.— ¿Para qué me voy a confesar si no oigo nada?

Su abuelo se levantó y dio un resoplido.

—Pues sigue escuchando».

 

La vigencia de la experiencia vivida trasciende los relatos de corte autobiográfico de Lucía Berlin (1936-2004) para acceder a una comprensión de la realidad sin rencor, con la experiencia del dolor y del amor realista como parte de la vida. Dos libros imprescindibles de éxito reciente reúnen una selección incompleta: Manual para mujeres de la limpieza (2016) y Una noche en el paraíso (2018). En el primero, «Y llegó el sábado» (1999), la voz de un viejo presidiario, Chaz, cuenta el paso de los días y el desarrollo de un taller literario en prisión —se adivina a Berlin como la señora Bebins encargada del taller— y el final inexorable de CD, el mejor alumno, preso por violar la condicional, que espera la libertad para vengar la muerte de su hermano, como un héroe condenado a la tragedia. En el segundo, «Guardas de nuestros hermanos» (1993), Berlin da la vuelta al clásico relato de resolución de crímenes; no se trata de un ejercicio de inteligencia, sino de amor: la protagonista y narradora, alter ego de Berlin, que trabajó limpiando la casa de Sara, revisa diez años después el asesinato de su empleadora, con un examen en el que chillan las ranas de Gautreaux llamando al compromiso con el prójimo, sin importar el paso del tiempo.

 

Puede leerse a Franzen, Chabon, Moore o Canin teñidos de un realismo trágico con interés en la reconstrucción de un mundo que ha perdido sus valores y que se apoya en personajes con un pasado determinante

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Empezando por la izda. Yiyun Li, Lucia Berlin y Tim Gautreaux.

 

LAHIRI Y LI. NARRATIVA ESTADOUNIDENSE Y NARRATIVA EXTRANJERA

Jhumpa Lahiri (1967) —Pulitzer en 2000 con los relatos de Intérprete de emociones o El intérprete del dolor— escucha la tradición familiar. Nació en Londres y se crio desde los dos años en EE. UU., en un hogar hindú. Educada en la narrativa estadounidense, mantiene la unión con sus ancestros. Lo más notable en esa tensión de dos mundos es el valor de la empatía de sus personajes. A veces basta con la mirada amable de un extraño, como ocurre en el final deslumbrante de «Cielo e infierno», de Tierra desacostumbrada (2008), cuando una vecina sale a rastrillar su jardín de hojas, saluda a la protagonista del relato y alude a lo bonita que es la puesta de sol: «Veo que llevas un rato contemplándola». A veces la esperanza llega cuando alguien te ve esperando algo.

La obra de Lahiri  anuncia la llegada de narradores extranjeros y sus tradiciones como una posibilidad de nuevos vínculos para la literatura estadounidense quemada. Una señal de esta tendencia fue la notable presencia de escritores no estadounidenses en la segunda selección de la revista Granta de los mejores autores jóvenes de EE. UU., en 2007. Un tercio de los veintiún elegidos habían nacido o crecido en el extranjero, frente a los dos de la selección de 1996.

En A Thousand Years of Good Prayers Los buenos deseos— (2005) de Yiyun Li (1972), procedente de China, instalada en EE. UU. desde 1996 y grantada en 2007, ofrece precisamente aquello que Geordie necesitaba en La lección china, aquello que pedía y no podía encontrar por sí solo: un vínculo. Li fía el vínculo de sus personajes, anacrónicos y fieles, a un orden caduco —como Sansan, protagonista de «Amor en el mercado»—, al raro encuentro del amor realista y doloroso.



EL RECODO LUMINOSO DE LA LITERATURA

Cada generación es hija de su tiempo, y los reproches de las generaciones anteriores resuenan para la última como los juicios de los cascarrabias Statler y Waldorf —los vejestorios críticos del palco de los Muppets/Teleñecos—, o los de Wallace y Franzen. Ocupo ocasionalmente el proscenio que me brindan los alumnos de Comunicación como profesor en España. Sé que buena parte de la memoria es algo que se lleva en el bolsillo, que lo digital aporta esa sensación tan gratificante de omnisciencia y de omnipresencia, que no nos basta un personaje virtual, que en un futuro cercano habrá más nicks, más personajes, que personas. Sí, y también sé que los Once tipos de soledad que escribió Yates entre 1951 y 1962 se han quedado cortos en el siglo XXI.

 

Los alumnos, los nietos, los Y o Z, conectan, quizá, porque la lectura compartida con esperanza es un asunto que se escapa de la amenaza caduda de la televisión o de la coincidencia en las miasmas atribuidas al mundo digital

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Los alumnos se sienten interpelados por las preguntas que encabezan este artículo y, a pesar del desfase cronológico, a pesar de que algunos textos recogidos aquí pueden ser lecturas devastadoras en soledad, sin una guía, sin una orientación, la lectura compartida de algunos de estos textos se convierte en una experiencia del presente que enlaza con el pasado. Cuando pienso en cómo responder a la pregunta de Franzen —«¿Por qué molestarse?»—, recuerdo que el propio Franzen, tras la separación de su esposa y otras pérdidas, ya inmerso en el mundo digital y alumbrado por su amor a los pájaros, respondió —como Canin, o Gautreaux, Berlin o Lahiri— con su prédica por el amor realista en el discurso El dolor no os matará (2005).

Antes de pretender subvertir la realidad social o dar gloria a sus autores, la literatura de calidad se escribe para la lectura, que permite enlazar la experiencia personal con una idea valiosa de lo bueno y lo bello. Los alumnos, los nietos, los Y o los Z, conectan, quizá, porque la lectura compartida con esperanza es un asunto que se escapa de la amenaza caduca de la televisión o de la coincidencia en las miasmas atribuidas al mundo digital. Trato de ser fiel a la tradición recibida, a los dones recibidos. Leo para otros, leo con otros, intento cuidar, guardar la lectura, consciente de una deuda que nunca podré saldar con quienes me guiaron hacia el recodo del río luminoso, ni con quienes leen y me acompañan ahora.

 

8+1

 

Nadie decía nada, Raymond Carver (1976)

El emperador del aire, Ethan Canin (1988)

Guardas de nuestros hermanos, Lucía Berlin (1993)

Ranas en la acequia, Tim Gautreaux (1996)

Y llegó el sábado, Lucía Berlin (1999)

La lección china, Amy Michael Homes (2004)

Amor en el mercado, Yiyun Li (2005)

Cielo e infierno, Jhumpa Lahiri (2008)

Canción de amor, Joan Didion (1965) (crónica)