Revista cultural y de cuestiones actuales
Número 709

Populismo y escritores. El caso de Argentina

Texto: Javier de Navascués [Filg 87 PhD 91], catedrático de Literatura de la Universidad de Navarra y poeta Fotografía: EFE

El Gobierno populista de Perón presentaba un rasgo original en sus raíces: la falta de apoyo de los intelectuales.  La brecha entre el poder y la clase culta se amplió debido al cerco que imponía el que mandaba, y porque un grupo de escritores —Bioy Casares, Borges y Cortázar, entre otros— no asumieron una oposición de frente al peronismo.


Los populismos siempre han tenido una relación complicada con los intelectuales. Por ejemplo, Donald Trump y Nicolás Maduro no parecen muy amigos de los libros. Cuando hablamos de Gobiernos populistas, además de Estados Unidos y Venezuela, también solemos citar a Ecuador y Bolivia. No obstante, para conocer mejor los efectos de un Gobierno populista, quizá sea acertado pensar en la Argentina de Perón. El caso de Argentina es sustancialmente original en su raíz. Se trata del primer gran movimiento populista en América Latina que llegó al poder con un impacto transformador de la sociedad y que, sin embargo, no contó con el apoyo de la clase intelectual. Por esta razón puede ser interesante volver a él, en un contexto histórico en el que la crisis de la democracia liberal está dando paso a formas alternativas de discursos democráticos.

El 17 de octubre de 1945 una manifestación multitudinaria tomó el centro de Buenos Aires en defensa de su líder, el coronel Juan Domingo Perón. Medio año más tarde, el Partido Peronista triunfó en las primeras elecciones libres en el país desde hacía más de quince años frente a una coalición de todos los grupos políticos desde la derecha a la izquierda. La mayoría de los intelectuales se expresó públicamente en contra del régimen. A lo largo de sus nueve años de mandato, Perón se limitó a intimidar a la clase letrada y solo de vez en cuando recurrió a la represión violenta. En ese tiempo su Gobierno llevó a cabo reformas radicales sin tener en cuenta la opinión pública culta. Al final, el Ejército, en coalición con las clases medias y la Iglesia católica, destituyó a Perón, quien marchó al exilio. Era 1955 y aparentemente el tirano había desaparecido. Pero algo había cambiado de arriba abajo en la manera de hacer política en su país.

La llegada del Mesías populista

A mediados del siglo pasado, la literatura argentina contaba con una pléyade de escritores sin rival en el mundo hispánico. Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Leopoldo Marechal, Silvina y Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sabato… Para redondear el panorama, ciertas revistas y editoriales poseían un excelente nivel. Todo este ámbito cosmopolita y brillante creció en medio de una sociedad desmoralizada por la cínica rapacidad de sus dirigentes y una subterránea tensión social.

Desde los años treinta la situación política había degenerado rápidamente. La llamada década infame, una democracia manchada por la corrupción y el pucherazo electoral, había roto los lazos entre la opinión pública y el poder. Pese a que el país era favorecido por una recuperación económica amparada por la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, nada detenía el descontento contra los sucesivos gobiernos que nacían deslegitimados.

Todo cambió con la llegada a la Casa Rosada de un carismático coronel. Presidente desde 1946 a 1955, Juan Domingo Perón no solo introdujo decisivas reformas sociales y económicas, sino que
demostró un modo original de explicar sus proyectos, un nuevo discurso político que incluía a los desposeídos y marginados en la construcción del país. Su esposa, la actriz de radioteatro Eva Duarte, Evita, deslumbraba a las multitudes con sus alocuciones, en las que se mostraba como la madre de los desheredados, a la vez que se presentaba como el azote de los oligarcas y traidores a la patria.

El peronismo obtuvo logros sociales hasta entonces impensables: mejora de la calidad de vida de sectores desfavorecidos, avances en los derechos de la mujer, inserción en la vida pública y atención a los derechos de grupos olvidados. A la vez, Perón siempre quiso alejarse tanto de la ortodoxia marxista como del capitalismo liberal. En realidad, fue mucho más ecléctico de lo que algunos creen, pero esto se debe a su profunda raíz populista.

Al principio de su mandato, se abrazaba a la Virgen de Luján y afirmaba la catolicidad de su Gobierno. Años después terminó legalizando el divorcio y mirando hacia otro lado durante la quema de iglesias en Buenos Aires. Lo mismo se podría decir de su política económica, sustancialmente nacionalizadora en sus orígenes, pero que se fue abriendo al final al liberalismo. Este eclecticismo, sumado a la poderosa comunicación con sus fieles, es lo que nos lleva hoy a mirar el reinado peronista como uno de los primeros experimentos del populismo del siglo xx. Era el comienzo de una etapa que atrajo a las masas al centro de la vida política. Claro reflejo de la fascinación que Perón ejerció sobre el proletariado argentino fueron las periódicas manifestaciones de adhesión alentadas durante su mandato. La experiencia de la colectividad masificada, resignificada en la categoría superior de pueblo en los discursos de Perón, marcaba el inicio de una lógica populista de profundo calado que todavía perdura en Argentina.

El peronismo se convirtió en una constelación de símbolos colectivistas de inmenso efecto emocional. En el imaginario de sus seguidores las masas convocadas por el líder representaban la soberanía popular de la nación argentina. Aquí venía el peligro. Cuando un determinado programa político se termina por identificar con el proyecto nacional, es fácil que se produzcan muchos desencuentros en la vida de cualquier país.

En sus discursos, Perón y Evita utilizaban una retórica agresiva que apelaba siempre a una serie de elementos arquetípicos: una comunidad en busca de su unidad perdida; una matriz religiosa asociable al mesianismo; una herida abierta en la sociedad que debe restañarse; el señalamiento de los enemigos internos del pueblo; la regeneración moral basada en la devolución de la soberanía a sus legítimos dueños: el Pueblo. Lo que sucedió en Argentina fue lo esperable en una sociedad en crisis que engendra un discurso populista en busca de su salvación: el problema es determinar quién es Pueblo y quién, vendepatria.

Conmigo o contra mí

Adolfo Bioy Casares, uno de los escritores más importantes de la época, recordaba  así la llegada de Perón, en una entrevista con Fernando Sorrentino: «Todo el mundo estaba en contra del peronismo, de la dictadura… No sé cómo se fue dando vuelta esa situación.  […] Y hay otra cosa: que el peronismo no se notaba. Quiero decir: el peronismo estaba seguramente en las fábricas, en otros lugares… No se notaba entre los escritores, entre la gente que uno veía».

¿Realmente todo el mundo estaba en contra? Perón ganó limpiamente en las elecciones generales de 1946, con un 52 por ciento de los votos, y arrasó en las de 1951, con un 62,4 por ciento. El peronismo existía, claro que sí, y las palabras de Bioy Casares transparentan el abismo entre los escritores de la alta cultura y la realidad cotidiana. Las cifras no mienten. Si Perón consiguió movilizar a millones de personas, es que no «todo el mundo» estaba en contra de él.

En Argentina se cuenta que los peronistas marchaban al grito de «Alpargatas sí, libros no». Leyenda o no, la anécdota ilustra bien el divorcio entre un movimiento popular y las élites pensantes de una sociedad en crisis. Por esta misma razón, el Gobierno chocó con los intelectuales. Todo populismo suele exigir una fidelidad sin recovecos, sin margen para la crítica individual; aquellos que no vibrasen con el nuevo movimiento debían ser apartados. Jorge Luis Borges, en aquel entonces funcionario de una biblioteca, fue trasladado al puesto de inspector de aves y conejos en el Mercado Municipal de Buenos Aires. En consecuencia, renunció a su empleo y buscó otros medios de vida. Desde el poder, la única opción aceptable para el intelectual sería que se asimilase a la lógica totalizadora de la nueva política y se integrase en los proyectos del verdadero intérprete del pueblo: el cuerpo orgánico del Estado.

Al mes de asumir su primera presidencia, Perón no se fue por las ramas: in-
tervino las universidades, se suprimieron las asociaciones estudiantiles, los rectores fueron elegidos por designación presidencial y casi el 70 por ciento del profesorado sufrió una purga por razones políticas. Tras las elecciones de 1946, un joven y
desconocido Julio Cortázar, profesor en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza), desertó de su trabajo, harto del control peronista, y se mudó a Buenos Aires.

El peronismo también trató de influir en el círculo de los intelectuales desde dentro. En 1946 el interlocutor más señalado era la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), un organismo creado en 1928 que estaba dominado por los escritores liberales. Antes de Perón el medio intelectual había experimentado tensiones crecientes entre bandos enfrentados por razones políticas. Lo que algún historiador ha llamado «la guerra civil ideológica» en Argentina fue el resultado de la crisis del sistema democrático que desembocó en una agria polarización entre liberales y socialistas por un lado, y nacionalistas católicos del otro. Las opiniones sobre la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial aceleraron el deterioro interno. La asociación estaba, pues, fragmentada cuando llegó Perón al poder. La SADE, a pesar de su reconocido cariz opositor, sobrevivió hasta que fue clausurada en 1953.

Para contrarrestar la influencia de la SADE, Perón trató de reorganizar el campo cultural a su modo. La Junta Nacional de Intelectuales, por ejemplo, resultó un fracaso; los escritores no querían que los defendiera lo que ellos pensaban que era un Estado fascista. Un destino semejante le esperaba a la ADEA (Asociación de Escritores Argentinos), a la que se adhirieron los minoritarios escritores nacionalistas. Según el novelista Manuel Gálvez, uno de los pocos nombres conocidos de la Asociación, estaba formada, en su mayor parte, por autores de textos escolares. En conclusión: el peronismo, que con tanta eficacia controló los medios de comunicación de masas, no supo atraerse las conciencias de las élites culturales.

Una literatura proscrita

Borges cuenta en sus memorias que un individuo sospechoso asistía a sus conferencias para anotar todo lo que allí se decía y que él mismo tenía un detective que lo seguía a todas partes. La versión que dio Borges de su propia actuación nos lo muestra como un resistente, pero lo cierto es que la programación de conferencias realizada durante la presidencia de Perón resulta más bien aséptica, si la repasamos hoy: Balzac, Melville, T. S. Eliot, Martin Buber, KafkaBorges no era un revolucionario, ni siquiera cuando le irritaba el Gobierno de turno.

En realidad, la práctica de evitar significarse fue habitual en muchos escritores incluso en sucesos realmente graves. Cuando el 15 de abril de 1953, durante una concentración de la plaza de Mayo, estallaron unas bombas colocadas por grupos opositores que causaron cientos de muertos, el Gobierno reaccionó con furia. Las turbas peronistas asaltaron e incendiaron la sede del exclusivo Jockey Club, la Casa del Pueblo, la Casa Radical y el Comité Conservador.

La Policía procedió a encarcelar a miles de personas, muchas de ellas asociadas al sector intelectual. La SADE, atemorizada, guardó silencio, pese a que la aristocrática directora de la revista Sur, Victoria Ocampo, pasó una breve temporada entre rejas. Para ser honestos, los escritores liberales no se caracterizaron por una resistencia épica, empezando por Borges, quien nunca pisó la cárcel, aunque sí su madre y su hermana. De hecho, los escritores antiperonistas o bien renunciaron a publicar sobre política, o bien poblaron sus historias de signos en clave.

Por ejemplo, el cuento «Ragnarök» de Borges es un ejercicio alegórico. Concebido en forma de sueño revelador,  el escritor facilita un escenario reconocible, la Facultad de Filosofía y Letras, donde se celebra un acto político de relieve: la elección de autoridades. De pronto un «clamor de manifestación» irrumpe en el claustro. De la turba emergen cuatro o cinco sujetos de aspecto bizarro, mitad fieras, mitad seres mitológicos. Son «los dioses» que se adelantan a recibir un homenaje. Pero, en cuanto uno de ellos comienza su discurso, empieza a cloquear de forma lamentable. La sospecha cunde entre quienes no pertenecen a la manifestación… Esos dioses parecen más bien maleantes de baja catadura; su apostura no representa a las clases populares «honradas», admisibles para el Borges soñador. No corresponden «a una pobreza decorosa y decente sino a lujo malevo de los garitos y los lupanares del Bajo».

Temiendo que estos personajes ridículos acaben por destruirlos, el narrador y sus compañeros abren fuego contra los intrusos. Se cumple así el Ragnarök: la batalla apocalíptica en la que los dioses serán eliminados, según la mitología escandinava. Las gentes que invaden el recinto del saber, con su aspecto bárbaro («la murga»), transparentan a las masas peronistas. Pero sus líderes, «los dioses», resultan falsos y ridículos; de ahí que sean derrotados.

Borges, firme defensor de la oposición golpista, sugiere que tras la cruel supresión de los dioses peronistas se inaugurará una nueva época para Argentina. El Ragnarök puede muy bien encubrir el golpe de 1955 que acabó con Perón. Este sueño irónico de un antiperonista de pro, con su final abierto y acaso esperanzador para Borges, no tiene piedad con los carnavalescos invasores. El hecho de que la masa aniquilada sea más numerosa que los intelectuales que habitan la Facultad de Filosofía y Letras sería irrelevante.

Perón y Eva figuraban con sus sonrientes imágenes por todos lados: documentales cinematográficos, carteles, programas de radio y hasta manuales en las que los niños aprendían a leer con frases como «Yo amo a Evita». En este clima de propaganda cotidiana, los escritores antiperonistas se sirvieron de la alusión para manifestar su enfado. El célebre cuento de Cortázar «Casa tomada» ha sido juzgado desde una lectura política. Un hombre y una mujer, hermanos entre sí, viven largos años en la casa familiar ocupados en pequeñas y minuciosas tareas. Hay unas pocas referencias argentinas. Todo ocurre en la década de los cuarenta, los hermanos reciben dinero de los campos de su propiedad, parte de la casona familiar mira a la calle Rodríguez Peña… Hasta que de pronto se escuchan unos ruidos al fondo de la casa y los inquilinos se mudan a otra parte.

Transcurre el tiempo y, cuando vuelve el alboroto, deciden escapar a la calle teniendo cuidado de que la puerta esté bien cerrada para que ningún «pobre diablo» entre y se encuentre con la casa tomada. A pesar de su ambigüedad, el cuento fue entendido en Argentina como una expresión de la invasión del peronismo en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Al poco de derrumbarse el Gobierno de Perón en septiembre de 1955, la revista Sur dedicó su número 237 a reflexionar sobre los acontecimientos. Borges colaboró con un artículo titulado «L’illusion comique» en que resumía sus juicios sobre el régimen caído. En su lectura liberal del fenómeno, Perón sería una caricatura criolla de Mussolini y Hitler. Las masas habrían jugado el papel de marionetas agresivas en manos de un tirano manipulador. Nada conmueven a Borges las manifestaciones multitudinarias, ya que ellas, por sí mismas, eran solo expresiones demasiado visibles de un error fundamental. El divorcio entre el sujeto intelectual y la masa para él no debía ser un problema digno de consideración. La gran infamia atribuible al peronismo sería el rasgo teatral, farsesco, con que el aparato político adornaría y vendería sus mítines.

Según Borges, las masas creyeron el discurso inauténtico porque querían creérselo. Todo habría ocurrido como si se tratara de una representación de teatro: los actores —Perón y sus adláteres— actuaban ante un público que sabía que era una mentira, pero preferían suponer la verdad de las arengas. Los implícitos de tal razonamiento están claros: la parte del pueblo que secundaba a Perón no estaría legitimada para gobernar, ya que su asentimiento ante la comedia peronista estaría imbuida de algo peor que rudeza intelectual. Su defecto sería fundamentalmente moral: se trataba de un espectáculo de cinismo colectivo.

Además, como sucede en el género dramático, la ilusión escénica solo dura un lapso de tiempo, el que transcurre entre la primera escena y la bajada del telón. El golpe militar aplaudido por la oposición liberal habría destruido la ficción política y reinstaurado la verdadera Argentina, el auténtico país.

El destino del intelectual peronista

¿Y qué pasó con los pocos intelectuales que creyeron en Perón? Según uno de ellos, Arturo Jauretche, Perón nunca quiso que hubiera intermediarios entre él y el pueblo, la «tropa»: «Perón no quería que hubiera capitanes ni tenientes, ni sargentos, ni nada. Me lo dijo a mí en el 45: “Estaremos la tropa y yo, y la tropa y yo nos encontraremos en cada vuelta de la jornada”».

Otra nota del populismo es la ausencia de intermediarios entre el pueblo y su líder. La relación entre ambos debe ser lo más directa posible. En este contexto, el intelectual sobra. Por eso los pocos escritores peronistas no solo fueron ninguneados por sus colegas opositores, sino que tampoco fueron celebrados por los suyos. Leopoldo Marechal, uno de los mayores novelistas de la historia literaria argentina, sufrió lo suyo. Reconocido militante de los comienzos, su novela fundamental, Adán Buenosayres (1948), fue abucheada primero y silenciada después entre los escritores liberales, con Borges a la cabeza. Tras el golpe de 1955, su nombre dejó de aparecer en la prensa y en las revistas culturales de todo signo. Como el mismo afectado describió con melancólica ironía, su ejemplo era el del «Poeta Depuesto»: igual que el país, en el proceso de desperonización que siguió a septiembre de 1955, había tenido su «Gobernante Depuesto», su «Militar Depuesto», su «Abogado Depuesto», su «Médico depuesto», su «Cura Depuesto», etcétera. El caso de Marechal es una muestra de lo que costaron a los escritores peronistas sus filias ideológicas.

Después de que Perón abandonara el país hacia Asunción el 3 de octubre de 1955, la izquierda argentina empezó a darse cuenta de que podía recuperar su espacio político si se infiltraba en las filas de los cuadros peronistas que habían quedado en el país sin su líder. En las décadas siguientes, coincidiendo con la Guerra Fría, la guerrilla latinoamericana y la Revolución de Cuba, los intelectuales argentinos de izquierda empezaron a reivindicar al peronismo como una forma de resistencia al capitalismo imperialista. Esta fusión interesada de marxismo y populismo se hizo a espaldas de Perón, quien disfrutaba de la hospitalidad de la España franquista.

Tras la década convulsa y sangrienta de los años setenta, con el retorno a la democracia el peronismo se reinventó varias veces y en la última de ellas, con la saga presidencial de los Kirchner, el ala izquierdista del peronismo culminó su asalto al poder. Había sido un camino largo y doloroso, con numerosas víctimas de la represión militar a cuestas, pero muchos escritores de la vieja guardia de los años sesenta encontraron acomodo en las instituciones dominadas por Néstor Kirchner y su esposa, Cristina Fernández. Ya no existía, en apariencia, el divorcio entre los doctores y el Pueblo. El populismo se abrazaba a la alta cultura.

Los dirigentes del Podemos español, profesores universitarios, tomaron muy buena nota de este proceso. Varios de ellos leyeron atentamente a Ernesto Laclau, el filósofo orgánico de los Kirchner. ¿Será posible, entonces, una reconciliación entre los intelectuales y el discurso autoritario, más allá del experimento peronista? Quién sabe. Pero el hecho de que Cristina ya no esté en el poder, cosa que no ha sucedido en otros países, y de que Podemos todavía sea una alternativa imprevisible, lleva a pensar que la alianza con la clase intelectual no garantiza una larga vida a los populismos más autoritarios.